El Laberinto

Laberinto: (del latín labyrinthus, y este del griego λαβύρινθος labýrinzos) lugar formado por calles y encrucijadas, intencionadamente complejo para confundir a quien se adentre en él. El mayor laberinto que conoce el ser humano no es otro que su propia mente. Este espacio pretende adentrarse en él y que, quien lo visite, haga lo propio, buscando dentro de su laberinto aquello que crea perdido...

Libros de Casiopea

Muchos de los relatos incluidos aquí y otros inéditos, están también en formato libro en: http://casiopeayeltiempo.bubok.es

enero 27, 2012

La guitarra asesinada


Llegaba a la calle Caballeros a las siete y media de la mañana. Todos, todos los días. Lloviera, nevara, luciera un sol de justicia o cayeran chuzos de punta. Abría la funda frente al número 143. Lo hacía lentamente, igual que un amante ansioso se demoraría en desabrochar la cremallera del vestido de su compañera por prolongar el placer un poco más. Deslizaba curva abajo la cremallera y, a veces, cerraba los ojos imaginando que no desenfundaba una vieja guitarra española en plena calle sino que la desvestía a ella.

Una vez liberada la guitarra de su vestido de cuero se sentaba en el banco, la acostaba sobre sus rodillas con el mismo mimo con que acomodaría la cabeza de ella en el regazo después de amarla, abría la funda para que cayeran dentro las monedas. Cuando el café le calentaba los dedos lo suficiente para que no se le enredaran las yemas en las cuerdas y pareciera un alumno principiante, empezaba por fin a tocar.

Ella pasaba todas las mañanas a las 9:47. Ni un minuto antes, ni uno después. Pese a los acordes que estuviera rasgueando en ese momento, escuchaba el sonido de sus pisadas, incluso aunque no llevara tacones, mucho antes de adivinarla a su derecha. A veces hubiera porfiado con cualquiera por convencerle de que, sólo por el sonido de su taconeo, era capaz de saber si caminaba seria o sonriendo.

En apenas un par de minutos, tres a lo sumo si se demoraba frente a algún escaparate, todo había terminado hasta el día siguiente. Sólo en esos momentos fugaces de la mañana recién estrenada la veía. Sólo en esos momentos fugaces del día era verdaderamente feliz. Aunque ella no le echara monedas (qué vergüenza habría sentido si lo hubiera hecho, él no quería de ella su dinero) ni tampoco le mirara jamás.

Cada noche ensayaba en casa una canción nueva que ofrecerle a la mañana. Gracias a sus esfuerzos por complacerla, por conseguir que algún día, al menos, le dirigiera una mirada, aunque fuera fugaz, o altanera, logró una amplia cartera de admiradores que le llenaban la funda de monedas cada mañana. Le daba igual. Él sólo tocaba por ella. Y ella ni le miraba.

Una mañana, al fin, ella se acercó. Llovía. Como si el diluvio quisiera anegar de nuevo la tierra, como cuando Noé y su arca zoológica. Se acercó. El paraguas abierto sobre su cabeza. Sin mediar palabra, aprovechando que él había dejado de tocar, asombrado ante su llegada, le arrancó la guitarra de las manos y la estrelló tres, cuatro, doce veces contra el suelo. Como una auténtica asesina de guitarras.

Cuando estuvo satisfecha con el destrozo, la soltó. “Odio la música de guitarra” se limitó a afirmar, por toda explicación. Ante el estupefacto músico, giró sobre sus talones y se alejó como si aquello nunca hubiera pasado.

Podría haberle contado de su ex, apasionado por su guitarra. Del abandono. De su casa en silencio en la que nunca más había vuelto a sonar la música. Mucho menos la de una guitarra. Del dolor infinito que le causaba escucharle a él tocar cada mañana y recordarlo, escucharle tocar y que se le metiera la música en los huesos y le vibrara dentro, como un tumor que crece a sabiendas del enfermo sin que nada pueda detenerlo. Podría haberle pedido que cambiara de barrio, que dejara por favor de tocar para que ella no tuviera tentación de arrancarse los tímpanos cada mañana. Pero no.

Mientras, unos cuantos curiosos empezaban un conato de aplauso creyendo que acababan de presenciar alguna performance entre estudiantes de Bellas Artes. ¡Eran tan raros!

Él permaneció allí. Inmóvil. Bajo la lluvia. Durante un tiempo que no hubiera podido precisar. Cuando fue capaz de reaccionar, enrolló en el hueco de su mano la única cuerda que ella no había roto, tiró los despojos de la que fue su primera y única guitarra a la papelera y desapareció. A la mañana siguiente, su compañero de piso le encontró colgado de la lámpara, con la única cuerda sana de su guitarra asesinada alrededor del cuello.

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