El mercado de La Boquería de Barcelona es uno de los lugares con más encanto que uno puede visitar si se pasa un fin de semana por la Ciudad Condal. En el año 1200 se tiene ya constancia documental de un mercado que nació siendo ambulante en la Rambla de Barcelona y que, con el paso de los siglos, ha ido adquiriendo solera hasta llegar a convertirse en el más emblemático de toda la red. La Boquería es lugar de visita obligada. Su arquitectura, su ubicación y sus puestos repletos de productos que trasladas en muchas ocasiones a paisajes propios de las Mil y Una Noches llaman a gritos al caminante, le embaucan con aromas a fruta recién cortada, especias y condimentos, hasta que consiguen hacerle entrar.La primera vez que fui a Barcelona, además de llevarme al Maremágnum, la estatua de Colón, el Camp Nou y Canaletas y la Sagrada Familia eternamente andamiada, mi amiga Vanessa me descubrió el mercado de La Boquería. Recuerdo que al entrar compramos una porción de piña, perfectamente preparada en trozos en su propia cáscara y acompañada por un coqueto tenedor de plástico, y que de esa guisa arrancamos nuestra visita. Aquel día me hice el propósito de volver a La Boquería y luego, cuando conocí a Iván, le pedí muchas veces que me llevara. Lo cierto es que este mercado, que en su clase es el más grande de España, sigue ocupando un lugar preferente en la lista de cosas que Iván y yo nunca llegamos a hacer juntos.
Alguna vez le recriminé, medio en broma medio en serio, que no cumpliera su promesa de llevarme a La Boquería. Él respondía tratando de evadir responsabilidades, que no iba a llevarme "al mercado" si lo que quería era precisamente mantenerme fuera de él. Aquella afirmación evocaba en mí la imagen de un mercado gigantesco en el que las transacciones tenían un único objetivo: Ligar. Al más puro estilo de una feria americana de ganado, La Boquería se aparecía entonces ante mis ojos como un lugar lleno de puestos en los que se ofrecían hombres y mujeres autóctonos, del resto de España y extranjeros, los más exóticos. Extrapolando la idea a todos los mercados españoles que conozco, me los iba imaginando poco a poco llenos de variedad masculina con denominación de origen.
Supongo que La Boquería nunca será un almacén de oportunidades para ligar y la verdad, yo tampoco me veo echándole los tejos a alguien mientras pido cuarto y mitad de boquerones pero, el hecho de que no existan mercados "del amor" al uso no quiere decir que no los haya, y eso es algo que todos sabemos muy bien. Y es que, si antiguamente el ligoteo era algo más bien ambulante —como La Boquería en sus primeros tiempos— debido a que la forma de conseguir novio más extendida era la de dar paseos arriba y abajo de las calles principales de la ciudad para ver y que te vieran, ahora el ligue se ha estabilizado en lugares más o menos establecidos, igual que los mercados.
Y si no... ¿dónde vamos como en peregrinación nazarena todos los fines de semana, arreglados como para una sesión fotográfica con Philippe Halsman —el que hacía saltar a las estrellas para sus instantáneas— y luciendo sonrisa? Pues claro que sí, al mercado. Que éste tenga forma de bar de copas no cambia el hecho de que la gente se congregue allí con el objetivo fundamental de evaluar el material en exposición y llevarse a casa y a la cama la mejor oferta de la mejor calidad.
Como ando un poco decaída por aquello de mi recién estrenada soltería y mis amigas son de las que sostienen que una mancha de mora con otra verde se quita —o lo que es lo mismo: que no no hay nada que no cure un buen polvo sin compromiso—, este fin de semana me llevaron a uno de los últimos sitios de moda de Madrid: La posada de las ánimas. Nada más entrar nos encontramos con una bonita jaima verde y blanca a modo de reservado, pero no fue eso lo que más nos llamó la atención. Lo que logró sorprendernos fueron las camas con dosel y sábanas blancas repartidas en lugares más o menos estratégicos, esperando a ser estrenadas, al menos esa noche.
Mientras nos adentrábamos entre la gente en busca de un cóctel, pensé que, después de todo, lo raro es que el concepto no se le hubiera ocurrido a nadie antes. Ya que la cama es la meta de buena parte de la fauna nocturna... ¿Qué mejor que acercarla al propio bar? Así los beneficios de las consumiciones se siguen quedando en el local.
La verdad es que lo pasamos bien. Cierto que no había mucho material masculino y que las camas resultaron ser un poco incómodas a la hora de tratar de moverse por la pista, pero nos reímos mucho, bailamos más y yo logré olvidarme por unas horas de mis penas amorosas. Me sentía como una adolescente con mi nuevo corte de pelo y mis ajustadísimos pantalones negros de cuero y, por primera vez en mucho tiempo, me vi más guapa que las niñas con cinturón ancho que teníamos alrededor.
Sin embargo, todo el género masculino que pululaba por el local no debió pensar lo mismo que nosotras. Por primera vez en todos los años que llevo saliendo de fiesta por Madrid, no nos entró nadie. Eso no me había pasado nunca. A veces ligábamos todas, otras sólo alguna de nosotras, pero nunca jamás nos había pasado que no se nos acercara nadie. Es cierto que no había mucho ligoteo en general y que tampoco es que nos gustara nada de lo que vimos pero... ¿nadie? Al salir a buscar los abrigos, me pregunté si cuando una pasa de los 25 empieza a ver cómo las opciones de ligue se reducen a la misma velocidad vertiginosa que pasan los años. ¿Es la edad inversamente proporcional a las oportunidades de ligue?
Mientras la chica del ropero se peleaba por encontrar nuestra ropa, me fijé en un grupo de señores que babeaba en la barra detrás del trasero de la camarera, muy bien puesto en su sitio, por cierto. Tuve que disimular la risa al pensar que, igual que en un mercado de productos alimenticios al uso, la mercancía va perdiendo calidad conforme pierde frescura y que, cuanto más tiempo está un producto en el mercado, más va a costar venderlo. Por dos razones. Una, que se acerca peligrosamente su fecha de caducidad. Y dos, que los productos viejos van siendo poco a poco desplazados por los nuevos, más frescos. Pensé un momento en mí y en los 26 años que estoy a punto de cumplir. ¿Dejar atrás los 25 implica perder esa frescura que hace a un producto apetecible? Volviendo la vista a los ojos de los señores, fijos en el trasero de la camarera, me di cuenta del tipo de "frescura" que algunos hombres y mujeres buscan y sonreí, porque supe que al menos eso no es algo por lo que merezca la pena preocuparse.
Este viernes cumplo 26 años y vuelvo a estar en el mercado. Puede que no tenga la "frescura" de una quinceañera ni el culo de una camarera de bar de copas, pero sí tengo dos cosas: Seguridad en mí misma y unas ganas tremendas de divertirme. Así que, me he propuesto pedir como deseo a las velas de mi tarta de cumpleaños aprovechar al máximo mi paso por el mercado. Alguien dijo que la vida es juego... Y yo tengo unas terribles ganas de jugar.
PS. Sí, sé que me he dejado en el tintero el mercado más grande de todos... ¡internet! Pero como ese merece post aparte... ya os hablaré de él más adelante. ¡Ah! Para todos los que me habéis preguntado: Sí, mi cumpleaños es el 13 de noviembre. ¡Viernes 13! Cómo me gusta... jejejejeje...









