junio 28, 2008

Ocurrió una madrugada


Ocurrió una madrugada de luna rasgada como ojo de gato. Esperaba el tren en Atocha. Abandonaba todo. Esperaba su tren y se retrasaba. Eran ya más de las cuatro y media de aquella dulce madrugada de marzo y el tren no daba señales de vida, no se decidía a asomar por la sugerente curva de la estación.

Miró en derredor en busca de un foco que indicara la llegada de la locomotora. No encontró lo que buscaba pero sí a él, a lo lejos. Justo al otro lado de las vías. Se estaba peleando con la máquina de refrescos porque se había tragado la moneda sin dar nada a cambio. No supo por qué, pero le observaba con tanta insistencia que al final, el joven terminó por percatarse y se volvió a mirarla.

El salvaje magnetismo de sus miradas impregnó la estación, desde los raíles hasta las puertas giratorias de cristal de la planta superior. Las agujas de los relojes de todo el recinto comenzaron a girar al revés. Alguien miró una brújula que llevaba en el bolsillo para comprobar asombrado que ya no señalaba el norte, sino el punto exacto hacia el que ambos corrían. Justo en mitad de las vías.

Entrelazaron sus seres en un abrazo sin fin. Se besaron absortos el uno en el otro. Ni siquiera sintieron el momento en que sus espíritus dejaban su parte mortal inerte, rígida. Sus cuerpos plantados como alhelíes amarillos en medio de los raíles. Tampoco escucharon los gritos de la gente en la estación, ni el ruido de vidrios que hicieron sus cuerpos al impactar contra ellos el tren. Ellos convertidos en estatuas de hielo.

Cada fragmento helado se transformó al instante en una llama. Se elevaron con el susurro de la hoja de una espada rasgando una tela de seda. Y nadie de los allí presentes olvidó jamás aquella dulce madrugada de marzo en que las estrellas llovieron desde la tierra.

junio 26, 2008

Es fácil querer a una gallina


Es fácil querer a una gallina.

Duerme, come, lo deja todo perdido de gallinazas, hace gracia con su andar afectado, su buche henchido, sus torpes intentos de alzar el vuelo.

Es fácil querer a una gallina.

Te alegra las mañanas con el cloqueo insistente, te taladra las tardes igual, no quiere dejarte dormir la siesta.

Es fácil querer a una gallina.

Especialmente si la has visto crecer desde que era pollito, has sentido cómo se iba desarrollando poco a poco ante tus ojos, cómo se formaba su cresta de forma inverosímil en lo alto de la cabeza, cómo se fortalecían sus patas, como los cañamones de las alas dejan paso a las plumas.

Es fácil querer a una gallina.

Se ponen tan contentas cuando les llenas el bebedero de agua, el comedero de pienso. Cuando les dejas vagabundear por la habitación explorándolo todo...

Es fácil querer a una gallina.

¿Por qué será entonces tan difícil quererme a mí?...

junio 25, 2008

Final de la primavera


Tenía en la boca el regusto amargo de la despedida y en los ojos la sal de las lágrimas que no había llorado. Hacía muchos años que sentía dentro de sí un recuerdo extraño, como una fotografía amarillenta, un recuerdo de alguien que agitaba las manos desde un tren en marcha. Y siempre esa vaga sensación del frío húmedo de los andenes en medio de la noche. Habían pasado muchos años desde entonces y sin embargo seguía experimentando la misma angustia cada vez que las vías chirriaban anunciando la llegada del siguiente tren.


A veces se le había ocurrido marcharse de aquella casa adosada a los raíles que se estremecía con cada tren que llegaba o se iba, pero nunca fue capaz de abandonarla. Sentía esa punzada de culpa en el último momento y volvía a sacar la ropa de las maletas, otra vez la colgaba en las viejas perchas. Y lloraba, abrazándose las rodillas, sentada en el suelo de piedra de su habitación, las cortinas de flores rojas balanceadas por el viento. Y a lo lejos la gente, siempre la gente. Subiendo y bajando del tren. Saludando, despidiéndose. Eternamente.


Él no volvió. se marchó hacia el puerto una madrugada, envuelto en aroma de lilas. Quería buscar fortuna, hacer dinero. Necesitaba explorarlo todo, pero volvería. Se lo había prometido mientras agitaba las manos desde el tren. Volvería. Al principio llegaban demasiadas cartas, tantas que se amontonaban sobre el hule de frutas de la mesa de la cocina, sin tiempo apenas para ser leídas, mucho menos para ser respondidas a tiempo. Para cuando cayeron las primeras hojas, la mesa fue vaciándose. La espera se hacía más larga y ella alargaba sus tardes escribiendo cartas interminables para matar la espera. Una tarde cualquiera, durante el tiempo de la cosecha de otoño, llegó la última carta. No era larga. No era una carta de despedida. Y no aparecía, como en tantas otras, la fecha de vuelta.


Contempló de nuevo su rostro apenas arrugado en el espejo redondo y suspiró. Después salió a la calle. Atardecía. Caminó lentamente hacia las vías con el ánimo de quien representa un ritual meticulosamente ensayado. Examinó la vision de los raíles que se extendía ante ella. Aspiró una larga bocanada: El aire estaba impregnado con aroma de lilas. Se tumbó sobre las vías con la misma delicadeza con la que cada noche reposaba entre sus sábanas de azucenas. Cerró los ojos. Allí, también estaba sola.


No vio la luz de la locomotora rasgar el velo negro de la noche, no escuchó el traqueteo del tren al acercarse, no percibió la vibración del hierro de los raíles que anticipaba la llegada del tren de medianoche. El vigilante de la estación gritaba y agitaba frenéticamente los brazos, rogándole que se apartara de las vías, pero ella no pudo oírlo. Y si pudo, no quiso. Quizá, incluso estuviera muerta antes de que el tren la embistiera. Los gritos de la gente invadieron el íntimo silencio de aquella última noche de primavera mientras ella se alejaba en el viento perfumado de lilas.

junio 10, 2008

Ternura


— Porque no puedo aguantar más y no voy a aguantar más.


La mujer soltó el paraguas con toda la fuerza de su brazo y el artilugio saltó en el paragüero como si debajo hubiera una mina antipersona. El portazo hizo temblar los veinticinco cuadros del pasillo y agrandó los desconchones de pintura que la humedad dejaba lentamente al final de la pared, donde debía estar rota la tubería.


Empapada, hecha un basilisco, la mujer recorrió el pasillo de un lado a otro, tirando de la cremallera de su abrigo chorreante. Se había atascado, como de costumbre, y no podía quitárselo.


— Que no, que todos los días es lo mismo, la misma desorganización, los mismos rollos. Que estoy harta de excusas de todo el mundo, que aquí nadie hace su trabajo, joder.

— Esto ya lo hemos hablado más veces. Mientras no hagas nada, la cosa seguirá como hasta ahora y cayendo.


Sergio llegó desde alguna parte de la casa, atraído por los ruidos que emitía la furia que acababa de irrumpir en la casa. Casi sin hacerse notar, fue desabrochando poco a poco la cremallera del abrigo, mientras ella continuaba con la canción de todos los días.


— Es que no quiero más trabajo, no quiero salir a las tantas todos los días, no tengo necesidad de estar así.


Tras ella, tiró suavemente de las mangas de su abrigo hasta que se deslizó por sus brazos, liberándola de su fría carga de agua. Lo colgó de la percha del pasillo y abrió el radiador. Así se secaría antes. Carmen contenía a duras penas las ganas de llorar. Todos los días lo mismo. Llegar pasadas las diez, cansada, desmoralizada y harta. Con la lista de proyectos por hacer sobre la mesa, ni una sola línea tachada. Todas las cosas aún por hacer.


Sergio la empujó suavemente al sofá, le hizo sentarse mientras ella continuaba con la voz cada vez más delgada en la garganta. Como todos los días. Desapareció un momento por el pasillo sin iluminar, seguro de que no se había dado cuenta. Mejor, pensó para sí, o se enfadaría mucho si pensaba que no la estaba escuchando. En realidad no la escuchaba, se reconoció entrando al baño. No necesitaba hacerlo.


— ¿Qué haces?


Carmen, sentada en el sofá, a punto de estallar, levantó un momento la vista al verle acercarse, secador en mano.


— Secarte el pelo.


Ni se había dado cuenta de que, a pesar del paraguas, tenía el cabello convertido en un amasijo de agua, pegado a la cara, como si acabara de salir de la ducha y se le hubiera olvidado enrollarse la toalla. Sonrió. Se quedó en silencio. Lentamente, mientras los dedos del hombre trazaban surcos en su cuero cabelludo, su mente se fue vaciando. Sabía que era momentáneo, lo disfrutaba igual. En la estancia en penumbra, tan sólo se escuchaba el ruido del secador y el movimiento de las manos de Sergio ahuecándole el cabello para secarlo.

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