mayo 20, 2013

De inuits sentimentales


La palabra inglesa “jabberwocky” designa, en toda su extensión, sonoridad e impronunciabilidad, el lenguaje sin sentido o compuesto por palabras que o bien son inventadas, o bien no significan nada. En su obra Alicia a través del espejo (1872), Lewis Carrol incluyó un disparatado poema carente de sentido y compuesto en su mayoría por palabras inventadas llamado Jabberwocky. Algunas de ellas se acabaron incorporando al inglés y del poema nace la denominación. Desde entonces, a toda palabra carente de sentido o significado (no es exactamente lo mismo) se la mete en el saco del “jabberwocky language”.

En 2011, el popular diario cómico online El Mundo Today publicaba una noticia falsa (que podría haber sido sin embargo muy cierta) en la que aseguraba que el prestigioso “Oxford English Dictionary” desterraría de la lengua inglesa el término “nevertheless”. ¿Su pecado para semejante castigo? No significar nada, según El Mundo Today, claro. Decía la noticia que ni siquiera los filólogos más reputados saben exactamente cuál es su significado. “Sabemos qué significan ‘never’, ‘the’ y ‘less’ pero la suma de todos ellos es probablemente un error que se ha perpetuado por el atractivo que tienen las palabras largas entre las personas con estudios”, aclaraba para El Mundo Today en su momento un ficticio portavoz de la editorial Oxford University Press.

Aunque en este caso no sea cierto, sí que existen en cada idioma una serie de palabras que no significan nada, porque han perdido su significado con el tiempo o porque sólo significan algo acompañando a otras palabras (como es el caso de artículos y preposiciones, por ejemplo). Las batallas lingüísticas que se deben dar con el nacimiento de una palabra me encantan. Me imagino un escenario (durante la creación de “nevertheless”, por ejemplo), más o menos así:

- ¡Eureka! Tengo una palabra nueva.
- ¿Si? ¿Cuál, cuál?
- Nevertheless.
- ¿Qué significa? 
- No lo sé, pero ¿a que suena culta? 

Bromas aparte, la evolución de la cultura y las sociedades ha traído un sinfín de nuevos significados y usos para las palabras que no reconocerían si los escucharan ciudadanos de nuestra misma tierra que hayan vivido siglos atrás, igual que a nosotros nos sorprenden algunos significados y usos arcaicos de según qué términos. Sin embargo, hay un proceso de pérdida de significado que me llama poderosamente la atención en nuestro tiempo y tiene que ver con las palabras relacionadas con el amor, las relaciones de pareja y sucedáneos.

Por lo que he podido averiguar, hay tres palabras que, actualmente, carecen casi por completo de significado y que son “amigo (o amiga)”, “maravilloso (a)” y “te quiero”. La primera de ellas apenas tiene ya significado por exceso: a cualquier tipo de relación se la considera ya de amistad y esto de las interacciones personales se ha convertido en un batiburrillo sin sentido. Y es que... ¿cómo va a ser amigo una persona a la que apenas conoces de vista, una persona a la que solo conoces a través de las redes sociales y de haberos comentado publicaciones mútuamente, una persona con la que compartes algunos días de café y cañas, una persona a la que conoces de redes sociales y no has visto en persona pero con la que compartes mails, afinidades, preocupaciones, una persona con la que puedes contar siempre y una persona con la que te acuestas? Y esto solo contando algunas de las casi infinitas posibilidades de acepción que tiene la palabra amigo actualmente. Los inuit tienen 30 formas de decir blanco y alrededor de 40 de nombrar a la nieve. Nosotros, inuit sentimentales donde los haya, deberíamos tener al menos el doble de términos diferentes para definir los diferentes grados de amistad.

Maravilloso (a) se ha convertido, bajo mi punto de vista, en una palabra sin significado porque, en cuestión de relaciones de pareja, ha perdido absolutamente su significado original (según la RAE: extraordinario, excelente, admirable) para obtener otro que sin embargo es oficioso, no ha sido reconocido por organismo lingüístico alguno y sólo se utiliza en el contexto de las relaciones de pareja. Ese otro significado es algo así como “pésimo, asqueroso, deleznable”. ¿Sorprendidos? Pues eso es lo que siente una persona cada vez que otra la deja por ser “maravillosa”. Es la tomadura de pelo en forma de ruptura más grande que uno puede escuchar jamás.

Finalmente, el “te quiero” que tanto valor tenía hace años ha pasado a significar nada también por exceso. Por exceso de uso, quiero decir. A los dos días de conocer a alguien muchas personas ya le dicen “te quiero”. No se trata de esperar toda la vida para decírselo a la pareja mientras le sujetas la mano en su lecho de muerte pero hombre, un poquito de cordura y de comedimiento tampoco nos vendría mal. Pero además es que ahora el “te quiero” se lo soltamos a todo el mundo: amigos (con la de tipos que hemos visto que hay), familia, colegas en un momento de envalentonamiento etílico, parejas, posibles parejas... Vamos, que es como la palabra comodín. ¿No sé qué decir? Pues te suelto que te quiero. Ya veré luego cómo lo arreglo si me doy cuenta de que no es verdad.

Y vosotros ¿qué opináis? En cuestión de relaciones de pareja ¿han perdido nuestras palabras su significado? ¿Qué palabras se os han quedado a vosotros sin significado por abuso, por desuso o por mal uso? Nos leemos.

mayo 17, 2013

El profesor

Ésta es la historia de un dragón. 

De un dragón que vivió hace muchos, muchos años en una tierra muy verde, muy verde y muy lejana, muy lejana que se llama Escocia. Allí, entre hombres con faldas de cuadros, niebla por las mañanas y música de gaitas, vivía nuestro dragón. 

Era un dragón muy grande y de aspecto muy terrorífico: el más grande y de aspecto más terrorífico de toda la estirpe de dragones escoceses. Lo primero que llamaba la atención de él era su descomunal tamaño. Lo segundo, su color. El dragón de nuestra historia no era de un precioso color verde bosque como casi todos los dragones escoceses. No. Él era gris. Pero no un gris cualquiera: gris oscuro en las noches y gris plateado cuando el sol se reflejaba en sus escamas. Era... del mismo gris de la piedra de los muros de los castillos. Era verdaderamente hermoso, aunque ser gris en una tierra tan verde le ponía un poco difícil eso de camuflarse cuando se acercaba a los humanos, para que no se asustaran con su presencia. 

Descontando la rareza de su color, nuestro dragón era un dragón común: con sus enormes ojos violetas de dragón, sus imponentes alas de dragón, su larguísima y ágil cola de dragón y sus poderosas garras de dragón. Un dragón de los de toda la vida, de esos que, en lugar de decirte "hola" escupen fuego por la boca. Suerte que nuestro dragón fuera pacífico.

Sin embargo, a nuestro dragón le pasaba una cosa: estaba enamorado. Y no de una dragona, no. La cosa era mucho más complicada. Estaba enamorado de una princesa. Cómo la conoció no tiene nada de extraordinario. Puesto que el dragón de nuestra historia no podía acercarse a los bosques a observar a los humanos para aprender cosas de ellos (los dragones son criaturas inteligentísimas y les gusta aprender de todo el mundo, incluso de los humanos) porque debido a su extraño color siempre lo descubrían, lo que hacía era volar al atardecer hasta alguna fortaleza y camuflarse abrazado a uno de sus torreones para observar cómo era la vida en palacio. Una de esas noches en que se encaramaba a un torreón como si se tratara de un camaleón gigante... la descubrió. 

Se llamaba Loreen. Era preciosa. Y estaba tan triste... Asomada a la ventana de la torre, unos metros por encima de donde se escondía nuestro dragón, la princesa Loreen lloraba sujetando un libro cerrado entre las manos. ¡Estaba tan triste! El dragón, intrigado por la pena de la princesa, se acercó un poco más en un intento de descubrir la causa. Sin embargo, ella sólo abría y cerraba el libro, lo miraba, suspiraba... y lloraba. De tanto visitar en secreto a la princesa tratando de descubrir el motivo de su pena, nuestro dragón se acabó enamorando de ella. Así que una noche se armó de valor... y le preguntó la razón de su inconsolable tristeza. 

La princesa se asustó mucho. Primero porque no sabía quién le hablaba con aquella voz de ultratumba (los dragones tienen voces graves y profundas, como la que tendría la tierra si hablara desde sus mismísimas entrañas o como suena nuestra voz cuando hablamos en el interior de las cuevas). Segundo porque nunca había visto tan de cerca un dragón. 

Cuando se le pasó el miedo y se convenció de que la fantástica criatura no estaba allí para comérsela, le respondió. Adoraba los libros. Pero... no sabía leer. El dragón la miró perplejo. ¿Cómo podía ser eso posible? Él, que era un dragón, podía leer doce lenguas humanas diferentes. ¿Cómo ella, siendo princesa, no sabía leer ni siquiera la suya? "Nadie me ha enseñado" razonó la muchacha. El dragón se sorprendió. Qué cosas tan raras hacían los humanos: enseñaban a las princesas a disparar con el arco pero no a leer una triste canción. La princesa miró muy triste hacia el horizonte y volvió a sumirse en un espeso silencio. También enmudeció el dragón. Hasta que, de repente, una idea se iluminó en su cabeza: si la princesa estaba triste porque no sabía leer y él sí sabía... ¡le enseñaría! Y quizá así, además de hacerla feliz, pudiera ganarse su amor. 

Empezó con las lecciones esa misma noche. La princesa se puso muy contenta: ¡Por fin podría comprender las historias de los libros que no tenían dibujos! Cada día, al atardecer, nuestro dragón se encaramaba a la torre de la princesa y, con mucha paciencia, le enseñaba a leer. Luego, cuando se cansaba, leía para ella un pasaje de alguno de sus libros. Y así fue como, finalmente, el dragón conquistó a la princesa: leyéndole cada noche, a través de la ventana, una historia de amor.

mayo 13, 2013

Por horas

En los barrios del placer japoneses que proliferaron durante el periodo Edo, las parejas de amantes se citaban en los populares “salones de té” para tener relaciones sexuales fuera de la vista de ojos indiscretos. Tras la Segunda Guerra Mundial estos establecimientos (en los que también se ejercía la prostitución) pasaron a ser propiamente salones para los encuentros eróticos (tanto para amantes como para profesionales del sexo) y se volvieron secretos con la abolición de la prostitución en 1958. Los “salones de té” son los precursores de los actuales “Love Hotels” japoneses, locales en los que las habitaciones se pueden alquilar por horas y que están pensados expresamente para el sexo.

A la hora de mantener relaciones sexuales, principalmente esporádicas pero también con tu pareja, la primera cuestión a tener en cuenta es dónde hacerlo. Si es con tu pareja y vivís juntos no hay problema, claro: siempre encontrarás sitio disponible. Si es con tu pareja y no vivís juntos pero tenéis coche, cabe la posibilidad de convertirlo en vuestro nidito del placer en lugar de esperar a que la casa de uno de los dos se quede medianamente vacía de familiares o compañeros de piso varios. Sin embargo, si el calentón te entra con alguien a quien acabas de conocer, lo del dónde lo hacemos no siempre es tarea fácil. Que sí, que todos sabemos que existen los baños públicos, los parques poco o nada transitados a altas horas de la madrugada o la posibilidad de llevártelo a casa. Sí. Pero, en todos los casos, la opción más cómoda es un hotel. El problema está en que no es la más barata y además nos encontramos con el pequeño detalle de tener que alquilar una habitación para todo un día cuando igual sólo la necesitamos para una hora o dos.

Un love hotel al más puro estilo japonés (pero con mejor gusto, también os lo digo) no me hubiera venido nada mal cuando conocí a Jon hace tres semanas. Él estaba de paso en Madrid y yo había viajado por trabajo. Nos conocimos un jueves por la noche y él se iba el viernes. A media mañana me escribió. Necesitaba verme. Yo ya había notado la noche anterior que saltaban chispas con sólo mirarnos, así que cuando me propuso quedar para conocernos “un poco mejor” cinco horas antes de que saliera su vuelo no me lo pensé dos veces. Nada más vernos nos besamos y ya no pudimos quitarnos las manos de encima. Necesitábamos un lugar donde poder dar rienda suelta a nuestra pasión, así que pensamos alquilar durante un rato una habitación cerca del aeropuerto. Pensamos que, al estar acostumbrados a recibir a gente que está de paso, los hoteles de la zona serían flexibles con las reservas.

Pues no. Entre todos los que miramos no conseguimos que ninguno nos hiciera una reserva por unas horas, ni tampoco pagar el día completo para sólo quedarnos de tres a seis. Al final terminamos tarde y mal en un baño de la T4, con más vergüenza que deseo y rezando para que nadie aporreara la puerta y tuviéramos que salir apresuradamente o peor: enfrentarnos a una sanción por escándalo público. Mientras le veía marcharse (debió ser el único vuelo que salió en hora desde Barajas esa tarde), me pregunté si en España no existiría ningún lugar como los love hotels japoneses en el que dos personas (o más, yo ahí no entro) pudieran disfrutarse discretamente durante unas horas y sin necesidad de peregrinar de hotel en hotel para acabar en un baño, en un portal o en el asiento trasero de un coche.

Después de un rato buscando, encontré la web de Perla Negra, un establecimiento de Barcelona que se dedica precisamente al alquiler de habitaciones por unas horas para parejas (y también para profesionales del sexo). Perla Negra BCN pertenece a La Vie en Rose Group y es el primero en España en conseguir la ISO 9001, es decir, en alcanzar la máxima cota de calidad en este tipo de negocio en nuestro país. Echando un vistazo a sus instalaciones y a su filosofía de negocio, lo cierto es que no me extrañó. En nuestro paseo en busca de una habitación en la que poder disfrutarnos antes de que Jon se fuera, tuvimos que aguantar todo tipo de miraditas por parte de algunos de los recepcionistas de los hoteles que visitamos e incluso de algunos clientes que esperaban para hacer el check-in.

Sin embargo, en un local como el de Perla Negra las salas de espera son privadas, el personal está especialmente formado para dar atención personalizada a los clientes (y para no juzgar el motivo que les ha llevado hasta sus habitaciones) y las habitaciones tienen todas las comodidades de las de un hotel habitual, con la ventaja de que si sólo las necesitas un tiempo determinado, no tienes que pagar por todo el día. Francamente cuanto más leía, más me atraía la idea. Incluso aunque tengas piso propio y vivas solo/a, a veces no te apetece meter en tu casa y abrirle las puertas de tu intimidad a una persona a la que probablemente no vas a ver nunca más. Traer a alguien a tu espacio íntimo es muy personal, eso por no hablar de que más te vale tener la casa recogida por si ligas el sábado por la noche, no vaya a ser que del susto del desorden te quedes sin jugar. En un “hotel del amor” a la española (y el buen gusto que se ve en la web en las habitaciones del Perla Negra no tiene nada que ver con el extraño sentido japonés de la decoración) todo eso te lo ahorras, así como que un desconocido/a sepa dónde vives. Por si las moscas.

En nuestro café de los lunes, mientras les contaba a mis amigas la historia con Jon y que había descubierto que en España también hay hoteles a los que puedes ir por horas para darte una alegría para el cuerpo con tu pareja, una de ellas arrugó la nariz. “Todo eso está muy bien pero... ¿no te da cosa saber que alguien más ha estado echando un polvo en esa cama?” me dijo, toda escrupulosa. La verdad es que me hizo gracia porque, en un hotel al uso, eso ni te lo planteas y es más que seguro que el 90% de las camas de hoteles en las que hemos dormido alguna vez han visto de todo sexualmente hablando antes de acogernos entre sus sábanas. Le sonreí. “Hombre, lo piensas, pero a ver, en la web pone que las habitaciones se someten a un proceso de higienización tras cada uso y además toda la ropa de cama, el neceser... es nuevo y limpio. Como en todos los hoteles, vamos. Y anda que no es más higiénico que acostarte en la cama de alguien sin saber cuándo ha sido la última vez que cambió las sábanas”. Mis amigas se echaron a reír y yo pensé que, verdaderamente, cuando vamos a casa de otra persona no sabemos si ha estado limpiando antes o no ni quién ha dormido (ejem) antes que nosotras en esa cama. Que se lo pregunten a mi amiga Diana, que se encontró un pendiente debajo de la almohada del chico con el que ligó el sábado pasado. Seguro que eso en el Perla Negra no pasa.

Y vosotros... ¿qué opináis? ¿Os parecen útiles los hoteles por horas? ¿Preferís llevaros a vuestros amantes esporádicos a casa (o ir a la suya) u os plantearíais alquilar una habitación en el Perla Negra o similares? ¿Es preferible contorsionarse en el coche por ahorrarse unos eurillos o tomar una copa menos y disfrutar en una cama? Si vivís con familia o compañeros de piso ¿os plantearíais utilizar de vez en cuando un hotel por horas para tener un poco más de intimidad con vuestra pareja y no tener que hacer turnos para no molestaros con vuestros compañeros de piso?

mayo 12, 2013

De los Diarios de Habitante (borrador)



Salir.

Relampaguea.

Truena como si en vez de nubes chocaran moles de piedra.

Llueve con furia.

Romper así, entonces, en mitad de la calle.
Sin paraguas.
Sin chaqueta.
Los bolsillos llenos de tenedores.

Abrir los brazos en cruz con uno en cada mano.
Tenedores al cielo crucificados.
Cerrar los ojos.

Y oírla gritar a ella.
A tu madre.
En otro tiempo.
El de cuando eras pequeña.
"Que no se pueden tocar tenedores cuando la tormenta. Que atraen los rayos. Que te revientan".

Y cruzar los dedos.
Llover los ojos más que el cielo.
Rezar para atraerlos y que, de una vez, uno te parta.
Por todo el centro.

Esperar.
Desesperar.
Empaparte.

Que cese la lluvia y no haya manera.
Y derrumbarse.
Cuerpo, alma, tenedores al suelo.
 
Y darse cuenta de que el desamor era esto: Querer que un rayo te parta y no tener ni siquiera ese consuelo.

mayo 09, 2013

Purasangre



Me gustaba mirar el contraste que hacía en tu cuerpo mi piel rojiza.

Te dabas la vuelta exhausto después de amarme, después de que mis piernas firmes te rodearan las caderas en cabalgada infernal, te aprisionaran y te atrajeran hacia mí, sin descanso. Se te escapaba mi carne roja de las grandes manos nervudas, mis rojos muslos sudorosos se te escabullían en el galope hacia el orgasmo sin que pudieras hacer nada para retenerlos. Siempre he tenido al amarte la fuerza de un caballo bravo.

Te dabas la vuelta, te tendías sobre el abdomen, enarcabas la cabeza entre los brazos y me pedías que te acariciara la espalda hasta que te hubieras dormido. Yo, que no sé acariciar, que no me educaron para ser tierna sino para ser fuerte, como las mujeres de los Antepasados, al principio no sabía qué querías pedirme. Así que empecé a escribir sobre tu espalda las leyendas que aprendí en la lengua de mi pueblo.

Apoyaba las yemas de los dedos en tus hombros blancos y trazaba los caminos que recorrieron los míos por tierras vírgenes jamás exploradas en los tiempos en que éramos los únicos guardianes del fuego. Bajaba las yemas rojas de mis dedos por tu blanca espalda y miraba los surcos que se iban borrando al poco de yo pasar, igual que se borraban las pisadas de mi pueblo en la espesura de la selva.

Después invocaba al dios-pájaro. Abría las manos sobre la mitad de tu espalda completamente, muñeca contra muñeca, simulando sus preciosas alas desplegadas. Hacía un río caudaloso en el centro acariciando tu quebrada con mi lengua caliente, para que el espíritu del dios-pájaro bendijera siempre con agua abundante las tierras de tu espalda. Me sentaba desnuda sobre tus glúteos, firmes, y dejaba que sintieras cómo crecía de nuevo el calor dentro de mí, cómo se expandía desde mi centro hacia afuera y salía, para fundirse con tu piel y hacerte estremecer hasta los huesos.

“Pégate a mí”, me pedías entonces. Y yo, que no he podido nunca desobedecer tus órdenes, acomodaba mi cuerpo rojo a la postura del tuyo, tratando de hallar el mayor contacto posible. Y descansaba la oreja en la parte izquierda de tu espalda, bajo el hombro. Tratando de escuchar las pisadas de los antepasados dentro de ti igual que se escucha en el suelo el rumor de los cascos del caballo.

Cuando no podía aguantar más, me frotaba contigo. Con todo el cuerpo. Frotaba mi nariz contra tu cuello y aspiraba tu aroma de sudor y de tierra y de placer. Frotaba tus costados con las palmas de mis manos abiertas, mi sexo contra tus glúteos, hasta que la erección brotaba y crecía y no podías seguir más dándome la espalda sin que te doliera. Entonces te dabas la vuelta, me clavabas esa mirada hambrienta que tanto me hacía desearte y me obligabas a cabalgarte de nuevo y sin descanso. Como un purasangre.

Siempre me pregunté qué hubiera pasado si, un día, en un instante, en mitad de uno de nuestros galopes asfixiantes... hubiera reventado como uno de tus caballos. Siempre me he preguntado si hubieras sido capaz de darme, a mí también, el tiro de gracia ahora que ya no podía seguir montando.

Me pregunto si haberte marchado sin siquiera despedirte de mi carne roja no será un sí. No será el tiro de gracia que estaba temiendo... Y esperando.

mayo 08, 2013

LMC: Gemma en el onírico mundo de Laliblue




Detrás de una delicada muñeca amante de las flores, los animales y la música que bien podría pasar por un recortable de los años setenta y que ha tenido tantas profesiones como imaginación su creadora se esconde sin ocultarse Gemma Arnal Jericó, la mujer que ha insuflado vida a Laliblue como si de la demiurga de la antigüedad se tratara. Hoy, Tusitala se viste de arte, magia y mermelada de tomate para acercarse al onírico y preciosista mundo de Gemma y Laliblue. ¿Os apetece descubrir quién es quién?

¿Cuándo y por qué nace Lápiz y Maniquí?
Nació en el 2008 con el objetivo de dar a conocer todo aquello que me gusta y también algunos de mis trabajos.

¿Por qué elegiste Laliblue como nombre para tu protagonista?
Hay un grupo de música llamado Lali Puna que me encanta, cuando nació mi pequeña firma los escuchaba mucho, también pensé en crear un personaje y lo llamé ”Lali Blue”.

El Mediterráneo... ¿inspira a la hora de concebir tus creaciones? (mmhhhh) Me gusta vivir en el Mediterráneo, tenemos playa, montaña, buen clima, pero no me inspira eso… Soy más de climas fríos y quedarme muchas horas en casa a la hora de trabajar.

¿Qué fue primero: el dibujo o los complementos?
Ambas cosas por igual, pero la idea inicial era hacer sólo bisutería de aire retro/romántica sin ilustración.

¿Dibujabas de pequeña? ¿Eras de las que sacaba sobresalientes en Plástica?
Bueno….de pequeña creo que no me importaba mucho lo de los dieces... El único sobresaliente que recuerdo con mucho cariño es el de mi proyecto final de carrera. Pero sí, siempre me gustó el lápiz y el papel.

Tus muñecas personalizables recuerdan a los recortables que tanto se llevaron en los ochenta. ¿Te gustaban? ¿Tuviste alguno?
¡Claro! Tuve varios, era un juego muy accesible para todos los bolsillos y también muy entretenido, me encantaba. También tuve diferentes plantillas con relieve en las que hacías estampados con carboncillo y diseñaba yo misma los vestiditos.

Tus ilustraciones y creaciones en general son delicadas, como sacadas de un cuento. ¿Cuál es el secreto para lograr esa estética?
Pues me gustan mucho los ilustradores de los años 60 y 70, yo creo que mi secreto es ponerles ternura y algo de fantasía.

De todo el proceso creativo ¿cuál es la parte que más te gusta?
Ver el trabajo terminado y que haya salido bien. Esa última parte es la más gratificante.

Y de todas las piezas que haces (collares, tocados, muñecas, libretas...) ¿qué es lo que más te gusta diseñar?
Disfruto con todo, no sabría contestar.

¿Hay mucho de Gemma en Laliblue? Y ¿ha cogido Gemma algo de su personaje estrella?
Eso es una buena pregunta. Laliblue es una parte de mí, pero sólo una parte…. A parte de nostálgica también tengo un yo más oscuro. Creo que Gemma tiene un 50% de LaliBlue. 


Fotografía: Alba Soler. Tocados: Laliblue.



El Biopic

Gemma Arnal Jericó nació a finales de los setenta dentro de una familia modesta de padre valenciano y madre aragonesa en Castellón de la Plana. Cuenta Gemma que aprendió a coser de su madre, que "es de profesión modista" y reconoce que "he aprendido bastante de ella. Además, es muy creativa".

Persona cuidadosa y detallista, todavía conserva algunos juguetes de su niñez, sobre todo "en el pueblo donde he pasado tantos veranos de mi infancia. Mi muñeca preferida fue un regalo de mis padres unas Navidades" cuenta. "Se parecía a la Nancy pero era muy pecosa y de pelo cobrizo, dormí con ella varios años. Pero también pasaba largas horas jugando con los clicks de Playmobil o con las famosas barriguitas".

No lo hacía sola, sino con sus hermanos. Gemma cuenta que "tenía dos: Juanjo y Guillermo. Perdimos a Juanjo en un accidente hace nueve años. Guillermo y yo nos llevamos 15 meses, te contaré como anécdota que me estuvo ayudando con Laliblue una temporada, ¡es un manitas!" dice sin poder evitar que se le note el orgullo de hermana.

Creativa, Gemma cree en la magia incluso cuando más parece brillar por su ausencia. Por eso confiesa que de pequeña creía que los juguetes tenían vida propia (cuántos niños y niñas hemos soñado con que sucediera en nuestra habitación lo mismo que en Toy Story) y de hecho "aún me gusta pensarlo", sonríe. "Me gusta pensar que todo tiene una vida, aunque sea de forma más real, creo que todo tiene un pasado o una historia que contar... Por eso me gustan tanto los objetos perdidos y recuperados de décadas atrás, me entusiasma imaginar de donde vienen, quiénes han sido sus dueños..."

Quizá de ese gusto por encontrar lo perdido le viene el de perderse de vez en cuando, aunque con mapa, y es que podríamos buscarla "o muy lejos o muy cerca, depende de las ganas de ser encontrada. Hay un lugar que me gusta mucho a unos pocos kilómetros de donde vivo, es como un terreno lleno de chopos muy altos, me gusta ese sitio. Su sonido, su olor... es tranquilo y solitario". Cuenta además que, ahora que vive entre Valencia y Castellón, le gustaría visitar muy pronto Oporto o Lisboa y que quizá para su viaje y si fuera en tren aprovecharía para leer porque "la verdad es que no leo todo lo que me gustaría, siempre pongo la excusa del tiempo" y se llevaría "varios libros de estilos diferentes, también dependiendo de si es un viaje largo o corto, por ejemplo Nadie es más de aquí que tú (Miranda July) de relatos cortos u otro estilo diferente como La noche del Oráculo (Paul Auster)".

Prefiere ver sus creaciones en los demás a llevarlas ella misma, de ahí que no se quede con un ejemplar de cada una ya que "tampoco suelo llevar muchos complementos o bisutería". Se le suben los colores cuando habla del desorden que reina ahora mismo en el espacio que usa para trabajar y es que su taller "parece un tetris" asegura. "En estos momentos no sé cómo podemos trabajar ahí dentro. Cristina (mi compañera de trabajo) no sé cómo puede aguantar mi desorden... es un cielo". 

Si no hubiera dado a luz a Laliblue, Gemma hubiera sido "diseñadora gráfica, violinista o dueña de una bonita cafetería donde hacer talleres, proyectar películas, algún concierto, mercadillos...". Reconoce que estudiar Artes y Oficios no fue su primera opción sino que "en realidad fué estudiar bachillerato, pero al final convencí a mis padres y pude empezar en la Escuela de Artes y Oficios muy temprano", para suerte de todos nosotros.

La imaginación, al menos la suya, se alimenta "principalmente de magia, ternura y fantasía". Y ella, que se define como "muy muy comedora" y amante de la comida en general se alimenta en especial de mezclas entre salado con dulce. "Y me encanta la repostería" apostilla. 

En pedir un deseo es menos original, dice. Y es que Gemma, en el fondo, sólo desea "ser feliz". En su camino y con su arte, además, consigue llevar hasta nosotros trocitos ilustrados de felicidad. 

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