
Ocurrió una madrugada de luna rasgada como ojo de gato. Esperaba el tren en Atocha. Abandonaba todo. Esperaba su tren y se retrasaba. Eran ya más de las cuatro y media de aquella dulce madrugada de marzo y el tren no daba señales de vida, no se decidía a asomar por la sugerente curva de la estación.
Miró en derredor en busca de un foco que indicara la llegada de la locomotora. No encontró lo que buscaba pero sí a él, a lo lejos. Justo al otro lado de las vías. Se estaba peleando con la máquina de refrescos porque se había tragado la moneda sin dar nada a cambio. No supo por qué, pero le observaba con tanta insistencia que al final, el joven terminó por percatarse y se volvió a mirarla.
El salvaje magnetismo de sus miradas impregnó la estación, desde los raíles hasta las puertas giratorias de cristal de la planta superior. Las agujas de los relojes de todo el recinto comenzaron a girar al revés. Alguien miró una brújula que llevaba en el bolsillo para comprobar asombrado que ya no señalaba el norte, sino el punto exacto hacia el que ambos corrían. Justo en mitad de las vías.
Entrelazaron sus seres en un abrazo sin fin. Se besaron absortos el uno en el otro. Ni siquiera sintieron el momento en que sus espíritus dejaban su parte mortal inerte, rígida. Sus cuerpos plantados como alhelíes amarillos en medio de los raíles. Tampoco escucharon los gritos de la gente en la estación, ni el ruido de vidrios que hicieron sus cuerpos al impactar contra ellos el tren. Ellos convertidos en estatuas de hielo.
Cada fragmento helado se transformó al instante en una llama. Se elevaron con el susurro de la hoja de una espada rasgando una tela de seda. Y nadie de los allí presentes olvidó jamás aquella dulce madrugada de marzo en que las estrellas llovieron desde la tierra.
Miró en derredor en busca de un foco que indicara la llegada de la locomotora. No encontró lo que buscaba pero sí a él, a lo lejos. Justo al otro lado de las vías. Se estaba peleando con la máquina de refrescos porque se había tragado la moneda sin dar nada a cambio. No supo por qué, pero le observaba con tanta insistencia que al final, el joven terminó por percatarse y se volvió a mirarla.
El salvaje magnetismo de sus miradas impregnó la estación, desde los raíles hasta las puertas giratorias de cristal de la planta superior. Las agujas de los relojes de todo el recinto comenzaron a girar al revés. Alguien miró una brújula que llevaba en el bolsillo para comprobar asombrado que ya no señalaba el norte, sino el punto exacto hacia el que ambos corrían. Justo en mitad de las vías.
Entrelazaron sus seres en un abrazo sin fin. Se besaron absortos el uno en el otro. Ni siquiera sintieron el momento en que sus espíritus dejaban su parte mortal inerte, rígida. Sus cuerpos plantados como alhelíes amarillos en medio de los raíles. Tampoco escucharon los gritos de la gente en la estación, ni el ruido de vidrios que hicieron sus cuerpos al impactar contra ellos el tren. Ellos convertidos en estatuas de hielo.
Cada fragmento helado se transformó al instante en una llama. Se elevaron con el susurro de la hoja de una espada rasgando una tela de seda. Y nadie de los allí presentes olvidó jamás aquella dulce madrugada de marzo en que las estrellas llovieron desde la tierra.


