El Laberinto

Laberinto: (del latín labyrinthus, y este del griego λαβύρινθος labýrinzos) lugar formado por calles y encrucijadas, intencionadamente complejo para confundir a quien se adentre en él. El mayor laberinto que conoce el ser humano no es otro que su propia mente. Este espacio pretende adentrarse en él y que, quien lo visite, haga lo propio, buscando dentro de su laberinto aquello que crea perdido...

Libros de Casiopea

Muchos de los relatos incluidos aquí y otros inéditos, están también en formato libro en: http://casiopeayeltiempo.bubok.es

febrero 08, 2010

Díselo con post-its


Hace unos días, la Universidad de Sevilla saltaba a los medios de comunicación después de aprobar una Ley en la que se reconocía tácitamente el derecho de los alumnos a copiar en los exámenes. La mencionada Ley, que sin embargo ha sido finalmente modificada tras las quejas de varios colectivos y la polvareda levantada, establecía que el alumno pillado in fraganti con una chuleta podría sin embargo acabar normalmente su examen.

En mi época de estudiante, nunca fui de las aficionadas a las chuletas, por más que alguna vez llevase alguna "para asegurar" o apuntase algún que otro concepto en la mesa. De hecho, creo que usé más los "esquemas orientativos" como los llamábamos nosotros en el instituto que en la Facultad, más que nada porque una vez llegué a la Universidad lo que estudiaba me gustaba y no necesitaba hacerme chuletas: prefería aprendérmelo.

A lo que sí he sido siempre aficionada, en clase, fuera de ella y hasta en el trabajo, es a otro tipo de "esquemas". Me refiero a las notitas. A esos papeletes en los que apuntabas corriendo y ocultándolo del profesor cualquier cosa que tuvieras que decirle a alguien del banco de delante y que no podía esperar al recreo o al espacio entre clase y clase. Las primeras notas nos las empezamos a pasar en el colegio y aquellas eran inocentes, del tipo "la maestra es tonta" o "me aburro en matemáticas".

En el instituto vino lo mejor. En aquella época mis amigas de entonces y yo empezamos a enamorarnos, así que de hablar de los profesores las notitas que nos intercambiábamos en clase pasaron a hablar de lo bueno que estaba José Luis, lo tonto que era Alfonso y las miraditas que se echaban Lorena y Gonzalo. En más de una ocasión acabé en el pasillo por andar haciendo en clase de casamentera y recuerdo además que a mis profesores se los llevaban los demonios porque yo no era una empollona al uso: Vamos, que sacaba buenas notas y metía bulla a partes iguales.

Luego, en la Facultad, seguimos con la costumbre aunque ya la perdimos un poco, porque llegaron los móviles y las notas escritas pasaron a un segundo plano: Enviarse mensajes en mitad de la clase era mucho mejor. Sin embargo, tanto a mi amiga Pilar como a mí nos quedó la nostalgia de aquella época en la que la máxima expresión del amor era encontrar una nota manuscrita dentro de la cartera con un escueto "me gustas", del puño y letra del admirador secreto de turno.

Quizá sea por esa época o porque las dos somos más o menos igual de peliculeras. La cuestión es que Pilar y yo somos de las que nos morimos de la envidia cuando vemos en una película que la chica o el chico se atreven a pedirle una cita a la otra persona dejándole su número de teléfono en una servilleta, un chicle o una cajetilla de tabaco. Siempre que sacamos el tema, Pilar me cuenta que a ella le encantaría llegar un día a su coche y encontrar en el parabrisas una nota de alguien que le guste invitándola a unas cañas, a dar un paseo, a lo que sea.

Hace unas semanas, mi amiga comenzó a profundizar casi sin darse cuenta en la relación con un compañero de trabajo. La cuestión es que el chico no le gusta pero sí le cae bien y tienen un inocente juego entre ambos: Se han apostado adivinar cuáles son sus respectivos coches sin darse pistas al respecto. Pilar, que es muy lista, lo encontró primero. Y cuando lo hizo, sintió el irracional impulso de arrancar una hoja de su libreta y dejarle una nota en el parabrisas para que supiera que lo había encontrado... Y con un vale para unas cañas.

La tenía escrita y todo y estuvo a punto de dejarla. Luego, en el último momento, recordó que tiene novio, que el chico no le gusta para nada más que una amistad y que una nota con invitación a tomar algo incluida puede malinterpretarse y meterla a una en un lío no deseado. Hablando por el facebook, me contaba que no sabe qué le pasa. Por qué busca en otras personas la emoción que ya no tiene con su pareja. Yo, que tampoco sé lo que me pasa a mí ni tengo muchas ganas de analizarlo, le respondí que quizá ella necesita a alguien a su lado capaz de valorar esos pequeños detalles y de tenerlos también con ella.

Y es que Pilar ha intentado por activa y por pasiva jugar a eso de las notitas con su novio, con resultados casi siempre desastrosos. Yo tampoco tengo demasiada suerte con Iván en ese sentido. Y eso que he tratado de poner en marcha con el jueguecitos de esos que te recomiendan en la Cosmopolitan y que consisten en ir dejando post-it con mensajitos picantes por la casa y cosas así... Nada. Que si quieres arroz, Catalina. La última vez que lo intenté, dibujé primorosamente un talonario de mimos y se lo regalé... y todavía estoy esperando a que lo saque del cajón en que lo metió y lo use.

Quizá sea que con las nuevas tecnologías, eso de hacer notitas en papel se ha quedado demasiado obsoleto, tanto en clase como fuera de ella. Otra forma de dejarse notitas, sobre todo si uno vive en Alicante y la otra en Cuenca, es dejarse mensajes instantáneos en el messenger. Montse y Jorge lo hacen continuamente y, aunque parezca algo cursi o infantil, lo cierto es que esas notas virtuales les ayudan bastante a mantener viva la ilusión, la complicidad y esa sensación de intimidad entre ambos que sería difícil de conseguir de otro modo, teniendo en cuenta la distancia física.

Sea como fuere, la cuestión es que muchas veces he echado de menos lanzarme a la piscina y dejar una nota en un parabrisas, como dice Pilar, o escribirle a alguien mi número de teléfono en una servilleta y esperar a ver qué pasa. En la gasolinera a la que voy a repostar siempre hay un chico que me gusta. Se aprendió mi nombre de leerme en el periódico y siempre que me ve, me dice piropos, se acuerda de la última conversación que tuvimos, me presta atención. Siempre he querido decirle que me apetecería tomar un café con él o quedar fuera de la gasolinera, pero no me atrevía... Hasta el sábado. Cuando fui a pagar —él estaba tan simpático como siempre— le escribí mi número de teléfono en el recibo de la tarjeta de crédito. LLevo tres días esperando a que mi móvil suene y no lo ha hecho. Pero la emoción que sentí al hacerlo y esa sensación de haberme atrevido ya no me las quita nadie.

Pilar me contaba esta mañana en un mail que, aunque no le ha dejado la nota en el parabrisas del coche, sí que lo ha hecho de forma virtual. Y yo, que sigo esperando que mi móvil suene de un momento a otro, he pensado para mis adentros que ole por las mujeres valientes. Como decía aquel anuncio de Coca-Cola... ¡Un aplauso por la que no esperó a que el chico la llamara. Cogió el teléfono... y llamó ella!.

En la vida, como en las películas, a veces uno encuentra una nota cuando menos se lo espera. Hace un par de viernes, Iván pegó en la nevera una notita en la que ponía "mañana vamos a Valencia a por tu regalo de Reyes. ¡Ponte guapa!". De todas las ideas al respecto que me había hecho, la única que no contemple es que el regalo estuviera vivo. Pero sí, lo está. Y Casiopea es, sin duda, la mejor sorpresa que me podían anunciar con una nota. En la vida, en el amor y en los estudios... uno nunca debe perder la esperanza de encontrar una nota en la nevera, en el parabrisas o en la mochila.

febrero 02, 2010

Una gata con nombre de tortuga —EDITADO—


EDITO: Casiopea y yo queremos daros las gracias a tod@s por la tremenda bienvenida que le habéis brindado a la bichejo!! Lludria, me gusta la idea de hacer una etiqueta especial, ya puedes encontrarla en la nube de tags. Prometo postear cositas de Casiopea de vez en cuando. ¡Ah! Liz, dile a tu nena que la verá moverse, en cuanto sepa cómo subiré un vídeo de la gata ¿ok? Gracias a tod@s y besos!!!

Hay regalos de Reyes que llegan el 25 de diciembre.

Hay regalos de Reyes que llegan en su día, el 6 de enero.

Y hay regalos de Reyes que llegan tarde, casi un mes tarde, y que por alguna razón, son los que más ilusión hacen. Es como comer turrón en verano o helados en invierno: Gusta más porque no es lo que toca. Cuando te hacen un regalo de Reyes a destiempo, hace mucha más ilusión porque no, no es lo que toca y entonces, como no se espera, sorprende más.

Este sábado, Álex y yo marchamos a Valencia en busca de mi regalo de Reyes. Ya me avisó de que llegaría tarde, pero no pensaba que tanto. Las únicas indicaciones que tenía al respecto era que venía en barco, que no podíamos ir en moto porque era muy grande para traerlo y que estaba en un pueblo a veinte kilómetros de Valencia. Con esos mimbres tuve que hacer el cesto y romperme la cabeza semana tras semana, día tras día, hasta que el momento esperado llegó.

El sábado, a las doce y media, salíamos hacia la ciudad del Tranvía de la Malvarrosa, las Fallas y Mestalla. Comimos frente al mar, en la playa de la Malvarrosa, y luego viajamos a Godelleta, a una urbanización dejada de la mano de Dios en la que yo imaginaba un polígono industrial lleno de cajas de pedido enormes, una para mí. Sin embargo, a veces las sorpresas no van por donde uno piensa, especialmente si todas las pistas te las han dado falsas con el ánimo de despistar.

Y es que nada de un paquete, nada de un paquete por mar, nada de un paquete demasiado grande. Con lo que yo me encontré en aquella urbanización de Godelleta es con una casa particular en la que Mª Carmen y Ari han montado un idílico lugar donde crían gatos, los miman, los cuidan, los ayudan a venir al mundo y, por fin, les buscan un buen hogar de adopción. Uno de esos gatos, una gata persa, blanca y negra, preciosa, es mi Casiopea.

Cuando entré en aquella casa, todavía sin saber lo que me esperaba (hay que ver lo corta que puedo llegar a ser a veces), me encontré a una gata preciosa sentada en el sofá como si fuera un duende o un hada, con sus rasgos persas lindísimos y jugando a perseguir una vara emplumada de rosa sin mover más que las patas delanteras y sus enormes ojos despiertos. Me pareció un sueño o un cuento. Y resulta que... era para mí.

La criadora fue clara desde el primer momento: Si le gustas a la gata y nos gustas a nosotros, puedes llevártela. Me puse nerviosa. ¿Cómo se hace para gustarle a un gato que no te conoce de nada? No lo sé. Sólo sé que Casiopea me miró una, dos, tres veces. Y que en un momento dado, sin hacer caso a nada más, se subió en mi regazo, apoyó las patitas en mi cuello, su nariz en mi nariz... y me acarició. Me estremecí. Creo que nunca había sentido un cariño como aquél. Y la criadora dijo, muy alegre "la gata ya ha elegido. Esto no lo había visto nunca, madre mía. A la gata le gustas". Me invadió un desconocido sentimiento de felicidad.

Luego supe que Álex y Ari llevaban maquinando mi regalo desde noviembre, que la gata llevaba un año pidiendo a gritos una familia para ella sola, que ha ido a verla tanta gente inconveniente que su criadora ya había dado por sentado que no iba a encontrar a nadie para ella... Hasta este sábado. En el camino a casa ni rechistó. No extrañó la habitación, ni la comida, ni los juguetes. Y pasó su primera noche sin dejar de ronronear. Y yo, sin dormir pero sin dejar de sonreír. La única expresión que se me ocurre para describirlo es "amor a primera vista". Hace años que dejé de creer en él, pero el sábado constaté que sí... a veces sucede.

Así que, ésta es la historia de una señorita gata que tiene nombre de tortuga y que ahora, es parte intrínseca de mí. Ella es también la causa de que esta semana ande aún sin actualizar pero es que... ¡¡es tan mona y le gusta tanto jugar!! Que cuando llego del trabajo a casa sólo tengo ojos para ese bichejo de nariz chata, ojos enormes y largos bigotes que me espera mirando ansiosa hacia la puerta, sentada en la cama.

Señoras, señores, damas y caballeros... Casiopea, la gata, ha llegado a Tusitala.

enero 29, 2010

Fotograma 24: Las buenas esencias...


Si la semana pasada dediqué este espacio cinéfilo para hablaros de las “súper” del cine, esta semana quiero hablar justo de los trabajos rodados al otro extremo. De los trabajos iniciales de muchos cineastas. De los principios de un sueño. De los cortos.

He de reconoceros que aunque ahora me gustan mucho, siempre he sido reacia a visionar cortos. Quizás era porque los pocos que había visto en el cole no me inspiraban nada, no los entendía bien o no fueron del todo bien escogidos por mis profesores. No fue hasta 2008, concretamente hasta el Festival de Alcalá de Henares (Alcine), que me di cuenta del gran potencial y valor de los cortos.

El corto está infravalorado, así de rotundo os lo digo. Un buen corto que inspira toda una historia en pocos minutos puede ser tan obra maestra como cualquier largo que se precie y sin embargo es un trabajo que no se ve. Y es que como dice el dicho, la cantidad no es lo importante sino la calidad, aunque muchos no se den cuenta de ello o tarden en hacerlo, y en aquella edición de Alcine había mucha calidad.

El Festival, dividido en varias secciones, contaba con una llamada "El dedo en la llaga" a base de cortos documentales sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Otra, titulada "El idioma en corto", estaba formada por cortometrajes dirigidos a profesores de idiomas, cortos para poner en clase a los estudiantes Erasmus. De entre todos ellos quiero destacar aquí Equipajes de Toni Bestard por su ironía y originalidad. Si no lo habéis visto desde aquí os lo recomiendo.

Además de ser una historia diferente y muy completa, cuenta con la participación de la actriz conquense Natalia Mateo, protagonista del filme La Vergüenza que ganó en 2009 el Festival de Málaga y que ha contado con el beneplácito tanto de la crítica como del público y del mundo del celuloide español en general. Natalia llegaba a este corto tras varios papeles de personajes marginales en películas como El patio de mi cárcel o series como Amar en tiempos revueltos, de modo que la mujer sofisticada y segura de sí misma a la que interpreta supuso para ella una incursión en un nuevo tipo de personaje que resuelve con descaro, naturalidad y solvencia.

Pero, volviendo al Festival de Alcalá de Henares, sin duda la sección que más me hizo pensar fue la de "En el principio fue el corto". El repertorio lo componían trabajos con los que se iniciaron en el mundillo directores famosos. Pasaron por ejemplo el genial corto Física II, anticipo de lo que luego ha sido la genial película Azuloscurocasinegro de Daniel Sánchez Arévalo —en la que por cierto también aparece Natalia Mateo— y también Carboneros de Navarra de Montxo Armendáriz, director de La lengua de las mariposas. Con ellos pensé en todo el esfuerzo que le cuesta a un cineasta hacerse un sitio a base de cortos… ¿A cuántos festivales tiene que presentarse un corto para que a su autor le llegue la oportunidad definitiva? Y es que los festivales son la única salida para estos trabajos.

Pocos cines, y de la televisión mejor no hablamos, se prestan a proyectar este tipo de obras. Ahora que los conozco más, que he visitado muchos festivales, DocumentaMadrid, Animadrid, ImaginaIndia, creo que deberíamos tenerlos más en cuenta; valorar el trabajo de toda esa gente joven que plasma sus sueños e inquietudes en poco más de tres minutos. Porque todos tenemos nuestros comienzos y a todos nos cuesta conseguir una oportunidad y porque a veces esos cortos son realmente frescos y creativos, fruto de esas expectativas y principios que uno tiene de la vida nada más salir de la carrera, sin haberse contaminado todavía de nuestra sociedad consumista – morbista.

Desde aquí, mi ánimo para todas esas personas que están luchando con sus cortos, mi recomendación para vosotros de que si tenéis oportunidad os acerquéis al festival de cortos de vuestra ciudad, que en casi todas hay uno. Y como no, mi enhorabuena para Jorge González, cámara en el corto El romance de Isacio Perales, quien por fin esta semana ha tenido su oportunidad ya que su corto se ha estado proyectando en los cines Verdi de Madrid. Ojalá en un tiempo no muy lejano todo el mundo le conozca y pueda cumplir su sueño de grabar un largo; aunque ya se sabe… a veces las buenas esencias… se guardan en frasco pequeño.

enero 27, 2010

Cuatro mejor que dos


De todas las tragedias que pueden sucederle en la vida a una mujer, mi amiga Pilar está convencida de que una de las peores —si no la peor— es que le pongan gafas. Ella, que las lleva desde que era una enana, sufre cada vez que se las pone. Y teniendo en cuenta que las necesita para casi todo, el trauma es grande. Recuerdo que en nuestros años de facultad nunca la vimos con gafas: Pilar aguantaba con las lentillas aunque le escocieran los ojos al final del día. La razón de la aversión que mi amiga les tiene a sus gafas la descubrí un domingo por la mañana en su casa, cuando se las puso para ver la televisión después de una noche de farra. Decir que eran de culo de vaso se me antoja poco. ¡Qué gafas!

Pilar estaba tan traumatizada por ellas —ahora lo sigue estando, pero menos: Las cambió por unas más modernas que ya no parecen de culo de vaso aunque lo sean— que tardó tres años en dejar que su novio la viera con gafas. Tenía la sensación de que si el muchacho se levantaba por la mañana a su lado y la veía con eso iba a salir corriendo de la impresión. Luego, él la vio con ellas un día por casualidad y no salió corriendo. Todo lo contrario. Incluso animó a mi amiga a que las utilizara más, puesto que si no las lleva no ve tres en un burro y las lentillas son incómodas cuando llevan muchas horas pegadas a tu retina.

El caso es que, a pesar de que todos le decimos que las gafas le quedan bien y que es imprescindible que se las ponga porque si no, no ve, Pilar lo lleva fatal. Para quitarle un poco de hierro al asunto, hace unos años empezamos un juego: Como a casi todo el mundo según va cumpliendo años le ponen gafas, jugamos a comparar si la gente está más guapa con ellas que sin ellas. Huelga decir que a Pilar todo el mundo le parece más feo con gafas, pero al menos seguimos buscando a alguien que nos parezca más guapo con un buen par de lentes que sin ellos.

La última en entrar en el mundo de los "Cuatro Ojos" he sido yo. Sí. Así empecé el año. Con ligue nuevo y con un par de gafas rojas en el bolsillo de la chaqueta. Cuando se lo conté a Pilar, a la pobre le faltó poco menos que darme el pésame. Y es que en esto de la buena vista yo era el último bastión de los "Dos Ojos": Era la única del grupo de amigas que no lleva gafas y la única de mi familia que no las lleva. Hasta Iván lleva gafas. Todo el mundo menos yo... hasta este mes de enero.

No sé si me gusto demasiado con gafas y eso que me he hecho varias y variadas fotos y me las he remirado a ver si me acostumbro a verme con ese amasijo de alambre y cristales plantado en mitad de la cara. De lo que sí tengo la certeza es de que las necesitaba: Ahora veo muchísimo mejor. Mientras me probaba modelos en la óptica y la dependienta me aseguraba que todos me quedaban bien —cosa bastante improbable, por otra parte— me pregunté por qué habré tardado tanto en hacerme unas gafas si llevaba años viendo regular de lejos y con la vista muy cansada.

Nada más recogerlas, Montse y yo quedamos a tomar un café y a comentar mi nuevo look de bibliotecaria. Montse me aseguró que me quedan bien, enumeró las múltiples ventajas de ver mejor y, al final de su perorata animosa, soltó algo que me dejó pensando. "Tía —me dijo— tu fíjate en lo fácil que es ver mejor cuando ves mal. Te ponen unas gafas y punto. ¡Ojalá existieran gafas para ver mejor en todo!". Al momento, supe que ya no estaba hablando de mis gafas y sí de Jorge, su affaire internetero. Y es que, mientras que en la vida es sencillo corregir una mala vista con unos cristales con las dioptrías adecuadas, en el amor ¿cómo corriges la ceguera?

Las pinturas clásicas representan a Eros, dios griego del amor, con unas alitas, un arco y en ocasiones, con una venda en los ojos. La creencia popular asegura que el amor es ciego y que por eso precisamente podemos enamorarnos: Si lo viéramos todo desde el principio, nadie sería capaz de soportar la cohorte de defectos ajenos. Pero, por mucho que no ver las cosas sea una ventaja al principio, no verlas nunca es más que un inconveniente. Es un problema grave. Desde luego, si existieran gafas para ver qué es lo que pasa realmente en una relación, se agotarían de las tiendas el primer día que salieran a la venta. En esto del amor... ¿cuáles son los cristales que corrigen las dioptrías sobrantes?

Un buen cristal desde el que corregir la miopía que produce el enamoramiento son las amigas, los amigos en el caso de los chicos. Pilar siempre me dice —y Montse lo corrobora— que cuando una está dentro de una relación no ve las cosas con perspectiva, mientras que la gente que la valora desde fuera sí que se da cuenta de aspectos de esa relación que ninguno de los cónyuges tiene en cuenta porque está inmerso en ella. Así pues, cuando una relación no funciona, pedirle opinión a las amigas es casi la primera cosa que hacemos las mujeres. En el caso de los hombres es quizá un poco menos obvio, por aquello de que a muchos les cuesta hablar de sus sentimientos y poner la relación sobre la mesa para debatirla con los amigos, pero también pasa. Aunque sea enfocada desde el punto de vista del sexo.

Durante nuestro café, le comenté a Montse la idea de las amigas como las gafas con las que ver mejor las relaciones, pero ella no terminó de mostrarse convencida. Montse razonaba que cada amiga, cada persona, puede ver la relación de una manera diferente y que, lejos de ser unas gafas estándar y ajustadas a tus problemas, como las de los ojos, cada amiga sería un tipo de gafa diferente que te mostraría visiones distintas de las cosas, con lo que al final podrías terminar más que mareada con tanto cerca, lejos e incluso, 3D.

Sea como fuere, lo único que está claro es que, en la vida como en el amor, hay gente que necesita gafas para ver mejor y gente que sin ellas ve perfectamente. Hace un par de fines de semana bajé al pueblo a comer. Sola. En todo este tiempo de ruptura con Iván todavía no les he contado a mis padres lo que pasa. Ambos lo decidimos así por una serie de razones que no vienen al caso y mis padres no han hecho preguntas. Es más, yo diría que ni siquiera sospechan lo que ha pasado. Y eso que ambos llevan gafas. Sin embargo, cuando bajé hace dos fines de semana a mi casa, pasé a saludar a mi abuela. Además de tener setenta y tres años, tiene una vista de lince y no sólo la de los ojos. "¿Ya no estás con el chico?" me preguntó en un momento en que nos quedamos a solas. Yo me quedé callada y ella volvió al pañito que me estaba enseñando, sin más. En ese momento me pregunté por qué no habré sacado yo la vista de mi abuela.

Así que, ahora que veo mejor ópticamente hablando, me he propuesto afinar también la vista en lo que a mi vida sentimental se refiere. Si te pones a pensarlo, es más sencillo de lo que parece. Sólo hay que fijarse en las señales que va dejando la otra persona y querer interpretarlas tal y como son. Sin dobleces. El viernes pasado, Iván regresó a Cuenca. Ese mismo día nos vimos, quedamos, nos besamos... acabamos en la cama y ya van unas cuantas veces más en los últimos días. No sé si estoy graduando bien mis gafas de señales o no,, aunque os aseguro que me estoy empleando a fondo en ver. Todo lo que tengo que ver. Lo que sí sé es que tengo más claro que, ahora, veo mejor. En todos los sentidos. Y que en la vista como en el sexo... cuatro son siempre mejor que dos.

enero 22, 2010

Fotograma 24: Las "SÚPER" de la pantalla grande


—¿Confías en mí?
—Confío en tí.
—Haz que cuente... reúnete conmigo frente al reloj...

Si os digo estas frases… ¿alguien duda de a qué película pertenecen?… chan chan… Eso es, ¡muy bien! Son justo de ésa que estáis pensando, de Titanic.

En 1997 el director canadiense James Cameron presentaba al mundo su última superproducción. Después de haber rodado filmes como Terminator o Aliens, era hora de aparcar la ciencia ficción para traer a la memoria algo sucedido en 1912. No era la primera vez que el cine se hacía eco de la tragedia, pero sí la primera que se hacía bajo el manto de una importante suma de dinero.

Titanic costó 200 millones de dólares, o lo que es lo mismo 137.680.131. Una barbaridad cinematográficamente hablando a la que la mayoría de las películas no puede aspirar.

Os invito a que reflexionéis sobre si aquellos 200 millones fueron bien invertidos. En este caso yo creo que sí. A James le salió bien la jugada. El filme ganó 14 Óscars y ocho Globos de Oro; por no decir que sirve como un buen documento sobre lo que allí pasó, pues la labor de recuperación para los escenarios fue realmente exhaustiva. Vi en un documental que incluso las vajillas eran reproducciones exactas a las que se usaron en el propio Titanic.

Contento con el resultado y sumido en una hivernación de 13 años, James ha vuelto esta Navidad al cine con Avatar, otra superproducción subida a las últimas tecnologías puesto que puede verse tanto en digital como en 3D. Esta vez, James vuelve a la ciencia ficción y a sus mundos recónditos, haciendo amigos con la tribu de los Navi en Pandora. Aunque al filme le sobra media hora, el guión cuenta con cabos sueltos y el principio es bastante inexplicable, tengo que decir a su favor que los efectos son increíbles, que dejará con los ojos abiertos a todos los fanáticos de los efectos especiales y que ya por eso merece la pena verla en el cine.

Pero creo que el caso de James es un caso aparte en esto de las superproducciones del celuloide. Bajo mi punto de vista no siempre una superproducción tiene todas las papeletas para triunfar, para asegurarse la taquilla y el beneplácito de la crítica.

Este es el caso de la saga Matrix. La primera parte de la trilogía costó 65 millones de dólares y recaudó 455 en todo el mundo, lo que permitió a los hermanos Wachowski rodar con total libertad sus secuelas. De su presupuesto, 365 millones de dólares, 100 se destinaron a efectos especiales. Barbaridades que no tuvieron la misma suerte. La segunda gozó de algo más de éxito, pero la tercera fue un fracaso.

Por su parte, Ridley Scott, director de reconocidas películas como Alien, el octavo pasajero, o Black Rain se subió en el año 2000 al carro de las superproducciones estrenando Gladiator. La tragedia familiar de un estupendo Russell Crow conmovió a medio mundo, dando todos por justa su venganza romana. Otro al que le salió bien la jugada. ¡Qué suerte!

Y así tras varios ejemplos más a lo largo de estos años, llegó en octubre a nuestras pantallas Ágora, la superproducción española de Amenábar. Con muchas expectativas puestas en esta película, Amenábar se pasó de cargante, de efectos y batallas y tuvo que recortar media hora tras su estreno en el Festival de Cannes. La película costó 50 millones de euros —poco en relación con “las súper” estadounidenses— pero es un dato relevante en el cine español, pues dicen que quizás sea la más cara de la historia. Y los resultados… regular para mi gusto.

Es cierto que se nota el dineral invertido, muchísimos extras, tremendos escenarios, planos extremos… pero en el fondo se trata de una historia que no le interesa a nadie. Para criticar a los fanáticos religiosos nos cuenta una historia de una filosofa extra-valorada en su época, defensora de la Ciencia. Amenábar se pasa de academicista con tanta explicación científica y profundiza poco en los personajes, cosa que llama la atención, ya que su trayectoria está marcada por filmes cargados de ricos personajes como los de Mar Adentro.

El sábado se publicaron las nominaciones a los Goya 2010. Es cierto que Ágora, con sus defectos, está nominada a 13 estatuillas, incluyendo no sólo a mejor guión original, película o director —tres de los grandes premios— sino también a mejor música, fotografía, montaje, sonido, dirección artística, vestuario, maquillaje y peluquería, dirección de producción y efectos especiales.

Por su parte, a la cabeza de la lista, Celda 211, de la cual ya hablé en otro post, no me extenderé de nuevo, con un coste de 3 millones de euros —destacablemente inferior— ha sido nominada a 16 premios.

Ahora nos queda esperar hasta el mes que viene para ver si los súper efectos especiales vencen o no a los sentimientos, a una película salida desde las entrañas, llena de sencillez, humildad y tan profesionalmente rodada como cualquiera de “las súper” del cine. Tiempo al tiempo.

PS: Como habréis comprobado, esta semana el Fotograma 24 llega el viernes, para hacerlo coincidir con los estrenos de cartelera y, en general, el día más cinematográfico de la semana. La Mirada Cercana se traslada a los miércoles y volverá a arrancar en cuanto los personajes pendientes de enviar su entrevista tengan un ratito para hacerlo. Besos y feliz fin de semana!!

enero 18, 2010

Propósitos de Año Nuevo


Dice una antigua tradición que, para atraer la buena suerte en el año que empieza, es necesario deshacerse primero de todo lo malo o negativo que nos ha sucedido en el año que acaba. Los gurús de la magia, que de esto saben un rato, recomiendan tirar calendarios y agendas viejos y escribir, además, dos listas. Una con todo lo negativo (ésa hay que quemarla al filo de la medianoche) y otra con todo lo bueno que queremos conseguir en el año que entra. Así que, uno o dos días antes del 31 de diciembre miles de personas (sobre todo mujeres) alrededor del mundo confeccionan una lista de deseos y buenos propósitos que cumplir al año siguiente. Vamos, que como en el que está a punto de empezar no hemos hecho ni caso de la lista que teníamos, la buscamos y la copiamos casi entera a ver si, con suerte, en el año nuevo la tenemos un poco más en cuenta.

Mis amigas y yo, que somos mujeres de hacer listas, pedir deseos con cada uva, pedir deseos en Nochevieja y entrar en el nuevo año a la pata coja para pisarlo sólo con el pie derecho, hemos llegado a una conclusión después de hacer muchas listas. La conclusión a la que hemos llegado es que eso de escribir los propósitos con esmero para luego, con el mismo esmero, guardarlos en un cajón, no sirve para nada. Por mucho que digan los gurús de la magia. Una semana antes de la Nochevieja de este año Palmira, Caridad, Pilar, Montse y yo, nos reunimos en mi casa para comparar las listas de propósitos que hemos escrito desde que nos conocemos. Leyéndolas en voz alta, con la máxima seriedad que son capaces de imprimirle a sus voces cinco mujeres por alguna copa de más, nos dimos cuenta de que se parecían tanto entre todas y de que hemos conseguido tan pocas de las cosas que escribimos, que acabamos muertas de risa en el sofá de casa, rodeadas de listas arrugadas y de tres botellas de Lambrusco casi vacías. Así que, puesto que las listas han demostrado que no funcionan, para este año decidimos no hacer ninguna y, a cambio, luchar un poco más por lo que anhelamos.

Y es que, si dedicásemos cada día los quince minutos que se tarda en escribir la listita de marras a ponernos manos a la obra para lograr lo que queremos, lo conseguiríamos. O al menos, nos quedaríamos cerca. Mi amiga Montse decidió el año pasado que se dejaba de listas, de lamentaciones y de historias y se puso a estudiar las oposiciones que le han hecho volver a tener una meta clara en la vida y empezar a ser feliz. Caridad se plantó la semana pasada delante de su jefa en la sección de libros del FNAC de Sol y le dijo que, o empezaba a rotar en los horarios como las demás empleadas o se marchaba para siempre del turno de tarde. Pilar ha empezado a buscar un piso más grande en el que su perro pueda jugar a sus anchas y ella no tenga que elegir entre amigas y novio por falta de espacio. Y Palmira y yo hemos decidido que dejamos de buscar al hombre de nuestra vida para empezar a disfrutar de todos los hombres que se crucen en nuestro camino y nos gusten.

Lo primero que una consigue cuando deja de hacer una lista es tener claros en la cabeza los propósitos que quiere conseguir en el año que empieza. Puede parecer un contrasentido pero, una vez que escribes una lista para algo, se te olvida lo que había escrito en ella al momento. A mí me pasa con cualquier lista, sobre todo con la de la compra, pero con la de propósitos también me ha pasado. Año tras año. Y si se te olvida la meta a la que ansías llegar, corres el riesgo de perder un poco el norte. Otro efecto secundario de no hacer una lista de propósitos y deseos es que empiezan a cumplirse algunos de los deseos que había en las listas anteriores. Especialmente aquellos que tienen que ver con la vida sentimental. Es algo parecido a cuando sueltas lastre de un globo aerostático: Si sueltas lastre en tu vida amorosa, ésta empieza a funcionar.

Tuve ocasión de comprobar que efectivamente estas cosas pasan en Fin de Año. En mis listas de años anteriores, siempre incluía un deseo muy concreto: Ligar en Nochevieja. Con eso de que es una de las noches más mágicas del año, a mí siempre me había hecho ilusión pasarla, al menos en parte, abrazada a un buen maromo. Si podía estar enamorada, genial. Pero si no, a veces sientan la mar de bien los besos y achuchones de un desconocido. El desconocido en cuestión con el que pasé buena parte de este Fin de Año se llamaba Nacho, tenía 27 años, era alto y fuerte como un armario ropero y físicamente me encantaba su aspecto. Eso y que besaba y acariciaba de muerte, tenía unas manos enormes, nervudas y perfectas para recorrer la espalda de una mujer.

He de confesar que, aunque llegaba con muchísimas ganas de ligar en Nochevieja igual que todos los años (es lo que tiene que algo te haga ilusión) la verdad es que, de todos los fines de año que he celebrado, éste fue el más inesperado en cuestión de ligues. Y es que yo llegaba con el propósito de ver a mi "afterbite" de 22, eso era en lo que habíamos quedado. Sin embargo, una vez en Madrid me percaté de que en realidad no me apetecía tanto quedar con él, de modo que inventé una excusa (con todas las que me han dado a mí a lo largo de los años me es bastante sencillo crear las mías propias) y me dispuse a disfrutar de lo lindo de la primera vez en que me tomaba las uvas en la Puerta del Sol. Ya allí me dí cuenta de que, a diferencia de otras veces, esa noche estaba despertando mucho la atención del género masculino. Y cuando digo mucho, es mucho. Vamos, que a pesar de llevar un abrigo de cuello alto y de ir discretamente maquillada, todos los tíos se volvían a mirarme al pasar. Me sentí la reina del mambo, cosa que nunca viene mal como chute de autoestima.

El material masculino tampoco pintaba mal ya en Sol y fue mejorando por momentos. Pasadas las uvas y de camino al metro nos encontramos con un grupo de doce tíos, todos guapos, altos y de traje, con los que más de una se hubiera quedado si las demás no la hubiéramos arrastrado inmediatamente del brazo. Y una vez en Independence, el bar en el que teníamos el cotillón, me llevé dos sorpresas: La música, porque era rock (que me encanta) y los tíos, que en su mayoría estaban muy bien y además eran de mi estilo. Estábamos en la fila para entrar cuando me dio por mirar el móvil. No había ningún mensaje típico de Fin de Año pero sí una llamada perdida... de Iván. Hace tres años que le conozco, tres meses que lo hemos dejado y han pasado tres Nocheviejas desde que nos vimos por primera vez. En las dos anteriores, me pasé la noche entera, literalmente, mirando al móvil y rezando para que me llamara o enviara un mensaje simple con el "feliz año" entre exclamaciones. No sucedió. Y justo este año que ese no era uno de los deseos de mi lista, porque no había lista, justo este año que me despreocupé del móvil y sobre todo de Iván (especialmente porque habíamos hablado a mediodía del 31 de diciembre)... va y se le ocurre llamarme. Para felicitarme el año, dijo. Definitivamente, cuando pasas de las listas de deseos, empiezan a cumplirse los que formulaste en listas anteriores.

A Pilar también se le cumplió un deseo en Nochevieja. Pasarla con su novio y sus amigos. Es verdad que de los amigos faltaban unos cuantos y que el novio no aguantó como nosotras hasta que cerraron el local y se acabaron el chocolate y los churros pero, viendo la expresión de felicidad extrema que se le pintó en la cara a Pilar cuando le vio aparecer, supe que ella también pensaba que había merecido la pena no escribir una lista de deseos y propósitos de Año Nuevo si la recompensa era cumplir por fin con uno de sus principales anhelos: Novio y amigos juntos en Fin de Año.

Los gurús de la magia dan mucha importancia a la medianoche del último día del año porque se trata de una confluencia. Un año que acaba, otro que empieza. Energías diferentes que se cruzan en un mismo y único instante. Como el agua en un estuario, el tiempo se remansa en esos instantes finales de un año para confluir con los instantes iniciales del siguiente. Puede que lo que pasa en ese momento sea cosa de la magia y que lo que sucede esa noche, al abrigo del mágico momento del comienzo, sea mágico también. No sé si lo que yo viví esta Nochevieja fue o no magia pero, desde luego, sí fue hermoso. Contándoselo días después a mi amiga Julia, la única palabra que me salía para describirlo a la perfección es romántico. Sí, lo que me pasó con Nacho en Nochevieja fue romántico. Nos miramos. Nos besamos. Hablamos de arte, de música, de literatura. Bailamos un tango sin que hubiera esa música de fondo y nos abrazamos al son de una lenta como si nos hubiéramos estado buscando toda la vida. Él me aseguró mil veces que hacía mucho tiempo que no encontraba a una chica que besara tan bien como yo y yo le pedí que no me llamara cariño si no quería estropearlo.

Luego llegó el alba, pedirme el móvil, la despedida y saber que nunca iba a llamar. No lo ha hecho. Y por unos días he estado caminando tres palmos por encima del suelo de la ilusión y volviendo a sentirme como una quinceañera, como aquella chica que empezó a ligar en sus años de facultad y soñaba con que algún día la llamarían los chicos que conocía los viernes por la noche. Esta chica tiene casi diez años más y ya no sueña con que la llamen. Ahora sueña con ser feliz, aunque sea por unas horas. Y lo está consiguiendo.

Año Nuevo es siempre un comienzo, pero a veces es también un final. Cosas que no esperas que sucedan en años pasan en un sólo segundo y, por mucho que lo intentes, no les encuentras explicación. David y Laura, dos de los amigos de Pilar con los que salimos en Fin de Año, lo dejaron esa misma noche, tras varios años de relación. Pero no de cualquier relación. De una relación que, desde fuera, parecía absolutamente perfecta. De hecho, creo que ninguna de nosotras se salva si digo que les envidiábamos, y mucho. Esa felicidad, esa sensación de compenetrarse por completo, de estar siempre juntos y siempre bien. Pero llegó el Fin de Año y con él, todo eso se vino abajo y se hizo pedazos. No sé si alguno de los dos había hecho una lista de deseos y propósitos para el Año Nuevo pero, de tenerla, dudo que una ruptura estuviera entre ellos. Mientras hablábamos casi sin creerlo de lo que acababa de pasar, volví a pensar en que, definitivamente no sirve de nada hacer listas.

Así que, en lo que llevamos de año he empezado a dedicar cada día unos minutos a conseguir las cosas que quiero. De las que tienen que ver con mi vida sentimental sabéis bastante porque os las estoy contando semana a semana con pelos y señales. De las demás, de las que hablo menos, hay una que me gusta especialmente. Y es que este blog siga aquí, abierto y con vida, semana a semana. Así que, ahora que por fin y tras las vacaciones la vida ha vuelto a la normalidad (o a la rutina, elegid la que queráis), Tusitala vuelve a funcionar a pleno rendimiento. Porque la mejor forma de hacer que los sueños se mantengan es dejarse de listas y más listas y dedicarles el tiempo que necesitan.

enero 15, 2010

Actualización Exprés con un sorteito de lo más chulo!


Esta semana no he tenido tiempo de subir nada a la web, pero ahora que ya por fin tengo cable de alimentación para el ordenador de casa y ya puedo campar a mis anchas por internet, prometo enseñaros los regalitos del SWAP de Mini Mini y del Bookcrossing de Tusitala, que ya terminó con éxito hace una semana, gracias a lo encantadoras que son todas las participantes.

Sólo dispongo de unos minutillos para deciros que mi querida Chelo de La Cya del Pincel está de sorteo y yo no me había enterado hasta ahora!! He podido apuntarme por los pelos, porque el plazo termina esta tarde a las ocho, así que si aún no lo habéis hecho, ya os estáis apuntando!! Sortea tres preciosidades que podéis ver aquí.

¡¡A ver si me toca la gargantilla, que estoy enamorada de ella!!

Un beso enorme a tod@s y que tengáis un feliz fin de semana.