Damas y caballeros, con todos ustedes, Casiopea

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Distópica. Escritora cruel. Periodista por vocación y de profesión. Colecciono cuadernos y acabo de aprender a escribir con pluma. Cazatormentas. Amanecista. Tolkiendili. Tintadicta. Gatuna. Feminista y libre. Soy de la Sangre del Dragón. Sigue las baldosas amarillas.

febrero 04, 2016

No Soy



No soy un hombre.

Tampoco soy ciega, ni me falta el brazo derecho, ni tengo una historia de superación personal que contar. Como mucho soy autónoma y vivo de ello (raro ¿eh?), pero no creo que eso dé como para ser considerado extraordinario.

No soy gorda. No me entendáis mal, tampoco soy delgada, ni modelo de Victoria's Secret. Tengo una talla normal dentro de un cuerpo que no está nada mal pero no, no entro dentro del peso de lo que se considera generalmente como “gorda”.

No soy catalana. Ni vasca, tampoco. Ni extranjera (que eso viste mucho). Soy castellano-manchega. Qué digo castellano-manchega: soy conquense. No tengo lengua co-oficial como lengua materna y tampoco me puedo erigir en figura de movimiento de autoafirmación alguna porque, ya veis: en Cuenca no tenemos de esas cosas.

No soy suficientemente feminista. Quiero decir: soy feminista, pero no una feminista “de libro”. A simple vista no se me nota. Si hablas conmigo ya sí, claro. Si me lees, probablemente más todavía. Pero claro, yo no publico fotos en las que deje ver el vello de mis axilas creciendo alegremente, ni me retrato para instagram con bigotazo para el Movember, en mis redes sociales a veces hablo de fútbol y otras cuelgo fotos de gatos y claro, eso con la imagen de feminista pues, igual, no cuadra.

No me he autonombrado heredera literaria de nadie. De nadie. Dios me libre de hacerlo algún día.

No me he acostado con ningún famoso, ni tengo un novio futbolista, ni he cantado en Operación Triunfo (en el karaoke sí, pero yo creo que eso no cuenta), ni he hecho una dieta milagro con la que he perdido treinta kilos en tres días, ni me dedico a entrevistarme a mi misma a través de mis invitados en todas las entrevistas que hago, ni he dejado que accidentalmente se me caiga el pañuelo de la cabeza rodeada de compañeros cámaras (y medidas de seguridad) como si fuera el acto más valiente del mundo.

No soy una mujer espectáculo y espero, de corazón, no serlo nunca.

No escribo novela, ni es mi meta en la vida. Escribo relato. Eso es lo que me gusta hacer.

No voy a publicar nunca, a pesar de saber que sí, soy buena escribiendo. Y no bastante buena, no. Muy buena.

Asumir las dos cosas es lo mejor que me ha podido pasar en el tiempo de parón literario que he tenido.


Ahora vuelvo a escribir por diversión y la vida se ve, de nuevo, de otra manera.  

diciembre 31, 2015

Cinco minutos antes de la cuenta atrás



ENERO

Empezar el año en Barcelona sin campanadas, y tratando de comer las uvas a tiempo con la tele del vecino como guía (“Pero María, que el gafe no te lo traen las uvas, el gafe lo llevas tú dentro. Mi abuela se comía doce polvorones y duró 100 años", qué recuerdos). Un Año Nuevo sin concierto. Una decisión en el viaje de vuelta: Dejar el piso en el que viví durante los últimos cinco años... ya que en Barcelona estábamos buscando uno nuevo. Dos semanas de hacer cajas, mover cajas, ordenar, limpiar y vaciar habitaciones de una vida. Cerrar una puerta sin llorar. Eso sí que no me lo esperaba. Volver a tener quince años en el pueblo (es decir: a vivir sin wifi y en una habitación). Días de café y risas con mi madre que nos volvieron a acercar mucho a las dos... aunque no nos hubiéramos alejado nunca. Nace Casiopea Comunicación. Días de ardua búsqueda de piso en Barcelona (Jose allí, yo en Cuenca) y encontrarlo por fin cuando habíamos perdido toda esperanza. Una nueva vida que empezaba para los dos y una ventana para que pudiera mirar Casiopea, desde la que se ve pasar el tren

FEBRERO

Días de trabajo y vida en el pueblo. De cafés y paseos con mi madre y de seleccionar aquellas cosas de mi antigua vida que se iban a venir a la nueva. La vida sencilla. Dibujar dos corazones para la primera postal de San Valentín que he enviado en mi vida y que éste se convirtiera, además en el primer año que yo también recibí una postal de San Valentín. Quién se lo iba a decir, a la vuelta de los años, a mi yo adolescente que soñaba con una cada 14 de febrero. Algunos momentos oscuros y mis padres, que siempre están ahí cuando los necesito. Y que a veces la felicidad sea algo tan sencillo como comentar un programa vía whatsapp con Isabel. 

MARZO

Una serie de catastróficas mudanzas: cambiar de ciudad poco a poco, por fascículos, acaba por destrozarte los nervios (y se pierden muchas, muchas cosas... Aún hay libros, cosas, recuerdos, que no sé si metí en alguna caja). Westwing o cómo perder tiempo y dinero en un par de entrevistas fallidas. Un CD de marchas procesionales con el que aprendérmelas de memoria para saber reconocerlas cuando las escuchara en la calle y varios viajes a Barcelona con el coche entrenando el oído y la memoria. Un piso por reconquistar (literalmente) y un hacerme hueco en mi nueva vida. Un descomunal ramo de rosas esperándome en la mesa, junto a un broche de la Máscara de Majora y un dvd de Sonrisas y Lágrimas. Desde luego, como profecía los regalos de Jose no tienen precio

ABRIL

Presentar por tercera vez el Pregón de Semana Santa y una semana de procesiones contadas en Twitter por cuarto año consecutivo. El cansancio no es nada cuando cuentas con el apoyo y el amor de tus tres familias y los cafés nazarenos, las charlas que reconfortan y las fotazas (y conocimientos musicales) de amigos como Rodrigo. Conocer a Julia de la manera más inesperada y perfecta: encontrándonos por auténtica casualidad en la calle Balmes. Ver a Vetusta Morla sola en el Sant Jordi Club, por primera vez en primera fila. Año Nuevo al fin en concierto. Una despedida anticipada de mi familia nazarena y un cuadro que no es un cuadro: es una ventana por la que asomarse a Cuenca. Y tras la Semana Santa... el 26. La despedida. El final de tantas cosas y un salón de té que se convierte en el Monte del Destino. Un café con sabor a lágrimas y un “te quiero mucho” que escondía más de lo que mostraba. Mi hermano a 535 kilómetros (sí, los he contado). Una parte de mí se venía a Barcelona y otra que se quedaba en Cuenca, para cuidarle. Jose, que rompía el azucarero antiguo de mi abuela al subir la bolsa a casa. No sé qué tienen mis novios con los azucareros antiguos, que no me dejan ninguno sano. Que la grúa se lleve el coche (bien aparcado, conste) el primer día después de mudarte a tu nueva casa pone en perspectiva que fácil no va a ser la cosa. Una kokeshi del Matsuri que ahora vive en mi estantería de los libros (de parte de Jose, claro). Un Sant Jordi con libro y rosa. La música del silencio. 

MAYO

Rubén e Isabel en Barcelona. La primera visita a mi nuevo hogar. Días de boquería, fotos prohibidas en cementerios, pizza, de ver perder al Madrid en la Copa de Europa, de pasear Barcelona y batidos en la Clandestina. Dalí, que me retrataba en Las Ramblas. Recibir una de las noticias que más ilusión me ha hecho en la vida: “Han hecho a tu hermano jefe de cocina”. Y tener ganas de llorar y de reír al mismo tiempo y pensar en aquellos tiempos de bajada a los infiernos (de los que no hace tanto, aunque mejor sea olvidarlos), en los que me decías que lo que más pena te daba era que habías perdido la ilusión por la cocina y que no podías ver Top Chef porque no podías dejar de llorar al ver a todos esos cocineros jóvenes con tanta suerte y tú con ninguna. Quien tiene talento al final destaca (incluso en esta Cuenca nuestra en la que tan difícil es siempre meter la cabeza si no tienes los ocho apellidos, o los que sean) y tú lo has hecho. Ya eres como los cocineros de los concursos a los que tanto admiras. Sacar a Julia en condiciones de la pantalla, con dos capuchinos con tarta. Operación: Tatuarme el brazo. Una idea, una ilusión que se cumplía: llevar a mi hermano en la piel para siempre. 

JUNIO

Descubrimientos. Descubrir que, a veces, trabajar para una persona a la que admiras no tiene por qué ser bonito... ni siquiera cuando se trata de ser la CM de un cómic que es realmente fantástico. Descubrir que hay personas que creías serias y que lo único que hacen en realidad es regalarte la oreja en su beneficio. Mi primera gran decepción editorial. Perder la inspiración. Decirle adiós a las ganas de escribir. Sentir que no quiero volver a ser escritora y dejarlo. Quizá definitivamente. Dejarlo. Un tren a Madrid que no debí coger y un encargo laboral que tampoco. Isa y Andrea y una tarde en el Mirablau hablando de la vida. Mis niños de la Escolanía, que cumplían 10 años. Presentar su concierto, tan especial. Un homenaje inesperado, un diploma, un ramo de flores y unas lágrimas que tuvieron que brotar. La primera vez que no estaban mis padres para verme. El trabajo, ya se sabe. 

JULIO

Una boda en Madrid y una conversación sobre la “no boda” nuestra en el camino de vuelta. Una decepción: el Nómada Market veraniego. Una visita a mis tíos, una tarde de café y una lasañaza en la que estuve pensando durante las cinco horas de viaje a Barcelona. En verdad os digo que la lasaña de mi tía está deliciosa, sobre todo si te la comes a las cuatro de la mañana. Jose, que se quedaba sin trabajo después de haber hecho méritos suficientes para conservarlo. A veces la vida no es justa. Ojalá cada uno tenga algún día lo que se merezca. 

AGOSTO

Tortitas en el pueblo. Una tarde de fotos en La Toba sin tarjeta en la cámara, un mareo por las curvas y unos días los dos solos, como antes, como cuando éramos pequeños, que tanto bien nos hicieron. Volver a ver, juntos, El Señor de los Anillos. Cambios de planes. Un picnic en un parque. Figueras-Rosas-Cadaqués. Ser un poco Gala y Dalí por un día. Coincidir casi con un conquense (lástima no habernos visto, Emilio). Tres días con Mai en Barcelona. Una empanada que no quería terminar de hacerse, un brunch vegano en Le pain quotidien y dar vueltas y más vueltas en busca de aparcamiento para ver los puestos del barrio de Sants (no llegamos a verlos, por cierto). Una hamburguesa en La Farga y un viaje de vuelta genial. Cuánto echaba de menos viajar contigo, hermosa. Unas ferias de Cuenca sin peluche pero con todas las personas a las que quiero. Los mejores días con mi hermano y una noche con mi prima buscando por los puestecillos un colgante que tuviera palmeras. Cali en Cuenca. Un bolso de monedas y una sorpresa en forma de pulsera de ébano (gracias, Gema). Celtas Cortos de la mano y un Jose aguantando estoicamente a su Berta cantando a voz en cuello. Un Tranquilo Majete que nos unió a mi padre y a mi por teléfono. 

SEPTIEMBRE

Unas fiestas pasadas por agua. Acompañar a la Virgen bajo los plásticos en una romería extraña. El teléfono, que sonaba una mañana en casa para traer una voz que hacía años que no escuchaba. El pasado en el presente. Cerrar heridas. Ver en el rostro de mi madre la tranquilidad de estar haciendo las cosas como se debe. Un viaje de vuelta lloviendo y con los peques y el hogar, que nos esperaba. Descubrir que tengo buena mano para los bizcochos y que me empiece a gustar la cocina no tiene precio. Yo que siempre había vivido a base de sándwiches. Qué cosas. Una casa con las paredes llenas de cuadros, mi rinconcito Hesse (que va creciendo), una colección de platos dispares y una fiesta de la Merced de museos, exposiciones y fotos en marcos vacíos. Pasear con Dennis por Arco de Triunfo. Los estandartes de Rohan y Gondor ya ondean en la cabecera de la cama del cuarto que compartimos

OCTUBRE

Volver a tener el libro de Momo, que tanto sentido tiene para mi. Releerlo y reenamorarme de Casiopea. Si se puede escoger personaje la próxima vez, yo quiero ser una tortuga parlanchina y testaruda de cuento. Aprender a hacer empanadas, descubrir los Fleas, Palo Alto Market, celebrar por primera vez el Oktoberfest (de la mano de Jose, siempre) y mis cuartos zapatos de Ana Monsalve. Hacerle un hueco en mi armario a las maravillas vintage de The Suspenders. Conocer en Barcelona a mi admirada Kat Von D. Quizá algún día lleve un tatuaje suyo sobre la piel (y le termine de dar un patatús a mi madre). El chantaje (aunque claro, su autor seguramente lo llamaría de otra manera). El colgante de Arwen en el Salón del Manga. Una noche en la ópera. Nabucco, de Verdi, en el Liceo. Estrenar mi vestidazo rojo y llorar sin poder remediarlo en el Va pensiero. Unas guirnaldas de cumpleaños, un repaso fotográfico por todos los lugares en los que nos hemos besado y una tarta sorpresa (la primera de mi vida). Una petición en un banco el día del cumpleaños. Un quizá que quizá es un poco sí, tengo que pensármelo todavía. ¿El anillo? Ya lo tengo. 

NOVIEMBRE

Desvirtualizar (por fin) a María Hesse. Su abrazo es de esas cosas que no se pagan con dinero. Conocer a Jara también me encantó (aunque no se trajera a Sorbete). Volver a hacer el NaNoWriMo por segunda vez, aunque en esta ocasión no sintiera magia ninguna. Escribir por no dejarlo. El abrigo rojo de Bella por mi cumpleaños con el que llevaba soñando desde los ocho años. Los días en casa. Una tarta de cumpleaños que es ya todo un clásico. Una caja de música para estar siempre juntos, con dos melodías, tallada por mi hermano. Una la hago sonar todos los días. La otra... la otra, de vez en cuando. Un abrigo de tartan que no conseguí que mi madre me diera, días de risas, vacaciones y planes en el pueblo, de revolver cajas en busca de objetos perdidos en la mudanza. Cosas que se quiebran. Nuevos clientes que se incorporaban a Casiopea Comunicación (y que sean muchos más). Una noche de opípara cena para cuatro preparada por el mejor cocinero del mundo: mi hermano. Unos días tensos, una idea en la cabeza y descubrir que, a pesar de todas las discusiones, como mejor estamos es juntos porque es como queremos estar. Y que tenemos un idioma propio que solo nosotros entendemos y eso tiene que significar algo... ¿no?

DICIEMBRE

Decir adiós al cliente que llevaba desde junio haciéndome la vida imposible. No saber si reír, llorar, hacer el baile de la victoria o bailar el Katonga, como cuando mi prima era pequeña y lo hacíamos en su casa. Ella, Gema, que viene. Cuatro días con filtro vintage, tartas de ensueño, peinados con trenzas, miles de fotos, excursiones diferentes y pelis malas, malas, malas. Ciudades de papel (que más vale que hubieran ardido antes de grabarlas). Una foto para el final, que no el final en una foto. Que la Reina Maga que es tu prima te la regale el 24 de diciembre. Ahora preside mi salón. Yo tengo una prima que vale oro y vosotros no. Un Niño, Una Sonrisa 2015 y volver a ser la magia y a llevar la magia en la voz gracias a mis niños de la Escolanía. Mi primera Navidad lejos de casa. Unos regalos estupendos y los botines soñados envueltos en papel de periódico. Mensajes del pasado. Fantasmas que quieren colarse de nuevo en tu vida y tienes que emplearte a fondo para no permitírselo. Murallas que se cierran. El Contrato, al fin escrito. Un regalo con el que sí me hiciste llorar. Las uvas (esperemos escuchar las campanadas este año) juntos. Y un año que termina y se ha pasado en un suspiro... veremos qué trae el que viene. Ojalá traiga a mi hermano a Barcelona y muchos viajes a Escocia. Que no se me olvide volver a poner la maleta detrás de la puerta.

abril 05, 2015

Aprendizaje




Ahora que ha terminado la Semana Santa y es momento de hacer balance, voy a contaros lo que he aprendido yo.

Esta Semana Santa he aprendido lo que es echar de menos a un coro de niños subiendo por Palafox (qué falta me habéis hecho, escolanos de la Soledad) y que las mujeres de La Borriquilla valen un potosí (gracias por dejarme subir con vosotras al balcón del Ayuntamiento).

Esta Semana Santa, he aprendido que la emoción, la ilusión, las ganas, tienen nombre de bancero que se estrena en noche de Lunes Santo y Vera Cruz.

Que nunca conoce uno suficientes marchas (y a distinguir La palma al viento de Al Capataz). Lo bien que suena Costalero en la de Morata. Lo bien que desfila la Madre (Soledad del San Agustín) cuando suena por Aguirre Costalero en la Banda de Villamayor. Y que les falta algo a las marchas de procesión enlatadas y que es el golpe de horquilla ese algo que les falta.

Esta Semana Santa he aprendido que no está María Magdalena más guapa que cuando sube por Solera y tras ella, la de Las Mesas con su marcha. Que cuentan mejor que nadie lo que fuimos banceros de Perdón por el Peso, meciendo al tiempo el Medinaceli y el Bautismo. Que se te agarra un nosequé por dentro cuando entra en la Plaza Mayor el que al Señor con agua bautiza, madrugada en río de adoquines, mientras suena en la de Las Mesas su "Bautizando a Jesús". Y que la mejor manera de terminar un Martes Santo es de cena nazarena con los esclavos del Señor.

Esta Semana Santa, he aprendido que no hay mejor Evangelio que el que se predica a golpe de horquilla.

Que si entrega Judas al Señor, es por bailar olivo al viento por las calles de Cuenca. Que si Judas entrega al Señor, es por bailar como nadie con la de Horcajo, bajo arcos del ayuntamiento, a hombros de los banceros de la traición.

Y que saben a gloria los bocadillos del Ecce-Homo a las cuatro de la mañana.

Esta Semana Santa he aprendido que, si hay en el mundo poesía, es porque existe el toque de caja de la Banda de Junta de Cofradías cuando suena Oración.

Que ya quisieran muchos auditorios tener la acústica que tienen el tramo final de Alfonso VIII, la calle San Pedro y la calle del Peso.

Que ya quisieran muchas bandas sonar, sonar en la calle y sonar en la calle en Cuenca la mitad de bien que suena las que acompañan nuestras procesiones.

Que ya quisieran muchas bandas saber escribir Evangelio en partitura como solo saben las que vienen a Cuenca.

Que es imposible no emocionarse escuchando Costalero, Calvario, María Magdalena, Hosanna in Excelsis, Cristo de la Luz. Que es, imposible, no emocionarse.

Esta Semana Santa, he aprendido que bailan como nadie a su Verónica los banceros valientes de Paz y Caridad. Que no tiene corazón quien no se emociona viendo bailar al Huerto del Jueves bajo los arcos del ayuntamiento. Que está bien guapa de blanco la Soledad del Puente. Que es poesía nazarena el paso corto de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Puente y la Caída (que es como me gusta a mí llamar al Auxilio de Nuestro Señor) en su camino en paralelo por la Avenida de la Virgen de la Luz. Y que se me va a hacer largo el año hasta que lo vuelva a contemplar en otra noche de Pasión y Jueves Santo.

Esta Semana Santa he aprendido lo que se siente al dormir (apenas) con el rumor de la turba en la Plaza del Salvador en madrugada que vela camino del Calvario. Que, más que escuchar La Madrugá de Abel Moreno en la de Horcajo mientras sale el Encuentro, emociona pensar en lo que estará sintiendo bajo el Señor ese joven bancero que se estrena en madrugada y soledad. Que hay que ver lo bien que casan yunques y martillos con Al Capataz en la de Villamayor bajando hacia la herrería. Que no hay clariná como la de Palafox. Que ya era hora de que recuperara la Virgen de la Soledad el desfilar histórico de los buenos guías de banceros (enhorabuena, capataz).

Que mola, mil, hacer trending topic durante tres horas con el HT #CaminoJdC.

He aprendido esta Semana Santa que no hay amor más grande que el de los banceros del Descendimiento enlazando las dos curvas de la Audiencia, ni el de la Banda de la JdC despidiendo en La Hispanidad con Caridad del Guadalquivir a La Exaltación. Y que la grandeza de las procesiones está hecha de pequeños detalles, como el regalo del Coro del Conservatorio a la Agonía en San Felipe o el viaje de Escalada para acompañar a su Virgen de las Angustias un año más.

Y, en lo personal, he re-aprendido esta Semana Santa el lujo que es haber contado un año más con el apoyo, las fotos (perdón, las fotazas) y los conocimientos musicales (aunque alguna marcha se nos pase) de Rodrigo Merchante (y la ayuda de Laura). Porque en verdad os digo que la Semana Santa con él se cuenta mejor y, además, ha logrado un año más que no me sintiera sola y recogida en la calle durante ocho días. Gracias Rodrigo. Por todo. Pero, sobre todo, por ser mi amigo.

Que es un privilegio que Juan e Isabel Albendea, Rocío y Mario Burgos y Mai y Patricia Montero sean mis ojos en aquellos sitios a los que, físicamente, me es imposible llegar. Gracias por ayudarme, un año más, nuestra Semana Santa. Sin vosotros no hubiera sido posible. Gracias. Gracias. Gracias.

Que, normalmente, se tiene solo una familia y yo tengo la suerte de contar con tres: gracias a mis padres, por hacerme de corresponsales en la Plaza Mayor (y por aguantar mis nervios, mi mal humor y por traerme barritas de chocolate camino del Calvario); gracias a Pepa y Jesús (por acogerme en vuestra morada como una hija más y darme de comer, de cenar, cama y lo que me hiciera falta); y gracias a Ana y a Fran (por vuestro apoyo, por vuestros whatsapps y por el helado el viernes por la tarde que me dio la vida para afrontar el final de En el Calvario).

Que hay que ver lo bien que se ve Camino del Calvario desde el balcón de Gracia (gracias por el café, por la silla y por los churros).

Que tiene la Junta de Cofradías una Comisión Ejecutiva que vale su peso en oro. Uno por uno.

Que, ahora que me voy, estoy empezando a saber lo mucho que os voy a echar de menos.
Y que nadie te ama mejor, Señor, que Cuenca a hombro de bancero.  

marzo 25, 2015

Un aplauso



Hoy quiero pedir un aplauso.

Un aplauso, sí.

Un aplauso por las mujeres, pero no por todas las mujeres. Un aplauso por las mujeres abanderadas. Por las salvadoras de la patria femenina. Por las que se hacen llamar cabezas del feminismo actual, las que se han autoerigido como herederas de Mary Wollstonecraft, Christine de Pizan, Olympe de Gouges, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir. Las que luchan, dicen, por mi. Como luchaban por ti en el escondite. (Por mi, por todas mis compañeras, por mi la primera)

Aplaudamos a esas mujeres que dicen, en todas sus redes sociales, todas las tribunas a las que les dejamos subirse, que luchan por la igualdad. Por una igualdad verdadera. Por una igualdad real.

Un aplauso fuerte por ellas, de verdad.

Por las mujeres que luchan por que la capacidad de decisión de todas las mujeres sea la misma que la de los hombres, siempre y cuando esas mujeres no utilicen su capacidad de decisión para decidir dejar su carrera y ser madres. Para decidir hacer su vida como a ellas les gusta, incluso aunque esa vida contemple tratar con igualdad y respeto al género masculino.

Os pido un aplauso por las mujeres que se pasan la vida afirmando que nosotras, las mujeres, podemos hacer lo que nos dé la gana y que luchan por eso, por que hagamos con nuestra vida lo que nos dé la gana. Siempre que lo que nos dé la gana hacer no sea emparejarnos, casarnos, unirnos a otra persona.

Por las que afirman que todas las mujeres somos iguales entre nosotras, siempre y cuando no seamos amas de casa, gordas, flacas, attentionwhores orgullosas de serlo (si lo ocultamos no pasa nada) o ajenas a su grupito de whatsapp.

Quiero que hoy demos un fuerte aplauso a esas mujeres que se vanaglorian de abanderar el feminismo, siempre y cuando el feminismo no contemple que deseamos tener los mismos derechos que los hombres, no más. Las mismas oportunidades que los hombres, no más. La misma credibilidad que los hombres, no más.

Este aplauso también va por las mujeres que se quejan de sufrir el machismo en las redes sociales y aseguran luchar contra él, siempre y cuando sea ejercido entre las mujeres de su grupito de whatsapp. A las demás que nos den.

Va por las mujeres que consideran que la principal manifestación del machismo es criticar nicks femeninos en videojuegos online. Por esas que se quejan hasta el vómito de que los personajes femeninos de los videojuegos están hipersexualizados... y luego cosplayean con escotes hasta el ombligo y más allá.

Por las mujeres que aseguran velar por la libertad de opinión de todas siempre y cuando esa opinión sea como la suya, claro. Como la de su grupito de whatsapp. Como la de su clan.

Un aplauso por las mujeres que quieren ser tratadas igual que los hombres pero a las que luego les falta tiempo para ir de mujeres por la vida, cosechando merced a su par de tetas regalos, beneficios, prebendas masculinas (e incluso femeninas) precisamente por eso, por ser mujer.

Más fuerte si cabe el aplauso para esas mujeres que van de autosuficientes y luego no pueden vivir sin el perro guardián que se encarga de llamar troll a cualquiera que no comulga con la opinión en las redes de su damisela en apuros. Y tal.

Aplaudamos, por favor, a esta nueva rama del feminismo a la que tanto, dicen, debemos.

Que suba la intensidad del aplauso ahora que batimos palmas por las mujeres que piden igualdad pero a las que luego les parece bien ser invitadas a mesas redondas, conferencias, proyectos, podcast, a escribir libros o a colaborar en webs por su género (ergo, por lo que tienen entre las piernas) y no por su valía profesional (ergo, por lo que tienen en la cabeza).

Aplaudámosles, por favor.

Aplaudámosles bien fuerte.

Antes de que, un día de estos, se atraganten de incoherencia.  

febrero 13, 2015

Flechazo

By Casiopea


El primer flechazo tuvo lugar a las seis y cuarto de la mañana.

Lo protagonizó una muchacha morena que escuchaba música para distraer la espera del 35. A su lado, esperando el mismo autobús en la parada, un hombre de unos treinta años notó el segundo flechazo, unos cinco minutos después que ella.

A las siete menos cuarto y siete menos diez, respectivamente, se registraron el tercer y cuarto flechazo. Los elegidos fueron un barrendero de mediana edad que arrastraba el cepillo a dos calles de la parada de autobús y una azafata de supermercado que le dio las gracias con una sonrisa cuando el hombre le ofreció amablemente retirarle el vaso vacío de café que llevaba en la mano y echarlo en su bolsa, ahorrándole así que tuviera que buscar una papelera de camino al trabajo. Ninguno de los dos lo vio venir. Fue algo inesperado. De esas cosas que son casi leyendas urbanas, que nadie cree que puedan suceder, más allá de las películas. Hasta que suceden.

A las siete y media, los usuarios de la estación de metro de Marqués de Vadillo se encontraron en las escaleras con dos adolescentes sentadas, casi en la misma posición, hacia el centro de la hilera de escalones, tan cerca una de la otra que desde lejos parecía que estaban cogidas de la mano. Pronto se revelaron como dos nuevas víctimas de la oleada de flechazos que recorría la ciudad, según habían empezado a informar los noticieros de radios y televisiones en sus ediciones de las siete de la mañana.

Los presentadores de los informativos se afanaban en ofrecer a oyentes y telespectadores los mejores consejos para no sucumbir a los flechazos y hacían hincapié en que lo mejor para librarse de ellos era no salir de casa o, al menos, evitar acudir a zonas muy concurridas en la medida de lo posible. La Policía trataba por su parte de evitar que cundiera el pánico y la ciudad se sumiera en el caos en una fecha como aquella. Para ello, lanzó sus primeros mensajes de calma y aseguró a los ciudadanos que podían mantener sus planes para ese día. Hacer vida normal. Los ciudadanos, por su parte, se mostraban unos indiferentes, otros incrédulos, alguno alarmado y la mayoría asqueados de la fuerza del marketing y de lo que eran capaces de hacer las grandes cadenas comerciales para ganar un euro extra a costa de los sentimientos del consumidor.

Un abogado sesentón y un mendigo que pedía en el puente sobre el Manzanares fueron los siguientes en caer víctima de los flechazos, unos minutos antes de las nueve de la mañana. Los testigos afirmaron que el abogado se había echado mano a la cartera para dejar un donativo al mendigo y que fue entonces cuando le alcanzó el flechazo. Aquellas cosas sucedían cuando uno menos se lo esperaba, coincidían los testigos. Para el mendigo también debió ser algo del todo imprevisto, añadieron, pues el flechazo lo había dejado sentado en el sitio.

A las diez de la mañana fuentes oficiales contabilizaban al menos una docena de flechazos en la ruta de Oporto a la Plaza Mayor. Los flechazos – como era de esperar, aseguraban los informativos – no parecían seguir patrón alguno: hasta el momento habían afectado por igual a hombres que a mujeres, a jóvenes que a viejos, no se habían detenido a considerar la clase social de las víctimas. Nadie estaba a salvo, escupían los transistores.

De las diez a las doce los flechazos se extendieron por la Plaza de Sol, provocando estampidas, gritos, carreras y situaciones de histerismo y pánico entre los presentes.

A la una del mediodía y a petición del Ayuntamiento y las fuerzas de seguridad del Estado, el presidente del Gobierno declaró el estado de excepción. En una comparecencia de urgencia ante los medios de comunicación, el máximo responsable del ejecutivo nacional lanzó un mensaje de tranquilidad. Aseguró que la medida era provisional y sería suspendida en cuanto acabaran los flechazos, ya que tan solo perseguía aumentar legalmente la presencia policial en las calles a fin de velar mejor por la seguridad de los ciudadanos.

El toque de queda quedó establecido desde la una del mediodía. Hasta que se solucionara aquel asunto, quedaba terminantemente prohibido salir a la calle, por el bien de los ciudadanos. Quien desobedeciera las nuevas normas no sólo se arriesgaba a una multa y que se le abriera un proceso judicial. Sobre todo, recordó el presidente, se arriesgaba a un flechazo.

A las tres de la tarde el centro de la ciudad parecía el escenario de una novela postapocalíptica. Aceras vacías, locales cerrados, calles colapsadas de vehículos y cientos de personas agazapadas dentro de ellos porque el toque de queda les había cogido en mitad de un desplazamiento y se habían visto obligados a detener el motor en la calzada y quedarse allí. Esperando. Con las ventanillas subidas. Rezando para que el cristal fuera lo suficientemente resistente.

El cordón policial que aislaba el centro del resto de la ciudad se extendió al mismo tiempo que avanzaban las investigaciones. A pesar del toque de queda, desde las tres hasta las siete de la tarde los servicios sanitarios registraron seis flechazos más. Uno de ellos resultó especialmente llamativo, tanto por la víctima como por el lugar: el flechazo abatió a un niño de cuatro años en una de las calles que llevaban a la Plaza Mayor desde la Puerta del Sol. La madre, histérica, explicó a los servicios de urgencias primero, y a los agentes de policía después, que el pequeño se le había escapado de casa sin que se diera cuenta, en pos de una pelota que se le cayó por el balcón.

En el Centro de Mando del dispositivo de rastreo y seguridad redoblaron los esfuerzos. Era necesario actuar con presteza y rapidez. Nadie estaba a salvo.

Un motorista al que el toque de queda sorprendió en plena Puerta del Sol sin más protección que su casco, dos policías que hacían la ronda por el principio de la calle Montera y dos enfermeros de los servicios sanitarios que acudieron a atender al pequeño de cuatro años movidos por la ética profesional, a pesar de la prohibición de salir a la calle, completaban hasta las siete de la tarde la nómina de flechazos.

La conmoción aumentaba. La policía trabajaba a contrarreloj. Debían detener los flechazos antes de que acabara el día o el pánico cundiría por todo el país.

El último flechazo de aquel San Valentín tuvo lugar a las ocho y cuarto de la tarde, cuando un francotirador perteneciente a los cuerpos de élite de las fuerzas de seguridad del estado acertó al sospechoso con una flecha disparada por una ballesta desde la azotea del edificio más emblemático de la Plaza de Sol. El flechazo entró limpiamente en el pecho del sospechoso. Justo en el lado del corazón. Al verlo desplomarse, los ciudadanos más cercanos al cuerpo del que asomaba la flecha rompieron en un aplauso espontáneo, desde el interior de casas y coches.



Al día siguiente, los periódicos abrían a toda página con una imagen del suelo de la Plaza de Sol, justo de la zona en la que tuvo lugar el acto final de los sucesos. En ella se veía un primer plano de la acera. Sobre las baldosas, destacaba una oscura mancha rojiza, de forma casi triangular, salpicada de plumas blancas.  

febrero 08, 2015

Porque eres una zorra





“¿Sabes por qué te parecen más guapos los hombres que tienen novia? Porque eres una zorra. Por eso” (leído en Twitter)




No sabes por qué te pasa, pero te pasa.

Te pasa que de repente, sin saber por qué, cuando ese compañero de trabajo del que se rumoreaba que estaba loquito por ti cuenta en la hora de la comida los planes de fin de semana con la chica con la que ha empezado a salir, a ti te sale preguntarle “¿Todavía estás con ella?”. Así, inocentemente, sonriendo un poco. Como todos sabemos que sonríen las zorras cuando las sueltan.

O quizá lo que te pase sea que empiezas a ver a tu amigo como algo más. Ese “amigo” que se autonombró así cuando tú le diste calabazas porque no te atraía en absoluto y él decidió quedarse lo más cerca tuyo posible, a la espera de cazar las sobras que dejaran los demás. Curioso que coincida que lo ves más atractivo desde que te has enterado de que está saliendo con esa chica tan mona a la que conoció hace dos meses en una fiesta de cumpleaños de una amiga común.

Tal vez te pase que necesitas saber cómo está en cada momento, preocuparte por su salud, su vida laboral y hasta el corte de pelo que se ha hecho. Tú, que no te habías preocupado por él en la vida, sientes esa imperiosa necesidad de hacerle de madre –sin que nadie te lo haya pedido, claro– desde que sabes que hay alguien (no familiar en primer grado) que se encarga de hacerle tortillas de patata cuando sale del trabajo.

Puede que lo que te pase sea que, mientras que antes no tenías tiempo para quedar con ese chico que, sabías, estaba colado por ti (y, a pesar de ello, preferías tenerlo en la recámara por si acaso, pero sin darle muchas esperanzas), ahora eres tú quien busca planes para él. Activamente. Vamos, que antes siempre dejabas sus invitaciones para el final (o incluso no quedabas, directamente), pero desde que le has visto en más de tres fotos de FB con la misma chica te han entrado unas prisas horribles por verle y ahora tienes libres todos los sábados por la tarde –e incluso alguna noche– para hacer planes con él.

A lo mejor lo que te pasa es que tienes un radar. Sí, un curioso radar que hace que sólo te guste flirtear (diría zorrear pero claro, tú, tan cándida, tan mosquita muerta, tan zorra, no haces eso: tú sólo flirteas) con tíos con novia, ya sea en la vida real o en la virtual. Vamos, que lo tuyo es una suerte de “donde pongo el ojo, pongo la novia”. Siempre. Y además te encanta. Aunque, por supuesto, lo negarás hasta la muerte ante cualquier jurado que te lo pregunte. Faltaría más.

El problema al que te enfrentas tiene muchas variantes. Tantas como zorras.

Porque resulta que también es posible que lo que te pase sea que ese chico que no te atraía, pero estaba colado por ti, ahora esté colado por otra persona y a ti siga sin atraerte en realidad pero... desde que hay otra mujer en su vida, sientes más ganas de interaccionar con él públicamente, en sus redes sociales, de manera bien visible. Muy especialmente cuando sabes que está con ella. Vamos, una cosa parecida a lo que hacen los perros cuando van marcando el territorio creyendo que es propio, aunque en realidad no lo sea.

O que te pase que eres como el perro del hortelano: que das esperanzas reales (sí, REALES, hablemos claro; aunque para ti no sean nada más que un juego) a la otra persona sólo cuando esa persona muestra interés en una mujer que no eres tú. Interés de verdad. Entonces vienen por tu parte los reclamos: “Ay es que ya no me escribes”, “ay es que ya no me llamas”, “ay, es que esa chica te aparta de tus amigos” (con amigos como tú, zorra, quién necesita enemigos), “ay-es-que-te-echo-de-menos”. Pero, en cuanto consigues que el interés del muchacho por la otra se esfume, vuelve a no gustarte. Y pobrecita tú. Pobrecita tú. Que no te aclaras. Y lo mal que lo pasas. Y no quieres hacerle daño, pero es que no sabes y claro... ¿Y si le dices que no quieres nada y actúas de manera CONSECUENTE a no querer nada y luego resulta que sí querías algo y ya no lo puedes recuperar? Pues tienes que mantener la situación. Porque, por encima de todo, debes velar por tu felicidad. Bonita.

Qué complicado todo... ¿verdad?

Todo esto te pasa. Y no sabes por qué. Y te lo preguntas y te lo respondes tú sola sin llegar a conclusión alguna porque... qué cosa más rara ¿verdad? Con lo mona que eres tú. Y lo maja. Y las cosas que te pasan. Pobrecica. Ay.

¿Sabes? Podrías ir a terapia y tratarte el problema. Podrías contárselo a tus amigas, a tus amigos, otra vez a tus amigas, preguntarlo en Twitter con el hashtag #esparaunaamiga para que nadie sospechara que es a ti a quien te pasa, gastar horas y horas de tu vida preguntándote por qué, cómo es posible, cómo puede ser que sólo sientas algo por ese chico (ese hombre, esta cuestión no entiende de edades) cuando te enteras de que está con otra persona... Pero, en serio, no te merece la pena. Ahórrate tiempo y dinero y asume que, si te pasa, te pasa sólo por una cosa.

Porque eres UNA ZORRA. Así, con mayúsculas. Por eso.

PS: El tuit que encabeza el post (y que ojalá fuera mío, pero no lo es) resume en pocas palabras un comportamiento que nunca entenderé y que se extiende entre un elevado porcentaje del género femenino. Es cierto que también hay hombres que enfocan su atención muy especialmente en mujeres que ya tienen pareja pero, en asuntos de este tipo, las mujeres nos llevamos la palma. Todas hemos dicho alguna vez eso de que nos fijamos en los tipos que tienen pareja porque a saber cómo serán quienes no la tienen, o porque, a partir de cierta edad, estar soltero es síntoma de alguna tara sin solución. Pero la verdad es otra y la resume muy bien la frase que me dijo una compañera de la Universidad: “La novia impone pero no impide”. Todas las creencias tienen su mantra. Y éste, es el de las zorras.


Y digo zorra, con todas las letras, sin pudor, porque lo digo bien. Zorra. Porque no, amiga, no. No te fijas en el novio de otra y te lanzas a por él porque tus opciones de emparejamiento con un soltero sean exiguas, ni porque todos los solteros que conoces vengan con taras como la ropa de un factory, ni porque los chicos con novia sean más guapos o den más sensación de no tener problemas con el compromiso. No, nada de eso. Te fijas en un hombre con pareja y te decides a lanzarte a por él porque, amiga, eres una zorra. Así de simple (y lo decimos poco). Luego no te asustes si la gente te trata como tal.  

enero 30, 2015

Corriente (del borrador de los Diarios de Habitante)



Hace frío y la corriente, antigua, no da tregua cuando se vuelve en tu cabello enredadera. 

Hay corriente. Y se hilvana en pensamientos y te muestra: puertas viejas sin cerrarse. Correderas.

Antiguas puertas y viento antiguo y corriente antigua en la puerta abierta. 

Corriente inversa. Y el estropicio bajando en torrente por la escalera. 

La vida a portazos de corriente vieja. 

Hace frío.
Hay corriente. 
Y descubres que, por más que grites, hay puertas que no se cierran si les anidan preguntas en los goznes.

Puertas abiertas son. La vida.

Corriente y vuelta y batir de hojas. Puertas que chocan. Puertas que estallan en viento antiguo y antiguo viento que nunca cesa. 

Puertas que se abren. 
Y no se cierran. 

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