
La abuela Felisa tenía una gallina que todas las mañanas se comía un tomate. Era una gallina vieja casi como ella, con las plumas cenizosas y pochas de tantos años como tendría, a veces uno miraba a la abuela y luego a la gallina y juraría que les podía sacar parecido. La abuela Felisa tenía una huerta muy frondosa en la aldea, tanto que a veces uno tenía que adivinarla entre las plantas de tomates y las varas plagadas de judías verdes, largas y hermosas. Allí donde se cimbreaban las plantas estaba Felisa agachada quitando lombrices o regando poco a poco, con una vieja lata de tomate muy limpia y relucia, los surcos que había cavado seguida de su gallina. En las tardes, a la caída del sol, Felisa se sentaba en una silla baja tejida de esparto a la puerta de su casa, con la gallina en el regazo, y le acariciaba las plumas hasta que anochecía.
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Los cabellos de Felisa eran negros como carbón y sus ojos brillaban como el agua clara de un riachuelo cuando encontró a la gallina. Estaba recogiendo tomates en su delantal para que su hermano pudiera llevarlos al mercado en la tarde, cuando descubrió medio escondida entre unas matas de calabaza en flor a una gallina blanca como la leche que estaba picoteando un oloroso tomate. Trató de ahuyentarla con un brazo - ¿Cómo habría conseguido la gallina arrancar un tomate y llevarlo hasta allí para comérselo? – pero sólo consiguió que se le cayeran al suelo todos los frutos maduros que llevaba en el delantal y que la gallina le picoteara alguno.
-Madre, hay una gallina en el huerto- Había dicho Felisa al regresar a la casa.
La mujer se había enfadado mucho al enterarse de que había un bicho suelto por su huerta destrozándole los tomates. Seguro que se le había escapado a la vieja Cirila, porque siempre se dejaba abierta la alambrera del corral y sus gallinas merodeaban por el pueblo hasta que su nieto era capaz de recogerlas. Ella misma se encargaría de coger a la gallina al día siguiente y de retorcerle el pescuezo si volvía a comerse uno de los tomates. Pero la gallina era lista, Felisa lo recordaba y se reía ahora que tenía los cabellos más blancos que las plumas de su gallina y el rostro de aceituna lleno de arrugas.
La gallina se escondía bien entre las matas de la huerta y a su madre le gustaba poco agachar el lomo. A la segunda vuelta que dio por el huerto sin encontrar nada había desistido. Se marchó a la casa, pero le había dejado el encargo a ella. Arrancaba judías de las varas con el sol de la tarde, cuando escuchó un picoteo sordo a su espalda. Se había agachado, arrastrándose despacio por los senderos que sus pies habían trazado en el huerto y la había encontrado otra vez debajo de las plantas de flores amarillas de las calabazas, picoteando un hermoso tomate entreverado. Sabía que tenía que llevársela a su madre, pero al principio le había dado miedo cogerla. Y luego, cuando se lo perdió, no quiso matarla.
La gallina vagabundeaba por el huerto detrás de ella, picoteando el reguero de agua que dejaba en el suelo. A Felisa le hacía mucha gracia aquella manía que tenía de esconderse entre las matas cuando se volvía para mirarla. Le gustaba sentir sus pasitos de gallina en el camino y su murmullo que no llegaba a ser cloqueo cuando llegaba. Había tomado la costumbre de dejarle todas las tardes un tomate debajo de las flores de las calabazas, porque le pareció que quizás la gallina tuviera hambre por la noche. A la mañana, cuando volvía, el tomate estaba picoteado casi hasta la piel y la gallina campaba a sus anchas cazando lombrices en los charcos.
Felisa recordaba bien la primera mañana que no encontró ni rastro del tomate. Le había extrañado porque su gallina nunca se comía la piel, pero aquella mañana no había nada y el animal picaba el tallo de un tomate intentando separarlo de la mata. Felisa pensó que se lo habría llevado algún gato, aunque no había encontrado rastro ni ramas rotas por toda la huerta. De lo que sí estaba segura era de que la gallina estaba enfadada con ella, porque aquél día se había escondido entre las flores de calabaza y ni siquiera cuando le mostró un tomate blando de tan maduro, que eran los que más le gustaban, había salido de su escondrijo. La muchacha le había dejado un tomate también aquella noche, un poco más escondido para que si venían los gatos no se lo llevaran, pero a la mañana siguiente no había ni rastro del tomate y la gallina se estaba comiendo tranquilamente el que ella misma había arrancado de la mata. Felisa se había asustado. No le gustaba la idea de tener algún bicho merodeando por su huerta porque podía morderle. O atacar a su gallina. Sin embargo no podía decirle nada a su madre o se enteraría de que la gallina seguía danzando por el huerto y comiéndose sus tomates, lo que la enfurecería mucho.
Por eso se había levantado aquella madrugada en la hora fría que precede al alba, se había arrebujado en su chal encarnado y, con un palo en la mano, flanqueada por el canto hermoso de los grillos y las chicharras, se había encaminado a la huerta junto al río para ver quien se comía los tomates de su gallina. A la luz de las estrellas, Felisa vio moverse las cañas de las judías, junto a las plantas de calabaza. El corazón se le aceleró. ¡Así que allí estaba! Felisa se encolerizó. Ahora se iba a enterar el bichejo que se zampaba los tomates de su gallina y había conseguido que el animal se enfadara con ella. Se acercó sigilosa hasta el lugar donde se movían las cañas, las retiró... y se econtró con los enormes ojos negros de un joven que la miraba asustado, con la boca llena de tomate. A su lado, con todas las plumas alborotadas, la gallina pugnaba sin éxito por quitarle el fruto. Era un desertor. Eso le había dicho cuando Felisa, sin saber qué hacer, había bajado el palo. Estaba de paso, le prometió. Sólo de paso. No quería causarle problemas. Se había refugiado en su huerta porque era la que tenía las plantas más grandes, le había explicado. Y se comía los tomates de la gallina con la esperanza de que así ella no le descubriría, porque no echaría nada en falta. Esa noche, Felisa había dejado dos tomates bajo las calabazas y, cuando en la mañana regresó, había un puñado de lirios frescos, plagados de rocío, junto a los restos del tomate de la gallina.
Felisa se había levantado una madrugada y le había dado al desertor un beso que le supo a tomate. Luego se había marchado, dejando a la gallina al cuidado del muchacho. Por eso él no se había ido con el amanecer como hacía cada día y la había esperado para ser él quien la besara de nuevo, con un ramo de lirios en la mano. Desde el otro lado del riachuelo, la vieja Cirila había divisado a su gallina blanca. Y, medio escondidos entre las varas de pimientos, a los dos jóvenes tomados de las manos. En la aldea se había armado un gran escándalo. La chismosa de Cirila había tardado muy poco en contarle a todo el mundo lo que había visto y los hombres se habían apresurado a llegarse hasta el huerto para capturar al traidor: allí no querían desertores. Sin embargo, por más que habían buscado dejando malparadas todas las plantas del huerto, sólo habían encontrado a una gallina blanca que les picoteaba los pies por destrozar sus tomates. Felisa había sido enviada entonces a servir con su tía a la ciudad, cuando le desaparecieron los morados de los pescozones que le había dado su madre. Y Cirila se había llevado la gallina, que no dejaba de picarle las manos.
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Las arrugas habían dibujado ya senderos en el rostro de Felisa para cuando regresó a la aldea. Su madre había muerto, la casa estaba abandonada y lo que había sido una huerta había desaparecido, comido por la maleza y las flores silvestres. La mujer se había sentado al borde del río, en el lugar donde solía llenar sus latas de agua para regar los surcos. Se había sacado un hermoso tomate enverado del bolsillo y, depositándolo en el suelo, contempló la puesta de sol. Los pasitos comenzaron con un rumor al fondo de la maleza, un sonido que se fue haciendo cada vez más cercano hasta convertirse en un picoteo. Felisa sonrió: allí estaba su gallina, picoteando como siempre un tomate. Y sabía que un hombre no era lo mismo que una gallina a la que había domesticado con un tomate. Y que nunca le había dicho que volvería. Pero iba a esperarle. Le esperaría. Y, mientras tanto, volvería a ganarse el cariño de su gallina regalándole cada mañana un tomate.
La abuela Felisa tiene una gallina que todas las mañanas se come un tomate. Coda tarde la pone en su regazo y le acaricia las plumas hasta que anochece. Luego la suelta en la huerta y, antes de dormir, deja dos tomates bajo las flores de la calabaza.
Ilustración: Mi gallina. Fernando Correa (Venezuela)