Instalarse en una nueva ciudad es como empezar una relación: ¡Todo es nuevo y excitante! A cada paso que das, en la ciudad y en la relación, encuentras rincones que descubrir, planes que realizar, lugares que visitar y, en definitiva, infinidad de cosas que te hacen mantener alta la ilusión. Si pudiera elegir un momento para repetir de forma permanente en mi vida, como si se tratara del Día de la Marmota, sin duda sería el momento en que te das cuenta de que estás empezando algo. Con una persona, o con una ciudad.
Estos primeros días en la ciudad he querido aprovechar el tiempo al máximo. Por eso ni siquiera tuve tiempo de escribir la semana pasada, aunque la verdad es que mereció la pena el tour. No es que mi nueva ciudad sea del todo desconocida para mí: Había venido en vacaciones, de fines de semana, a eventos familiares varios, esas cosas. Pero descubrirla por una misma, sin nadie más alrededor que gente a la que desconoces por completo —y a la que no te importaría en absoluto conocer— es apasionante. Más allá de las zonas propiamente turísticas, la ciudad posee recovecos, calles, plazas, barrios mil en los que perderse y encontrar algo interesante.
Descubrir sola y por ti misma una ciudad que creías conocer es igual que empezar a conocer a una persona de la que sabías cosas de oídas. Siempre te sorprende cada cosa nueva que encuentras y no te esperabas. Por ejemplo, siempre había oído hablar del Tibidabo pero nunca había subido. Hasta el fin de semana. El domingo de la semana pasada, me regalé una pequeña excursión allá arriba. Me encantó. Sobre todo, descubrir que en realidad se parecía a todo lo que me habían dicho... y al mismo tiempo, no se parecía en nada a eso. Cuando empezó mi peculiar relación de amistad con Roberto, yo ya sabía muchas cosas sobre él... aunque de oídas, claro. Descubrirle después poco a poco y sin la presión de estar iniciando una relación fue absolutamente delicioso. Tanto como ir desentrañando poco a poco, sin presión, los secretos de mi nueva ciudad.
Empezar a vivir en una ciudad nueva y casi desconocida que te gusta se parece también a la primera etapa de una pareja: La del enamoramiento. Y es que, si cuando te enamoras perdidamente de alguien sólo ves lo bueno y maravilloso y proyectas en él lo que realmente quieres ver, con una ciudad sucede exactamente lo mismo. De la ciudad no ves los atascos, no tienes en cuentala contaminación que te impide vislumbrar aunque sea un cachito del cielo. Nadie te convencerá jamás de que los andenes del metro están llenos de papeles y desperdicios varios y la Plaza de Cataluña te parecerá el monumento más precioso del mundo, fuente incluida.
En el chico del que te enamoras, no ves esa manía de remover el café con la mano izquierda, sus largas tardes de partidas a cualquier juego en el ordenador, las pocas ganas de salir al cine o a cualquier lugar las interpretas como una invitación a sexo y mimos en cualquier rincón de la casa y que no te llame casi nunca (o bastante poco) es toda una declaración de amor: "No quiere delatarse ni parecer desesperado" te convences. Y eres absolutamente feliz.
Luego, poco a poco, te vas desencantando. De la ciudad y de tu pareja. Pero eso es más adelante. Los comienzos siempre son dulces. Y en el caso de que no lo sean, puede significar que realmente no ha sido una buena elección, una buena decisión. Como dice siempre una amiga, si al principio no fluye, nunca fluirá. O lo hará en contadas ocasiones. Y quizá sea mejor dejarlo y elegir de nuevo. A una ciudad o a una persona con la que la relación sí que vaya hacia adelante.
Después de recorrer el Raval, la Ciutat Vella, la playa de la Barceloneta, de visitar mercados que no había visto, tomar café en el Café del Teatre y una copa en el Kabul, tras tapear —o lo más parecido a eso que hay aquí— en La Palma... Mis pasos se encaminaron ayer por la tarde y sin que yo me diera cuenta a un lugar en el que había estado, al que no había vuelto y que recuerdo bien. Portal del Ángel. No había regresado, porque no quería regresar. Y sin embargo, el subconsciente me llevó hasta ese pequeño lugar, a las puertas de Plaza de Cataluña, donde hace tantos meses que ya forman años alguien me abrazó por la espalda, alguien a quien yo besé, y un desconocido se quejó de que le obstruía el paso el amor. No pude contener un escalofrío de añoranza.
Mientras regresaba a casa, me percaté de que mi relación con la ciudad en la que ahora vivo se parece más a esa clase de relación que tienes con una persona tras una primera ruptura. A una segunda oportunidad. Me pregunto qué querrá decir eso y por qué no me agrada la sensación. Me pregunto si seré capaz de volver a pisar los lugares que recorrí con Iván sin recordarlo, sin sentirlo. Sigo sin llamarle. Sigue sin saber que estoy aquí. Me pregunto cuánto tardaré en hacerlo. Y también por qué no lo hago. Si será por cabezonería o porque sé que, al contrario que con la ciudad, entre nosotros ya no cabe ninguna nueva oportunidad.
Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.