Cuando salió del vientre de su madre, entre la pringue del líquido amniótico, la sangre primigenia y los lloros de palmadas en el trasero, la comadrona que la cogió para limpiarle la cara y peinarle un poco los cuatro pelos tiesos antes de ponérsela en los brazos a la madre por poco no la deja caer al suelo: en lugar de piernas, había creído verle a la mocosa una cola de sirena.
En el agua era feliz. Ya estando en la tripa a la madre le había parecido que esos movimientos que hacía su hija eran más una coreografía que las típicas patadas de los neonatos. La primera vez que la metió en la bañera, unos días después de abandonar con ella en brazos el hospital, la pequeña empezó a mover las piernas con gracia, como si quisiera echar a nadar.
Su pequeña nunca fue como esos bebés a quienes les da miedo la bañera y lloran, gritan, patalean cuando el agua les cae por encima. Ella disfrutaba. Si quería que se mantuviera entretenida sólo tenía que dejarla sentada frente a un bol lleno de agua: entonces, la pequeña metía sus manitas y trazaba arabescos y canciones y poemas de amor que sólo ella conocía.
El día de su bautizo a punto estuvo de meterse de cabeza en la pila bautismal, tan obsesionada estaba con el agua. Y cuando la apuntaron a natación, sorprendió a los monitores con un talento innato para moverse entre la corriente. Era una sirena, aunque no tuviera cola de escamas en lugar de piernas.
Amaba al agua por encima de todas las cosas. Y el agua, a ella. Verla nadar no era comparable a nada más. No despegaba los labios pero ella cantaba. Cautivaba con sus movimientos fluidos, ágiles, inmensos, bellos... más aún que las sirenas de Homero. A esas, los marineros querían evitarlas a toda costa. A ella venían a verla nadar desde todos los confines del mundo. Los aplausos más entregados fueron para ella. Cosechó éxitos en todo el mundo. Por atreverse a ser lo que había nacido para ser. Una sirena. Auténtica.
Pero a veces, incluso las mejores sirenas sienten un día la llamada de la tierra. Y, pese al dolor en el alma, en las manos, en las mismas piernas-cola de sirena... La Sirena, hoy, deja el agua para siempre.
Sus gestas, sin embargo, no se olvidarán nunca.
Adiós Gemma, Sirena.
Bienvenida Gemma, Mujer.
(A la gran nadadora Gemma Mengual, que hoy se retira. Gracias por tantos años de éxitos, de buen hacer, de trabajo, de emoción. Gracias por hacernos amar la piscina a sirenas de campo como yo que no sabemos dar dos brazadas. Gracias por regalarnos la capacidad de soñar y por hacernos sentir tan orgullosas de ser compatriotas tuyas. Gracias. Gracias. Gracias)
En el agua era feliz. Ya estando en la tripa a la madre le había parecido que esos movimientos que hacía su hija eran más una coreografía que las típicas patadas de los neonatos. La primera vez que la metió en la bañera, unos días después de abandonar con ella en brazos el hospital, la pequeña empezó a mover las piernas con gracia, como si quisiera echar a nadar.
Su pequeña nunca fue como esos bebés a quienes les da miedo la bañera y lloran, gritan, patalean cuando el agua les cae por encima. Ella disfrutaba. Si quería que se mantuviera entretenida sólo tenía que dejarla sentada frente a un bol lleno de agua: entonces, la pequeña metía sus manitas y trazaba arabescos y canciones y poemas de amor que sólo ella conocía.
El día de su bautizo a punto estuvo de meterse de cabeza en la pila bautismal, tan obsesionada estaba con el agua. Y cuando la apuntaron a natación, sorprendió a los monitores con un talento innato para moverse entre la corriente. Era una sirena, aunque no tuviera cola de escamas en lugar de piernas.
Amaba al agua por encima de todas las cosas. Y el agua, a ella. Verla nadar no era comparable a nada más. No despegaba los labios pero ella cantaba. Cautivaba con sus movimientos fluidos, ágiles, inmensos, bellos... más aún que las sirenas de Homero. A esas, los marineros querían evitarlas a toda costa. A ella venían a verla nadar desde todos los confines del mundo. Los aplausos más entregados fueron para ella. Cosechó éxitos en todo el mundo. Por atreverse a ser lo que había nacido para ser. Una sirena. Auténtica.
Pero a veces, incluso las mejores sirenas sienten un día la llamada de la tierra. Y, pese al dolor en el alma, en las manos, en las mismas piernas-cola de sirena... La Sirena, hoy, deja el agua para siempre.
Sus gestas, sin embargo, no se olvidarán nunca.
Adiós Gemma, Sirena.
Bienvenida Gemma, Mujer.
(A la gran nadadora Gemma Mengual, que hoy se retira. Gracias por tantos años de éxitos, de buen hacer, de trabajo, de emoción. Gracias por hacernos amar la piscina a sirenas de campo como yo que no sabemos dar dos brazadas. Gracias por regalarnos la capacidad de soñar y por hacernos sentir tan orgullosas de ser compatriotas tuyas. Gracias. Gracias. Gracias)






