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| Imagen tomada de aquí |
En aquella comarca, se cumplían los deseos de la gente. No todos, eso es cierto. Hay deseos que ni pidiéndolos fervientemente pueden llegar a cumplirse. Pero se cumplían muchos. Tantos, que pronto empezó a venir a vivir gente forastera, de cualquier punto del país, algunos bien lejanos.
Los más viejos del lugar aún recordaban el primer deseo exacto que se cumplió. Fue el de Manuela, la de los siete chiquillos, el marido huído cuando la guerra y las pilas de ropa para planchar a los señoritos del pueblo. La única niña quería, por encima de todo, una muñeca. Se la había pedido a la madre y ésta prometió coserle una, pero ¿quién tiene ánimo de coser muñecas cuando le duelen los dedos de restregar y planchar?
Una mañana apareció en el alféizar de la ventana de la habitación que la cría compartía con Manuela. La mujer preguntó en todas las casas del lugar, pero nadie parecía saber de dónde había salido la muñeca que, envuelta en una tela, llevaba por toda explicación un trozo de papel en el que se leía "Para la hija de Manuela".
Tras el curioso caso del deseo cumplido de la niña de Manuela, se materializaron muchos más. Tantos como para que la comarca, que antes se llamaba de la Lana, empezara a conocerse como la de Los Deseos y se poblara de gentes extranjeras que buscaban ver cumplidos sus anhelos. Y como no podía ser de otra manera, todo el mundo creía... No, estaba convencido, de que era el Todopoderoso quien hacía realidad sus más íntimos sueños. Porque, para eso, las gentes de la zona escribían lo que deseaban en la cara exterior de las tejas de sus tejados, ya que era la forma más directa que conocían para hacerle llegar al Creador sus peticiones.
Y debía ser que lo hacían bien porque muchas se cumplían. Era extraño. Y era tan extraordinario... que vecinos y foráneos, hombres y mujeres, niños y viejos... escribían sus deseos en las tejas con la esperanza de que el Señor los leyera... y se los cumpliera. Y así pasaron muchos años. Y nadie sospechó jamás que la mano que estaba detrás de las peticiones cumplidas no era la del Todopoderoso... sino la del tejero.
Ni siquiera era del pueblo. Pasaba por allí cuatro o cinco veces al año, reparaba los tejados con esmero... y cumplía los deseos que estaban en su mano. Por los que no era capaz de cumplir, rezaba al Señor para que obrara el milagro, pues era de la opinión de que cuantas más personas rezaran por una causa, mejor.
A los catorce años aprendió el oficio de tejero y a eso se dedicó toda su vida. De su otra afición, la de cumplir por gusto los deseos de la gente, nadie supo nunca. Ni él mismo supo por qué lo hacía. Simplemente un día leyó, en el anverso de una teja, el deseo de una madre de que el Señor le trajera a su hija la muñeca que pedía y se sintió en la obligación de cumplirlo, puesto que lo había descubierto antes que el Todopoderoso. Nunca lo reveló, a nadie. Y vivió para arreglar tejados... y regalar sonrisas. Aunque esto último... sólo él lo supiera.
Nadie le echó de menos cuando murió. Y después de aquel día, en la comarca de los deseos... nunca volvió a cumplirse ninguno.

4 Fragmentos de tiempo:
Que tierno!
Un personaje con un gran corazón :)
Me encantan tus escritos Casiopea... tienen mágia! Como tú! Besazos!
Ojalá todo fuera tan fácil como pedirlo escrito en una teja... Me alegro de que todo en este blog vuelva a tener tanta pasión como tú quieres :)
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