
Hace unos días, la Universidad de Sevilla saltaba a los medios de comunicación después de aprobar una Ley en la que se reconocía tácitamente el derecho de los alumnos a copiar en los exámenes. La mencionada Ley, que sin embargo ha sido finalmente modificada tras las quejas de varios colectivos y la polvareda levantada, establecía que el alumno pillado in fraganti con una chuleta podría sin embargo acabar normalmente su examen.
En mi época de estudiante, nunca fui de las aficionadas a las chuletas, por más que alguna vez llevase alguna "para asegurar" o apuntase algún que otro concepto en la mesa. De hecho, creo que usé más los "esquemas orientativos" como los llamábamos nosotros en el instituto que en la Facultad, más que nada porque una vez llegué a la Universidad lo que estudiaba me gustaba y no necesitaba hacerme chuletas: prefería aprendérmelo.
A lo que sí he sido siempre aficionada, en clase, fuera de ella y hasta en el trabajo, es a otro tipo de "esquemas". Me refiero a las notitas. A esos papeletes en los que apuntabas corriendo y ocultándolo del profesor cualquier cosa que tuvieras que decirle a alguien del banco de delante y que no podía esperar al recreo o al espacio entre clase y clase. Las primeras notas nos las empezamos a pasar en el colegio y aquellas eran inocentes, del tipo "la maestra es tonta" o "me aburro en matemáticas".
En el instituto vino lo mejor. En aquella época mis amigas de entonces y yo empezamos a enamorarnos, así que de hablar de los profesores las notitas que nos intercambiábamos en clase pasaron a hablar de lo bueno que estaba José Luis, lo tonto que era Alfonso y las miraditas que se echaban Lorena y Gonzalo. En más de una ocasión acabé en el pasillo por andar haciendo en clase de casamentera y recuerdo además que a mis profesores se los llevaban los demonios porque yo no era una empollona al uso: Vamos, que sacaba buenas notas y metía bulla a partes iguales.
Luego, en la Facultad, seguimos con la costumbre aunque ya la perdimos un poco, porque llegaron los móviles y las notas escritas pasaron a un segundo plano: Enviarse mensajes en mitad de la clase era mucho mejor. Sin embargo, tanto a mi amiga Pilar como a mí nos quedó la nostalgia de aquella época en la que la máxima expresión del amor era encontrar una nota manuscrita dentro de la cartera con un escueto "me gustas", del puño y letra del admirador secreto de turno.
Quizá sea por esa época o porque las dos somos más o menos igual de peliculeras. La cuestión es que Pilar y yo somos de las que nos morimos de la envidia cuando vemos en una película que la chica o el chico se atreven a pedirle una cita a la otra persona dejándole su número de teléfono en una servilleta, un chicle o una cajetilla de tabaco. Siempre que sacamos el tema, Pilar me cuenta que a ella le encantaría llegar un día a su coche y encontrar en el parabrisas una nota de alguien que le guste invitándola a unas cañas, a dar un paseo, a lo que sea.
Hace unas semanas, mi amiga comenzó a profundizar casi sin darse cuenta en la relación con un compañero de trabajo. La cuestión es que el chico no le gusta pero sí le cae bien y tienen un inocente juego entre ambos: Se han apostado adivinar cuáles son sus respectivos coches sin darse pistas al respecto. Pilar, que es muy lista, lo encontró primero. Y cuando lo hizo, sintió el irracional impulso de arrancar una hoja de su libreta y dejarle una nota en el parabrisas para que supiera que lo había encontrado... Y con un vale para unas cañas.
La tenía escrita y todo y estuvo a punto de dejarla. Luego, en el último momento, recordó que tiene novio, que el chico no le gusta para nada más que una amistad y que una nota con invitación a tomar algo incluida puede malinterpretarse y meterla a una en un lío no deseado. Hablando por el facebook, me contaba que no sabe qué le pasa. Por qué busca en otras personas la emoción que ya no tiene con su pareja. Yo, que tampoco sé lo que me pasa a mí ni tengo muchas ganas de analizarlo, le respondí que quizá ella necesita a alguien a su lado capaz de valorar esos pequeños detalles y de tenerlos también con ella.
Y es que Pilar ha intentado por activa y por pasiva jugar a eso de las notitas con su novio, con resultados casi siempre desastrosos. Yo tampoco tengo demasiada suerte con Iván en ese sentido. Y eso que he tratado de poner en marcha con el jueguecitos de esos que te recomiendan en la Cosmopolitan y que consisten en ir dejando post-it con mensajitos picantes por la casa y cosas así... Nada. Que si quieres arroz, Catalina. La última vez que lo intenté, dibujé primorosamente un talonario de mimos y se lo regalé... y todavía estoy esperando a que lo saque del cajón en que lo metió y lo use.
Quizá sea que con las nuevas tecnologías, eso de hacer notitas en papel se ha quedado demasiado obsoleto, tanto en clase como fuera de ella. Otra forma de dejarse notitas, sobre todo si uno vive en Alicante y la otra en Cuenca, es dejarse mensajes instantáneos en el messenger. Montse y Jorge lo hacen continuamente y, aunque parezca algo cursi o infantil, lo cierto es que esas notas virtuales les ayudan bastante a mantener viva la ilusión, la complicidad y esa sensación de intimidad entre ambos que sería difícil de conseguir de otro modo, teniendo en cuenta la distancia física.
Sea como fuere, la cuestión es que muchas veces he echado de menos lanzarme a la piscina y dejar una nota en un parabrisas, como dice Pilar, o escribirle a alguien mi número de teléfono en una servilleta y esperar a ver qué pasa. En la gasolinera a la que voy a repostar siempre hay un chico que me gusta. Se aprendió mi nombre de leerme en el periódico y siempre que me ve, me dice piropos, se acuerda de la última conversación que tuvimos, me presta atención. Siempre he querido decirle que me apetecería tomar un café con él o quedar fuera de la gasolinera, pero no me atrevía... Hasta el sábado. Cuando fui a pagar —él estaba tan simpático como siempre— le escribí mi número de teléfono en el recibo de la tarjeta de crédito. LLevo tres días esperando a que mi móvil suene y no lo ha hecho. Pero la emoción que sentí al hacerlo y esa sensación de haberme atrevido ya no me las quita nadie.
Pilar me contaba esta mañana en un mail que, aunque no le ha dejado la nota en el parabrisas del coche, sí que lo ha hecho de forma virtual. Y yo, que sigo esperando que mi móvil suene de un momento a otro, he pensado para mis adentros que ole por las mujeres valientes. Como decía aquel anuncio de Coca-Cola... ¡Un aplauso por la que no esperó a que el chico la llamara. Cogió el teléfono... y llamó ella!.
En la vida, como en las películas, a veces uno encuentra una nota cuando menos se lo espera. Hace un par de viernes, Iván pegó en la nevera una notita en la que ponía "mañana vamos a Valencia a por tu regalo de Reyes. ¡Ponte guapa!". De todas las ideas al respecto que me había hecho, la única que no contemple es que el regalo estuviera vivo. Pero sí, lo está. Y Casiopea es, sin duda, la mejor sorpresa que me podían anunciar con una nota. En la vida, en el amor y en los estudios... uno nunca debe perder la esperanza de encontrar una nota en la nevera, en el parabrisas o en la mochila.
En mi época de estudiante, nunca fui de las aficionadas a las chuletas, por más que alguna vez llevase alguna "para asegurar" o apuntase algún que otro concepto en la mesa. De hecho, creo que usé más los "esquemas orientativos" como los llamábamos nosotros en el instituto que en la Facultad, más que nada porque una vez llegué a la Universidad lo que estudiaba me gustaba y no necesitaba hacerme chuletas: prefería aprendérmelo.
A lo que sí he sido siempre aficionada, en clase, fuera de ella y hasta en el trabajo, es a otro tipo de "esquemas". Me refiero a las notitas. A esos papeletes en los que apuntabas corriendo y ocultándolo del profesor cualquier cosa que tuvieras que decirle a alguien del banco de delante y que no podía esperar al recreo o al espacio entre clase y clase. Las primeras notas nos las empezamos a pasar en el colegio y aquellas eran inocentes, del tipo "la maestra es tonta" o "me aburro en matemáticas".
En el instituto vino lo mejor. En aquella época mis amigas de entonces y yo empezamos a enamorarnos, así que de hablar de los profesores las notitas que nos intercambiábamos en clase pasaron a hablar de lo bueno que estaba José Luis, lo tonto que era Alfonso y las miraditas que se echaban Lorena y Gonzalo. En más de una ocasión acabé en el pasillo por andar haciendo en clase de casamentera y recuerdo además que a mis profesores se los llevaban los demonios porque yo no era una empollona al uso: Vamos, que sacaba buenas notas y metía bulla a partes iguales.
Luego, en la Facultad, seguimos con la costumbre aunque ya la perdimos un poco, porque llegaron los móviles y las notas escritas pasaron a un segundo plano: Enviarse mensajes en mitad de la clase era mucho mejor. Sin embargo, tanto a mi amiga Pilar como a mí nos quedó la nostalgia de aquella época en la que la máxima expresión del amor era encontrar una nota manuscrita dentro de la cartera con un escueto "me gustas", del puño y letra del admirador secreto de turno.
Quizá sea por esa época o porque las dos somos más o menos igual de peliculeras. La cuestión es que Pilar y yo somos de las que nos morimos de la envidia cuando vemos en una película que la chica o el chico se atreven a pedirle una cita a la otra persona dejándole su número de teléfono en una servilleta, un chicle o una cajetilla de tabaco. Siempre que sacamos el tema, Pilar me cuenta que a ella le encantaría llegar un día a su coche y encontrar en el parabrisas una nota de alguien que le guste invitándola a unas cañas, a dar un paseo, a lo que sea.
Hace unas semanas, mi amiga comenzó a profundizar casi sin darse cuenta en la relación con un compañero de trabajo. La cuestión es que el chico no le gusta pero sí le cae bien y tienen un inocente juego entre ambos: Se han apostado adivinar cuáles son sus respectivos coches sin darse pistas al respecto. Pilar, que es muy lista, lo encontró primero. Y cuando lo hizo, sintió el irracional impulso de arrancar una hoja de su libreta y dejarle una nota en el parabrisas para que supiera que lo había encontrado... Y con un vale para unas cañas.
La tenía escrita y todo y estuvo a punto de dejarla. Luego, en el último momento, recordó que tiene novio, que el chico no le gusta para nada más que una amistad y que una nota con invitación a tomar algo incluida puede malinterpretarse y meterla a una en un lío no deseado. Hablando por el facebook, me contaba que no sabe qué le pasa. Por qué busca en otras personas la emoción que ya no tiene con su pareja. Yo, que tampoco sé lo que me pasa a mí ni tengo muchas ganas de analizarlo, le respondí que quizá ella necesita a alguien a su lado capaz de valorar esos pequeños detalles y de tenerlos también con ella.
Y es que Pilar ha intentado por activa y por pasiva jugar a eso de las notitas con su novio, con resultados casi siempre desastrosos. Yo tampoco tengo demasiada suerte con Iván en ese sentido. Y eso que he tratado de poner en marcha con el jueguecitos de esos que te recomiendan en la Cosmopolitan y que consisten en ir dejando post-it con mensajitos picantes por la casa y cosas así... Nada. Que si quieres arroz, Catalina. La última vez que lo intenté, dibujé primorosamente un talonario de mimos y se lo regalé... y todavía estoy esperando a que lo saque del cajón en que lo metió y lo use.
Quizá sea que con las nuevas tecnologías, eso de hacer notitas en papel se ha quedado demasiado obsoleto, tanto en clase como fuera de ella. Otra forma de dejarse notitas, sobre todo si uno vive en Alicante y la otra en Cuenca, es dejarse mensajes instantáneos en el messenger. Montse y Jorge lo hacen continuamente y, aunque parezca algo cursi o infantil, lo cierto es que esas notas virtuales les ayudan bastante a mantener viva la ilusión, la complicidad y esa sensación de intimidad entre ambos que sería difícil de conseguir de otro modo, teniendo en cuenta la distancia física.
Sea como fuere, la cuestión es que muchas veces he echado de menos lanzarme a la piscina y dejar una nota en un parabrisas, como dice Pilar, o escribirle a alguien mi número de teléfono en una servilleta y esperar a ver qué pasa. En la gasolinera a la que voy a repostar siempre hay un chico que me gusta. Se aprendió mi nombre de leerme en el periódico y siempre que me ve, me dice piropos, se acuerda de la última conversación que tuvimos, me presta atención. Siempre he querido decirle que me apetecería tomar un café con él o quedar fuera de la gasolinera, pero no me atrevía... Hasta el sábado. Cuando fui a pagar —él estaba tan simpático como siempre— le escribí mi número de teléfono en el recibo de la tarjeta de crédito. LLevo tres días esperando a que mi móvil suene y no lo ha hecho. Pero la emoción que sentí al hacerlo y esa sensación de haberme atrevido ya no me las quita nadie.
Pilar me contaba esta mañana en un mail que, aunque no le ha dejado la nota en el parabrisas del coche, sí que lo ha hecho de forma virtual. Y yo, que sigo esperando que mi móvil suene de un momento a otro, he pensado para mis adentros que ole por las mujeres valientes. Como decía aquel anuncio de Coca-Cola... ¡Un aplauso por la que no esperó a que el chico la llamara. Cogió el teléfono... y llamó ella!.
En la vida, como en las películas, a veces uno encuentra una nota cuando menos se lo espera. Hace un par de viernes, Iván pegó en la nevera una notita en la que ponía "mañana vamos a Valencia a por tu regalo de Reyes. ¡Ponte guapa!". De todas las ideas al respecto que me había hecho, la única que no contemple es que el regalo estuviera vivo. Pero sí, lo está. Y Casiopea es, sin duda, la mejor sorpresa que me podían anunciar con una nota. En la vida, en el amor y en los estudios... uno nunca debe perder la esperanza de encontrar una nota en la nevera, en el parabrisas o en la mochila.








