Según los datos oficiales de participación avanzados a la una de la madrugada por el Ministerio de Interior, alrededor de 25 millones de españoles ejercimos ayer nuestro derecho democrático al voto para elegir a los futuros (hoy presentes) dirigentes del país. El día de las votaciones es la culminación de la llamada “fiesta” de la Democracia pero, antes de eso, la democrática también tiene, como toda buena fiesta que se precie, sus preparativos. Aquello que hemos dado en llamar “campaña”.
En Metropolitan no escribimos sobre elecciones, no es una revista de actualidad política como sabéis, pero a pesar de eso, mi compañera Meme tiene un master en campañas electorales amorosas. Sí. Por más que parezca extraño, a mí el tema del ligue, la conquista y la recompensa final en forma de revolcón no deja de recordarme a un proceso electoral, y no sólo porque el objetivo final en ambos casos sea que el “voto” entre en la “urna”, sino porque el proceso de conquista tiene mucho de campaña política.
Analizando las campañas, mis amigas y yo llegamos ayer a la conclusión de que todas tienen tres cosas en común: Lavado de imagen del candidato (lo que viene siendo ponerse muy guap@ para deslumbrar a la otra persona), destrucción de la imagen de los posibles rivales y, la característica capital: Las promesas. El nuevo ligue de Meme —ese que tan pronto la invita a ella sola y aparece con cinco amigos más, tan pronto desaparece, tan pronto llama todos los días— tiene el don de la promesa fácil. Después de un periodo de inactividad en el que Meme llegó a pensar que no volverían a verse, ahora le han entrado las prisas verbales (enseguida os explico el matiz) y lleva un par de semanas mareándole la perdiz con planes... que no terminan de materializarse.
“Hace dos sábados fue quedar para un café en el Starbucks de su barrio, pero se canceló tres horas antes. Prometió llamarme para una tarde de palomitas y peli el domingo como compensación, pero no llamó hasta el martes y además, ni se conectó al Whatsapp. Quedamos para vernos el jueves tras mis clases de cerámica (Meme es profe en sus ratos libres) pero por la mañana me avisó que le venía mal porque se había hecho daño en un hombro jugando a fútbol el día anterior” explicaba Meme ayer igual que si estuviera rezando el rosario. Volvieron a quedar para el sábado y llegado el día, vuelta a empezar. La criatura es de los que dice, habla, promete, planea... e incumple, incumple, incumple sistemáticamente. ¿Os suena?
Obvio que cuando un chico o una chica hacen eso es porque no se sienten tan atraídos por la persona con la que quedan y anulan gusto del consumidor pero... ¿por qué lo hacemos? Si los políticos prometen para conseguir que tu voto sea para ellos y las personas sexualmente activas para echar un polvo (la mayoría de las veces)... ¿cuál es la razón de prometer citas para luego anularlas? ¿De qué sirve prometer si no va a haber voto que meter en urna ninguna? Es como si los políticos se dedicaran a hacer promesas sin elecciones a la vista o mejor, como si prometieran cosas para que votaran al otro candidato. Desconcertante.
Mi amiga Inés tiene la teoría de que cuando alguien queda contigo y luego anula (siempre o muchas veces) a última hora, es hora de que asumas que eres el Plan B o C de esa persona y que te ha cambiado por su plan A, sea cual o quien sea. “Yo a veces lo he hecho, por no quedarme sin plan” confiesa sin remilgos. Inés es así. Yo no sería capaz de confesarlo tan alegremente, pero también lo he hecho alguna que otra vez, de modo que no me sorprende que lo hayan hecho conmigo. Creo que ya ni siquiera me ofende. Así son las reglas del juego.
Mientras pedíamos la cuenta, “bip bip” del móvil de Meme y mensaje del susodicho al canto. Para queda esta tarde. Vamos a media mañana y aún no ha anulado la cita, pero Meme ha trazado la línea de espera en tres horas antes de la hora marcada, de modo que aún tiene margen. Eso sí, me ha dicho esta mañana nada más verme: “Ya puede prometer, pero éste hoy se queda sin votar. Hasta que cumpla al menos la mitad de las promesas”. Como sea igual que nuestros políticos... lo lleva claro.
En Metropolitan no escribimos sobre elecciones, no es una revista de actualidad política como sabéis, pero a pesar de eso, mi compañera Meme tiene un master en campañas electorales amorosas. Sí. Por más que parezca extraño, a mí el tema del ligue, la conquista y la recompensa final en forma de revolcón no deja de recordarme a un proceso electoral, y no sólo porque el objetivo final en ambos casos sea que el “voto” entre en la “urna”, sino porque el proceso de conquista tiene mucho de campaña política.
Analizando las campañas, mis amigas y yo llegamos ayer a la conclusión de que todas tienen tres cosas en común: Lavado de imagen del candidato (lo que viene siendo ponerse muy guap@ para deslumbrar a la otra persona), destrucción de la imagen de los posibles rivales y, la característica capital: Las promesas. El nuevo ligue de Meme —ese que tan pronto la invita a ella sola y aparece con cinco amigos más, tan pronto desaparece, tan pronto llama todos los días— tiene el don de la promesa fácil. Después de un periodo de inactividad en el que Meme llegó a pensar que no volverían a verse, ahora le han entrado las prisas verbales (enseguida os explico el matiz) y lleva un par de semanas mareándole la perdiz con planes... que no terminan de materializarse.
“Hace dos sábados fue quedar para un café en el Starbucks de su barrio, pero se canceló tres horas antes. Prometió llamarme para una tarde de palomitas y peli el domingo como compensación, pero no llamó hasta el martes y además, ni se conectó al Whatsapp. Quedamos para vernos el jueves tras mis clases de cerámica (Meme es profe en sus ratos libres) pero por la mañana me avisó que le venía mal porque se había hecho daño en un hombro jugando a fútbol el día anterior” explicaba Meme ayer igual que si estuviera rezando el rosario. Volvieron a quedar para el sábado y llegado el día, vuelta a empezar. La criatura es de los que dice, habla, promete, planea... e incumple, incumple, incumple sistemáticamente. ¿Os suena?
Obvio que cuando un chico o una chica hacen eso es porque no se sienten tan atraídos por la persona con la que quedan y anulan gusto del consumidor pero... ¿por qué lo hacemos? Si los políticos prometen para conseguir que tu voto sea para ellos y las personas sexualmente activas para echar un polvo (la mayoría de las veces)... ¿cuál es la razón de prometer citas para luego anularlas? ¿De qué sirve prometer si no va a haber voto que meter en urna ninguna? Es como si los políticos se dedicaran a hacer promesas sin elecciones a la vista o mejor, como si prometieran cosas para que votaran al otro candidato. Desconcertante.
Mi amiga Inés tiene la teoría de que cuando alguien queda contigo y luego anula (siempre o muchas veces) a última hora, es hora de que asumas que eres el Plan B o C de esa persona y que te ha cambiado por su plan A, sea cual o quien sea. “Yo a veces lo he hecho, por no quedarme sin plan” confiesa sin remilgos. Inés es así. Yo no sería capaz de confesarlo tan alegremente, pero también lo he hecho alguna que otra vez, de modo que no me sorprende que lo hayan hecho conmigo. Creo que ya ni siquiera me ofende. Así son las reglas del juego.
Mientras pedíamos la cuenta, “bip bip” del móvil de Meme y mensaje del susodicho al canto. Para queda esta tarde. Vamos a media mañana y aún no ha anulado la cita, pero Meme ha trazado la línea de espera en tres horas antes de la hora marcada, de modo que aún tiene margen. Eso sí, me ha dicho esta mañana nada más verme: “Ya puede prometer, pero éste hoy se queda sin votar. Hasta que cumpla al menos la mitad de las promesas”. Como sea igual que nuestros políticos... lo lleva claro.

2 Fragmentos de tiempo:
Se va a enterar este de quién soy yo!!! JAJAJAJA
Está claro, sale con otra ;)
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