Junto a la bolsa llena de trastos y regalos inservibles que mi amigo Carlos se trajo de París, vino también Claude. Se conocieron una noche en que ambos paseaban solos y absortos a orillas del Sena, nos contó Carlos ilusionado cuando nos la presentó. Se miraron un rato, charlaron otro rato, pasearon juntos un par de manzanas más... y al terminar la noche supieron que estaban hechos el uno para el otro.
Carlos tenía que regresar en una semana a Madrid así que, embriagado de amor como estaba, le propuso a Claude venirse con él. Y ella, que ya en París no tenía en esos momentos oficio ni beneficio, aceptó. Cuando nos lo explicó al grupo de amigos hace tres semanas, en la presentación oficial en sociedad de la muchacha, a todas las chicas nos pareció una historia de lo más romántica. De esas que sólo pasan en las películas pero por las que todas mis amigas y yo hemos suspirado alguna vez.
Todas menos Mariela. Ella, cínica para con las relaciones de los demás, bastante intolerante con los defectos y debilidades ajenos, con las ideas muy claras y "descreída del amor, el romanticismo y la ñoñería en todas sus versiones" (según la definición que hace de sí misma... aunque nadie se la pregunte) arrugó la nariz y torció el morro ya en los primeros compases del relato de Carlos.
Y en un momento de la noche, así como el que no quiere la cosa, inició su ataque devastador. "Y tú ¿qué haces aquí Cloe?" preguntó. "Es Claude" la corrigió Carlos. "Y eso qué más da. En realidad es simplemente la novia de. La tuya en este caso, pero eso es indiferente. No es nadie más. No sabe hablar, no tiene trabajo ni intención de buscarlo. No hace nada aquí que no sea calentarte la cama. Es el prototipo perfecto de mujer florero. De chica souvenir. Son las mujeres como ella las que más perjudican a la independencia de las demás". Se quedó tan ancha y a nosotros nos dejó boquiabiertos. Claude, que evidentemente no había entendido nada, le sonrió. Y a continuación escuchamos a un apuradísimo Carlos mintiéndole en francés para explicarle que Mariela tenía problemas en el trabajo.
Esa noche, mientras regresábamos a casa, Pilar y yo debatimos sobre el amor y sobre las cosas a las que una renuncia a veces por conservarlo. En opinión de Mariela, en una relación convencional siempre es la mujer la que cede, cosa que ella detesta. Lleva toda la vida predicando que si él tiene que cambiar de ciudad o debe aprovechar una oportunidad y lo hace, la mujer le sigue, mientras que si es a la inversa, la relación se rompe. Sin más.
He de reconocer que en muchos casos así es. Sin embargo, nosotras tenemos ejemplos propios y ajenos que desmontan su teoría, aunque ella no quiera verlos. Es el caso de Adri y Mª Jesús. Hace un par de años a él le ofrecieron una beca de diez meses en Estados Unidos y la aceptó. Mª Jesús decidió no dejar su trabajo y su recién estrenado ascenso en España y ambos decidieron que lo mejor era dejar la relación en stand by hasta que Adri regresara. Se casaron el año pasado, demostrando que las relaciones sólidas resisten los stand-bys, los meses en EE UU, los sueños personales realizados y cualquier cosa que se les ponga por delante.
Lo que le pasó a nuestra amiga Diana es diferente. En su caso, la trasladaron a ella un mes después de que Arturo encontrase por fin trabajo de lo suyo, tras muchos años intentándolo. Diana aceptó el traslado porque le gustaba más la nueva responsabilidad. Es cierto que la cosa estuvo en un tris de convertirse en una nueva ruptura y que los dos se plantearon en más de una ocasión engrosar de nuevo las listas del mercado de solteros. Incluso Diana llegó a marcharse sola a su nuevo destino y estuvo así un par de meses. Al final, Arturo pidió un traslado en su empresa y desde entonces viven de nuevo juntos. De esto hace al menos cuatro años.
Si nos ponemos a analizar al detalle, incluso en mi caso fue Iván quien sacrificó sus amigos y un trabajo seguro en Barcelona por venirse a vivir conmigo. Cierto que no fue por amor, eso me lo dijo desde el principio y es algo que ha estado siempre claro. Lo mío no fue una hermosa y romántica historia como la de Claude y Carlos. Pero también es verdad que, necesitase cambiar de aires o no, eligió venir a vivir conmigo en lugar de a cualquiera de los otros sitios a los que hubiera podido ir. Y yo aún no estoy segura de si hubiera hecho lo mismo, dadas las circunstancias.
Cada año se venden en el mundo toneladas de souvenirs. Llaveros, mecheros, camisetas, figuritas de la Torre Eiffel o del Acueducto de Segovia llenan las maletas de los turistas. En muchos casos, en esas maletas van también los recuerdos de un fugaz amor de vacaciones. Mientras preparaba la cena al día siguiente de la presentación oficial de Claude, me pregunté hasta qué punto nos convierte el amor a hombres y mujeres en souvenirs. Y sobre todo, hasta qué punto es o no es un error transmutarse por amor en figurita del monumento que sea.
Otras veces, las personas renunciamos a marcharnos de un lugar o a aceptar cambios en nuestra vida en aras de conservar a nuestra pareja. Al poco de finalizar la carrera, Pilar tuvo una buena oferta laboral lejos de Madrid. Entre todas las cuestiones que sopesó para tomar la decisión final de rechazar el trabajo, la que más pesó fue Jose. Ya llevaban varios años juntos y, sobre todo, él no quería dejar Madrid. Reconozco que cuando me lo contó me pareció que acababa de hacer la estupidez del siglo. "El amor se acaba" recuerdo que le dije. "Una oportunidad así no se presenta todos los días" apostillé. Bocazas que es una.
Y es que a la vuelta de unos años, Pilar se ha enterado de que la flamante empresa por la que estuvo a punto de fichar ha cerrado a causa de la crisis, mientras que su amor por Jose continúa viento en popa, salvado los circunstanciales baches de diverso tamaño. ¿Por qué cuando se trata de decidir sobre el amor, las personas seguimos llevando el lastre de no ser libres? ¿Por qué tenemos las mujeres que justificarnos si escogemos a nuestra pareja en lugar de una oportunidad laboral? ¿Por qué pensamos que el amor se acaba y vemos un contrato con una empresa como algo que puede durar para siempre, si la situación actual demuestra que ambas relaciones tienen al menos las mismas posibilidades de romperse? ¿Es realmente tan malo ser una chica (o un chico) souvenir?
Desde hace dos semanas, Mariela piensa que no. Y es que, después de años predicando con la teoría, en la práctica hace dos semanas que vive en Alemania. Sí, han trasladado a su novio y él la puso en la tesitura de escoger. Sí, ella ha dejado trabajo (ya no es tan bueno como nos lo pintaba, claro), familia (Alemania no está tan lejos... ¿no?), aficiones (tampoco le entusiasmaban tanto sus clases de cocina recién estrenadas) y amigos (para eso están las redes sociales ¿verdad?) por seguirle. Como chica souvenir. Eso sí, ella no lo reconocerá nunca. Aunque todas sepamos que no habla una sola palabra el idioma, que por eso no encuentra trabajo y que está ya desesperada. Pero ella no es una chica souvenir, no. Es una chica liberada que necesitaba cambiar de aires. Cuando Pilar me lo contó tomando un café, pensé con una alta dosis de malicia cómo se sentiría Mariela si se encontrara con una Claude en Alemania que dijese de ella exactamente lo mismo que Mariela escupió sobre la novia de Carlos. A veces me sale la vena retorcida, qué queréis que os diga.
Después de algunas semanas sin saber de él, ayer me envió un mensaje Carlos. Está muy contento porque Claude ha encontrado trabajo en la Escuela Oficial de Idiomas y además está aprendiendo español, aunque aún no se le entiendan dos palabras juntas cuando las dice. Me alegré. Y pensé que, después de todo, lo importante es que tus actos te conduzcan a la felicidad, aunque eso suponga convertirte en chico o chica souvenir. Y es que al final, por mucho que opinemos o juzguemos los demás, lo único que cuenta es sentirte a gusto cuando cierras la puerta de tu casa. Aunque esa casa esté a 1.200 kilómetros de todo lo que conoces porque lo has abandonado en un rapto de locura. Estar en paz es, en realidad, es lo único que vale.
Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.