La primera referencia
que tenemos del uso de anticonceptivos por parte del ser humano data
del año 1850 a. C. y está escrita en el primer texto médico que
habla de control de la natalidad. Se trata del Papiro de Petri y
propone, para evitar embarazos no deseados, cosas tan curiosas como
usar excremento de cocodrilo en los genitales femeninos o irritar la
vagina con miel y bicarbonato de sodio natural. Afortunadamente para
nosotras, desde entonces hasta ahora los métodos para controlar la
natalidad han evolucionado y se han diversificado mucho.
Este fin de semana
quedé con Juanjo, un chico que conocí antes de Semana Santa en la
estación de Sants. Yo salía urgentemente hacia Cuenca para unos
días de trabajo exprés, él viajaba a Madrid para una entrevista de
trabajo en una conocida empresa del sector turístico (lo cuento así
no porque quiera mantener la emoción sobre cuál será la empresa,
sino porque fue lo que él me dijo y, se hizo tanto el misterioso con
la empresita de marras que pasé de preguntarle más al respecto).
Coincidimos en el asiento, aunque duramos más o menos diez minutos:
el vagón iba casi vacío, de modo que con una amplia sonrisa y un
tímido “te dejo hueco”, se marchó tres asientos más para
atrás.
Fue en la cafetería
del AVE donde entablamos conversación. Hablamos del tiempo, de
trabajo, de fútbol, de lo divino y de lo humano... me dio su
Twitter, yo le sugerí el mío y así se quedó la cosa. El Miércoles
Santo por la mañana me envió un DM para decirme que le apetecía
mucho retomar la conversación de tren donde la habíamos dejado y
que en la empresa no le habían contratado, así que estaría en
Barcelona, disponible para café y lo que surja (el “lo que surja”
lo añado yo, él no lo puso aunque se leyera más que de sobra entre
líneas), para cuando yo regresara.
A la vuelta de mi
trabajo semanasantero, le conté a Inés toda contenta que había
quedado con Juanjo. “Bueno, me parece bien. Pero cuídate. Y toma
precauciones” me soltó, sin anestesia. Yo, que soy mayor que ella,
me la quedé mirando con cara de “perdona bonita pero esos consejos
debería dártelos yo”. Antes de que abriera la boca, aclaró la
frase: “No me refiero a los condones, que también. Me refiero al
corazón. Que tengas cuidadito, nena. Que con calma”. No supe qué
responder. Me dejó pensando toda la noche. Durante siglos, la
humanidad ha pensado, buscado, descubierto e inventado métodos para
protegerse de los daños colaterales del sexo sin control: embarazos
no deseados y enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, poco
o nada se ha inventado hasta el momento para minimizar o prevenir los
daños del amor sin control.
Si ya los pueblos más
antiguos usaban cosas parecidas a los preservativos para tener
sexo... ¿por qué es tan complicado inventar un método para evitar
que nos rompan (o rompamos) el corazón a la primera de cambio? ¿No
sería posible utilizar algo así como un “condón sentimental”
que evitara el dolor de un desengaño amoroso y nos permitiera
disfrutar del amor sin las consecuencias negativas del desamor y el
rechazo? Mi amiga Estel opina que los fracasos, los desengaños y las
rupturas que acumulas son ese remedio contra los dolores del amor.
Según ella, las personas que sufren mucho por amor se acaban
inmunizando y al final, disfrutan del momento sin pensar en nada más
porque saben que no merece la pena.
Mi amiga Meme, por el
contrario, opina que es la edad (o más bien la falta de ella) la que
te protege el corazón. Que cuando eres muy joven vives cada amor
como el primero y se te olvida antes el daño que te hayan hecho,
pero que con el paso de los años las rupturas duelen más y el
supuesto “callo” que hace el corazón le impide seguir sintiendo.
Que es como un muro, una barrera, que hace que no te enamores igual,
ni disfrutes igual. Que te mutila el sentimiento. Como el hueso que
suelda, cicatriza y no se puede volver a romper por el mismo sitio:
se hace más fuerte... pero pierde sensibilidad. Yo, que no sé con
cuál de las dos teorías quedarme y que, en cualquier caso, me
quedaría siempre con la peor (por aquello de ser dramática crónica
y demás), fui a la cita con Juanjo pensando en no enamorarme de
ninguna de las maneras y visualizando una barrera de acero en torno a
mi corazón, por si acaso.
La cosa fue bien. Y
hemos quedado otra vez para esta semana. Juanjo me atrae, para qué
negarlo, pero sí que noté que, esta vez, estuve mucho menos
“suelta” que en otras ocasiones. Mucho menos juego por mi parte,
menos insinuaciones, menos respuesta a las suyas (que fueron unas
cuantas), menos sentir... menos diversión. No sé si en eso
consistirán las protecciones amorosas pero, desde luego, no es
divertido. Es como hacerlo usando preservativo: es seguro, es lo que
se debe hacer... pero por muy fino que sea, por muy ultrasensible...
no se siente lo mismo. Al menos, en mi opinión. Pero, si es el
precio que hay que pagar por no salir de nuevo con el corazón roto,
que vivan las protecciones. A mí, de momento, la diversión a ojos cerrados ya no me
compensa el dolor posterior.
Y vosotros, queridos enamoradizos míos... ¿tomáis precauciones para que no os rompan el corazón? ¿Disfrutáis igual de los enamoramientos después de varios desengaños? ¿Tenéis algún método infalible para vivir el amor en su máxima expresión, a salvo de sus daños colaterales?






















