mayo 31, 2011

No a la Ley Mordaza. Por la libertad de expresión en los blogs

Asistimos estos días al despertar de una aberración. La llamada "Ley de Igualdad de Trato" que prepara la ministra Leire Pajín, más conocida en las redes sociales como la nueva Ley Mordaza española

Parece que este Gobierno no sabe hacer otra cosa que prohibir. Pero lo peor de todo es que, si llega a aprobarse, las posibilidades de que el siguiente Gobierno, sea del signo que sea, la derogue, son mínimas. Nulas. Porque a todos les interesa controlarnos y callar nuestra voz

Pues no.Conmigo no, al menos. 

Así que, tras leer y releer lo que supondrá la Ley Mordaza contra los bloggers y lo que es nuestro medio de expresión PRIVADO (aunque se publique para todo aquel que quiera leerlo), creo que todos los que apreciamos en algo nuestro rincón de libertad debemos unirnos y luchar contra esta LEY DE LA VERGÜENZA. 

Desde aquí os animo a pensar ideas sobre cómo hacerlo. Yo ya estoy también en ello. Todos aquellos a quienes se os ocurra algo al respecto, tenéis aquí un espacio para exponerlo, sólo tenéis que dejarme la idea en un mail a casiopeayeltiempo@hotmail.es (por supuesto, se publicará diciendo de quién es, faltaría más) y yo las iré colgando. 

La primera que propongo: diseñar un logo, a modo de botón, contra la Ley Mordaza y en apoyo de nuestra libertad de expresión, para que puedan usarlo cuantos más blogs mejor. Quizá podríamos crear a partir de ahí un blog en el que ir colgando todas las noticias, ideas, movilizaciones y demás al respecto, al que se acceda a través del botón. 

Es lo que se me ocurre a bote pronto. Si ya existe algo de esto (no he tenido tiempo de ponerme a buscar) informaré aquí para que todos estéis al corriente. 

Sin pincháis aquí y aquí podréis leer dos noticias que ilustran muy bien el escenario posible que dejará en la red española la Ley Mordaza.

Como dicen en mi tierra... ¡A por ellos! Que son pocos y cobardes. 

mayo 30, 2011

El amor es un circo


La imagen corresponde a uno de los números más celebrados de Corteo
En el año 1984, los artistas callejeros Guy Laliberté y Daniel Gauthier revolucionaron el mundo del espectáculo circense dando a luz al espectáculo de circo más grande jamás creado: el Circo del Sol. Aprovechando el fin de semana libre, el sábado me escapé a Madrid para ver el nuevo montaje de la formación canadiense: Corteo, que narra qué sucede cuando muere un payaso.

Podría haber comprado la entrada por internet, pero mi tarjeta de crédito tenía el límite más que rebasado, así que me vi obligada a hacerlo en taquilla. Delante de mí, tres parejas se hacían arrumacos mientras esperaban su turno. Una de ellas, dos chicas, había acudido caracterizada para la ocasión con los colores azul y amarillo que identifican el espectáculo y vistosos maquillajes de fantasía que les cubrían el rostro. Al verlas, no pude evitar pensar que el amor es bastante parecido al circo.

En la fase de enamoramiento nos convierta en auténticos payasos que regalan flores, hacen trucos para impresionar al amado o tratan de ser graciosos a toda costa por aquello de que una de las virtudes que más se valoran en el otro sea que sepa hacernos reír. El amor, como el circo, es espectáculo. Y, a menudo, incluye espectadores, aunque estos no hayan tenido que pagar entrada. Las cenas de presentación a la familia o a los amigos y esa obsesión que tenemos las mujeres por ser presentadas a los colegas de nuestra pareja es la versión amorosa de una carpa repleta de gente… ¡Pasen y vean!

Sin embargo, más allá de la parafernalia, el amor se parece al circo porque, igual que hay categorías en cuanto a espectáculos circenses, también podemos encontrarlas en las relaciones de pareja. Desde el grupo errante de personas que se paseaba en los sesenta de pueblo en pueblo con una cabra hasta los circos llenos de tigres, leones, payasos y pobres números de equilibrio, pasando por aquellos que ofrecen realmente alta calidad y buenas condiciones de vida a sus artistas para llegar, finalmente, al padre de todos los circos. El Circo del Sol, claro.

De igual modo, las personas sufrimos (o disfrutamos, según) relaciones erráticas que no van a ninguna parte o que no se detienen en un punto común, relaciones “de mala calidad” con otras personas que apenas dedican tiempo al amor, como esos circos en los que las jaulas de los animales están llenas de moscas y el elefante tiene la triste expresión de un condenado a muerte, relaciones realmente buenas, como los espectáculos circenses más selectos y La Relación. La perfecta en su imperfección. La que todo el mundo busca. A la que todo el mundo aspira. Como cualquier artista aspira a pertenecer, alguna vez en su vida, al Circo del Sol.  

Soy impaciente por naturaleza, así que en lugar de acudir a la enorme carpa blanca sin información, para que todo fuera sorpresa, repasé antes el trailer y las imágenes de la web oficial unas cuantas veces. Me llamó poderosamente la atención que, pese a representar un entierro, el vestuario de la función estuviera compuesto de ricas telas y colores vivos. Al parecer, la muerte de un payaso no es como la de cualquiera. Es un momento alegre en el que hasta ángeles vestidos de colores imposibles se suman al cortejo fúnebre.

Mientras los acróbatas comenzaban a desfilar por el pasillo central saludando al público, me pregunté: si el arte de un payaso se convierte a su muerte en energía y color… ¿en qué se convierte el amor cuando muere? La mayor parte de las veces, en odio. Otras tantas en dolor. En algunos casos se vuelve indiferencia. En mi caso con Iván, el amor se ha transformado en una relación extraña en la que podemos pasar dos horas sentados juntos en la terraza de la Mozart, tomando un helado casero, hablando de nada en particular y aguantándonos las ganas de besarnos. Desde luego, si celebrar un entierro vestido de colores es extraño, celebrar un desamor en una heladería con el hombre que te partió el corazón (aunque su intención no fuera esa) no lo es menos.

El espectáculo me encantó. No sé si es porque llevaba esperando ver al Circo del Sol desde que era una niña, si fue por la absoluta magia que envolvió el ambiente, si qué. Pero salí de la carpa completamente cautivada, con las imágenes pintando mi retina. Sobre todo, me percaté de que el circo, como una relación de pareja, necesita altas dosis de compenetración y, sobre todo, de confianza. Si esto no fuera así, la pareja de acróbatas que bailaba suspendida en el aire y sujeta sólo a tiras de seda no podría hacer jamás su espléndido número, como tampoco las jóvenes que danzaban sobre lámparas de araña sin más asidero que las manos de sus compañeras.

Sin confianza no hay espectáculo. Sin confianza… no hay amor. De camino al metro, me pregunté cuánto tardaré en volver a confiar de verdad en la otra persona. Y peor. Cuánto tardará la otra persona, cuando la haya, en confiar en serio en mí. El martes, después de separarme de Iván en la heladería, mis pasos se encaminaron al Bosque de las Hadas. Allí me esperaba David. Me encanta ese local. David lo sabe. De hecho, me confesó que me propuso quedar allí porque sabía que era una “apuesta segura”. Como el Circo del Sol. Me gustó su planteamiento. Lo pasamos bien. Charlamos, nos reímos, nos conocimos un poco mejor. Y, de regreso a casa, me dio por pensar que quizá confiar no sea tan complicado, si saber ir sobre seguro. A mí, me gusta la seguridad cuando apuesto. Por el circo… o por el amor.

Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
 

mayo 27, 2011

La noticia


Nunca olvidaría la mañana en que el señor de bata blanca le reveló, por fin, el gran secreto.

-         Diego, tienes que estar contento. ¡Creemos que eres un Superhéroe!

Así que por eso tantas visitas al hospital, al especialista. Y todos esos dolores de cabeza por las mañanas y por las noches.

No se lo podía creer. Superhéroe… ¡él! Buah, iban a alucinar sus amigos cuando se lo contara. Ellos que no hacían más que reírse porque siempre hablaba de cómics, de X-Men, de los poderes de Cíclope. Y ahora resulta que… ¡era uno de ellos! O casi. Ahora tenían que averiguarlo. En el fondo, pensó, él siempre lo había sabido.

Tras él, su padre aguantaba estoicamente y a su madre se le derretían los ojos y el rimel a partes iguales de tanto llorar.

-         ¿Estáis contentos, verdad? ¡Voy a ser uno de ellos!
-         Claro que sí cariño – murmuró apenas su padre, abrazando a la mujer que no podía dejar de llorar – Claro que sí.

La preparación tenía que comenzar cuanto antes, explicó muy serio el señor de la bata blanca. Era lo mejor. No había tiempo que perder, recalcó. Se arrodilló junto a Diego para quedar a su altura.

-         No voy a engañarte, Diego. Aunque tengas sólo seis años eres un chico muy listo y sé que puedes comprender lo que te digo. ¿Es así?

Diego asintió.

-         Bien. Vas a tener que ser muy valiente. Mucho. Para saber si perteneces a los superhéroes tendrás que superar muchas pruebas. Y pasar aquí mucho, mucho tiempo. No será fácil. Nada fácil. Pero estaré a tu lado en todo momento. Qué me dices. ¿Podrás hacerlo

Diego asintió con los ojos llenos de fe.

Ya no regresó a casa. El tratamiento comenzó esa semana. Pruebas, análisis, radiografías, sueros y más sueros. Lo metieron en una especie de lavadora circular con luces en la que no podía moverse y a ratos, le decían que no debía respirar. Perdió el apetito. Luego, poco a poco, las fuerzas para caminar. En unas semanas no se podía mover si no era en silla de ruedas. Se le cayó incluso el pelo.

Pero la sonrisa no la perdía. Nunca. Era necesario, se repetía. Para saber si era un superhéroe. Todas las noches, antes de que los medicamentos le hicieran efecto, le repetía a su madre que, si al final, cuando se descubriera que era superhéroe, podía elegir su poder… quería ser como el Hombre Invisible. La mujer le acariciaba la frente, miraba en silencio el gotero, la cabeza pelada del pequeño… y lloraba.

-         Sólo falta una prueba – anunció esa mañana el médico.

A Diego se le iluminó el rostro demacrado. A su padre, sin embargo, no había ya noticia que lograra devolverle la sonrisa. “Sólo hay una posibilidad. Operar. Y ni siquiera así puedo asegurarte nada” le dijo el doctor media hora antes. Esas eran las únicas palabras que resonaban en su cabeza.

-         Será mañana. Y para ésta, Diego, tendrás que ser mucho más fuerte que para las demás. Será muy larga. Tendremos que dormirte. Para comprobar muchas cosas. Puede que tengas miedo. Si es así… podemos dejarlo ahora.

¿Dejarlo ahora? ¿Ahora que estaba tan cerca, a sólo una prueba? ¡Ni hablar! Diego miró al señor de la bata blanca con una enorme sonrisa.

-         Yo no le tengo miedo a nada. Soy un superhéroe.

Todo terminó a las 15:45 del viernes. El doctor salió. Simplemente meneó la cabeza. Y mientras se abrazaban sin consuelo… la madre de Diego sólo acertó a pensar que al fin su pequeño sí había podido elegir los superpoderes que quería. Se había vuelto invisible.

mayo 23, 2011

Elecciones


Me duele la cabeza. Todavía con la resaca post-electoral haciendo de las suyas (aunque en la revista no importen demasiado los resultados informativamente hablando y en Cataluña sólo se hayan celebrado comicios municipales) esta mañana me acerqué a la redacción para preparar un par de temas para el número de agosto que necesitan de amplia documentación por mi parte. Si hay algo que una teme en una mañana en la que la cabeza te zumba como si tuvieras resaca (sólo que, en mi caso, se trata de un catarro primaveral que arrastro desde el sábado) es una pila de libros por revisar encima del escritorio y la promesa de que, en la Biblioteca de Gràcia y en alguna que otra más.

Mientras sacaba un café de la máquina, más muerta que viva y con una afonía lacerante acompañada de una desagradable quemazón en la garganta, escuché la risueña voz de Meme saludando a todo el mundo con prisa: en media hora tenía una sesión de fotos con la guapísima Irina Shayk y no encontraba el teleobjetivo. Pasó a mi lado como un huracán de faldas rojas de seda y tintineo de pendientes de cuentas y aún le dio tiempo a preguntarme qué tal el fin de semana. La energía que derrocha esta mujer siempre me sorprende.

Apenas me da tiempo a responderle que bien. Se acerca un poco, sonríe y me dice: “Este fin de semana he quedado con Antonio otra vez”. Su sonrisa provoca que quieras saber más aunque ese sencillo gesto lo revele todo. Meme no es de las que se callan, así que me suelta abiertamente antes de cerrar la bolsa de la cámara y largarse: “Había quedado con Marcos (el rompeabstinencias para los amigos) para ir al cine pero Antonio me llamó con entradas para Vetusta Morla y dije… ¡qué demonios! Eso me apetece más”. Me guiñó un ojo. Viéndola salir toda radiante hacia una cita con una súper modelo a la que llegaba tarde, no pude evitar pensar que el juego del amor es como una campaña electoral.

Analizándolo fríamente, las personas nos convertimos en poco menos que políticos cuando ejercemos el noble arte del ligoteo. En realidad, todo se reduce a desplegar armas, estrategias y planes varios de cara a convencer al votante (la persona deseada y/o amada) en una carrera contra el crono en la que las promesas vacías están a la orden del día, los eslóganes juran amor eterno y los mítines son sustituidos por largas llamadas telefónicas en las que no se hace otra cosa que exponer el programa electoral amoroso: te llevaré aquí, allá, haremos esto o aquello… planes de futuro muy parecidos a los que un candidato electoral consigna en su programa para el ayuntamiento de turno.

Pensando en si llamar a Iván para ese helado que tenemos pendiente, me pregunté: si buena parte de la sociedad ya no confía en el sistema político y está harta de la campaña electoral… ¿por qué en el amor mantenemos el mismo sistema? ¿Surten realmente efecto los mítines amorosos? ¿Queda todavía alguien que se crea las promesas de la otra persona? Y sobre todo: si el presidente de turno incumple su programa, la oposición le machaca y pide que dimita pero ¿qué pasa si el candidato amoroso incumple el programa? ¿Ante quién reclamas? ¿Hay realmente una oposición dispuesta a echarle en cara lo que está haciendo… y preparada para conquistar el voto en las próximas elecciones a tu corazón? Lo único que he sacado en claro, antes de irme a por una aspirina, es que tengo que dejar de ver noticias sobre las elecciones.

Aunque deberíamos haber quedado la semana pasada, al final me escaqueé. Sí, me muero de ganas por quedar con Iván. Pero quizá me esté pasando como a esas personas que, a pesar de tener clara su ideología, en un momento dado votan a la contraria por ver qué pasa si hay un cambio. Así que, en lugar de quedar con él, dediqué la tarde del jueves a conocer, escuchar e interiorizar el programa electoral más seductor de David, un chico bastante guapo al que conocí en la redacción porque lleva la informática de todo el edificio. No me convenció, pero me pareció realista. Y eso, en un programa electoral, es un gran halago. Así que, quedamos para seguir explicándonos promesas electorales mañana.

Las de Iván, si es que las hace, aún no estoy preparada para escucharlas. Por eso no quiero llamarle para quedar. Pero, si la montaña no va a Mahoma… Acabo de leer un correo para quedar mañana. Dos horas antes que con David. Y creo que lo haré. Al fin y al cabo, uno necesita escuchar varios programas, comparar y ver cuál es el que más se ajusta a sus necesidades antes de votarlo. Y, si te equivocas de decisión… siempre puedes reclamar luego elecciones anticipadas.

Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
 

mayo 16, 2011

Fobias

La hipopotomonstrosesquipedaliofobia es un miedo irracional (o fobia) a la pronunciación de palabras largas y complicadas. A mí no es que me den miedo las palabras largas, pero sí que hay palabras raras que me producen desazón. Esta mañana, leyendo El País online, me encuentro con un señor que ha inventado la palabra scandwich (Jon Chonko se llama el hombre) porque se dedica a escanear bocadillos. Para que luego digan que hay crisis. Si la hubiera, no nos encontraríamos con gente que, pese a ser seguramente brillante en su carrera (diseñador gráfico es la criatura) se dedica a escanear bocadillos como si no hubiera un mañana.

La hipopocomosellame no es una de mis fobias, pero he de reconocer que tengo algunas. A las arañas (aracnofobia... cuánto daño ha hecho Hollywood!!), a las mariposas (porque me parecen arañas... ¿será mariposafobia o aracnofobia extendida?), a perderme en una ciudad con el coche, a que la gente desaparezca de repente y, desde la semana pasada, tengo meetinginvanfobia o, lo que es lo mismo, miedo a encontrarme a Iván cuando menos me lo espero y sin una buena excusa preparada para no haberle dicho que ¡fíjate! ahora vivimos en la misma ciudad.

¿Sabéis esa sensación de querer salir corriendo, sin mirar hacia dónde y sin intención alguna de detenerte en ningún momento? Pues eso es precisamente lo que sentí cuando, al poco de ver a Zaida, me encontré con Iván en la Rambla de las Flores. Si la incomodidad se pudiera definir con un momento, mi definición sería justo ese momento en que se cruzaron nuestras miradas y yo me di cuenta de que no podía darme la vuelta y huir: Iván obviamente me había visto, me había reconocido a pesar de las gafas de sol, el sombrero de paja y el sayo largo de flores que llevaba, y venía hacia mí con una expresión mezcla de alegría, sorpresa y enfado. Sí, después de tanto tiempo, puedo reconocer sus expresiones bastante bien.

El primer punto de conflicto cuando llevas mucho tiempo sin ver a alguien que no sabes si es algo tuyo y que, encima, te ha ocultado (mea culpa, lo sé) que está en tu ciudad es... ¿cómo le saludas? Yo me quedé paralizada sin saber qué hacer más allá de soltar un tímido hola y esbozar media sonrisa histérica. Iván dudó, me consta. Y al final, me plantó los dos besos que peor me han sabido en mi vida. Sí, era lo correcto. Pero yo no quería eso. A mis fobias habituales, voy a tener que añadir fobia a que alguien de quien no quieres reconocerte que sigues enamorada te salude con dos tristes besos de amiga o peor, de conocida.

El segundo punto de conflicto es decidir qué hacer después. ¿Tomas un café con él como si nada hubiera pasado? ¿Te deshaces en excusas por no haberle llamado y te largas aduciendo que se te pegan las lentejas, aunque sepas que él sabe que no sabes cocinas? (Dios ¡que desasosiego!) Lo mejor sería armarse de valor y decirle que sí, que llevas casi dos meses en Barcelona, que trabajas ahora para la revista Metropolitan y que, si no le has llamado, es porque tenías telefonofobia: terror irracional a llamarle para quedar y que te pusiera una excusa tras otra para no hacerlo. En lugar de eso, recalamos en la terracita de La Isabela.

No le expliqué casi nada. Simplemente que sí, ahora vivía allí. Me preguntó no una, seis veces (que las conté y luego las repasé mentalmente en todo el camino de vuelta a casa, interpretando frases, entonaciones y detalles como la psicópata del amor que soy) por qué no le he llamado. No le respondí. No supe qué responderle. Y la verdad, que suele ayudar, en estos casos, no quería decírsela. De modo que opté por hacer mutis por el foro.

Y, cuando ya creía que había superado la prueba (y me veía a mí misma como a aquellos adolescentes de ojos vendados que estaban a punto de caer al precipicio en El Rescate del Talismán) y podía irme a casa tranquila... “¡Iván! ¡Qué coincidencia!”. Era Estela. Una de las mejores amigas de Iván. Personal Shopper, estilista y estupenda. Reconozco que si me di la vuelta fue más que nada por no quedar de borde (Estela siempre me ha caído bien, aunque hasta ese momento sólo la hubiera visto en fotos) pero de lo que tenía ganas era de salir corriendo porque, y aquí viene el punto de conflicto número tres... ¿cómo presentas a una persona que lleva semanas evitándote y que no sabes si es algo tuyo? Como amiga, claro. Pero, para mi desgracia, eso era lo último que yo quería escuchar de boca de Iván. De hecho, cruzaba los dedos para que ni siquiera me presentara. “Esta es Berta” dijo simplemente. Y por la cara de Estela, supe que habían hablado de mí largo y tendido... y no hacía mucho, además. Su par de besos fue de lo más efusivo. Al menos esos no me provocaron un ataque de pánico.

Por estúpido que parezca, estaba convencida de que el vestido me iba a salvar del último escollo de la tarde. Pero no, no fue así. Y es que, si el chico del que no quieres reconocerte que sigues enamorada te dice que te lleva a casa en moto y que puedes recogerte el vestido hacia un lado y así no habrá problema, por largo que sea... ¿qué haces? Yo no tuve más remedio que aceptar. En todo el camino a casa, me martirizó la idea de los dos besos de despedida y desarrollé una extraña fobia a ese momento. Estuve por no quitarme el casco sólo para que no me los diera. Ni siquiera le invité a subir a casa. Aún no. Y sé que le hubiera encantado, aunque sólo fuera para ver a los gatos. “¿Quedamos esta semana, algún día? Te invito a un helado en la Mozart, que te encantaban. ¿Vale?” Y antes de abrir la boca para decir no, aunque deseara con todas mis fuerzas decir sí... Me besó. En los labios. Un beso pequeñito. Inesperado.

Se me quitaron de golpe las fobias que había ido acumulando esa tarde... Y aparecieron otras que son aún peor... y de las que no sé si me voy a liberar alguna vez. Dice un anuncio de coches que, si te lo compras, ayudarás a superar tus fobias. Yo aún me pregunto si, besando a Iván... superaré el miedo que tengo.

Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.


mayo 14, 2011

El cortacésped

Carlos llegó a casa tan enfadado, que no quiso ni merendar. Tenía que escribir una estúpida redacción, le dijo a su madre.

- Pero a ti te gusta escribir redacciones.
- Ésta es sobre papá.
- Anda, tómate la leche. ¿Y qué tiene de malo escribir sobre tu padre?
- Que es sobre su trabajo. Jo mamá... otra vez leche. Yo quiero un bollicao.
- Un trabajo bien bonito. Y no refunfuñes tanto. Se te caerán los dientes si no te la bebes.
- Me da igual.
- Pues a mi no. ¿Tú sabes lo feo que estarías sin dientes?
- ¿Y tú que el trabajo de papá es un rollo?
- ¿Cómo un rollo?
- ¡Corta el césped! ¿Qué tiene de emocionante eso?

La madre de Carlos sonrió y le acarició la cabeza.

- ¡Ay este niño! Cortar el césped. ¿A quién se le ocurre decir que tu padre trabaja en eso?
- ¿Ah no? Y en qué trabaja entonces. Yo lo he visto. Corta el césped.
- Yo lo he visto, yo lo he visto. Tu padre es peluquero, Carlos. Todo el mundo lo sabe.
- ¿Peluquero? ¡Venga ya!
- Claro que sí. Pero no es un peluquero cualquiera. Es El Peluquero. El Peluquero de La Tierra.

Carlos abrió mucho los ojos. Miró a su madre, intrigado. Ella sonrió como si guardara un secreto mientras devolvía el cartón de leche a la nevera.

- ¡Va mamá! ¿Qué es eso? En mi libro de “Cono” no pone nada que la tierra tenga pelo.
- ¿No? Pues vaya un libro que tienes. ¿No será que no has mirado bien?. A ver, señorito listo. Todos esos hierbajos que le salen a La Tierra ¿qué crees que son? Es su cabellera. Tu padre se la recorta, se la peina, le arranca las canas y la deja bien guapa. A ver a quién conoces tú que tenga un trabajo más bonito para una redacción.

Carlos se quedó pensando un rato en silencio, pero no se le ocurrió ninguno. No se creía del todo lo que decía su madre, pero ¿y si era verdad? Cuando, a la mañana siguiente, la profesora de Lengua colgó su redacción en el corcho, Carlos se convenció del todo: el trabajo de su padre debía ser muy importante si servía para poner su redacción en el corcho. Así que, cuando la profesora les encargó para el día siguiente una redacción sobre qué querían ser de mayores, Carlos lo tuvo claro. ¿Él? Peluquero. Pero eso sí, de La Tierra, por supuesto.

PS. He aquí el primer intento de cuento infantil... ¿qué os parece?


mayo 12, 2011

Definición

Ausencia: (Del lat. absentĭa) 1. f. Acción y efecto de ausentarse o de estar ausente. 2. f. Tiempo en que alguien está ausente. 3. f. Falta o privación de algo. (RAE) 


Ausencia... 
  

Es ese precipicio que te impide tumbarte en el lado derecho de la cama. 

Esa quemazón que te disuade de sentarte en la parte siempre vacía del sofá. 

Es cocinar para dos y llenar sólo un plato. 

Comprar para dos y que se te acaben pudriendo los tomates. 

Es llenarte la boca de palabras y cerrarla para no decirlas porque no tienes a quién. 

Es mirar el teléfono y tener que atarte las manos a la espalda para no marcar número alguno, mucho menos el número maldito. 

Es echar de menos viajar en moto, aunque ya siempre te den miedo. 

Es tener miedo a tocar los mismos sitios que él tocó, a rozarte de la misma manera los labios, el dorso de los muslos, la cara interna de los brazos.

Es temor a sentir lo mismo con otro... y a no sentirlo. 

La ausencia es la libertad absoluta y todo el terror del mundo concentrado en un mismo nombre. 

La ausencia... no cabe, ni de lejos, en una caja de zapatos. 






mayo 11, 2011

Con la bola de cristal a cuestas

Paseando este lunes por la Rambla de las Flores me llamó la atención un chiringuito singular. Entre todos los puestos de sugerentes perfumes florales y variedades mil de bulbos, macetas, ramos y demás inventos para llevarte flores a casa, sobresalía una especie de carpa de raso morado plagado de estrellas de papel dorado y con un enigmático cartel a la entrada. El mensaje al viandante, escrito en artísticas letras arabescas, rezaba: “Zaida, proveedora de Fortuna”.

Aún me pregunto por qué entré. Si fue porque el nombre de Zaida me recordó a la princesa mora de la que hablan las leyendas de Cuenca y eso me puso nostálgica, porque rememoré las noches de leernos las cartas, el futuro y ver lo poco que nos gustaba que pasábamos antes Montse y yo, o si fue porque recordé lo mucho que me gustaba disfrazarme de adivinadora y leerle el futuro a mis padres y mis abuelas en un pisapapeles con forma de bola de cristal —yo lo que quería en realidad era ser como la Bruja Avería, aunque no lo dijera— no lo sé. Sólo sé que, de repente, me vi saludando a una mujer vestida de violeta, con tantísimo khol en los ojos que apenas se veía nada más que una gran mancha negra, mientras ella me exhortaba a decirle qué deseaba saber.

En realidad, nada, pensé. Pero acabé preguntándole por el amor. No es que la mujer me dijera nada que no supiera, pero sí es cierto que me hizo pensar. Mucho. En un momento de la conversación, la tal Zaida me aseguró que el galán por el que le preguntaba me echa de menos, vamos, que se muere de ganas de hablar conmigo. Protesté. Efusivamente. “No me llama nunca. Y ni siquiera nos hemos visto desde que estoy aquí. En su ciudad” espeté. Zaida, o como demonios se llamase en realidad, me miró extraño con sus ojos negrísimos y soltó: “Claro bonita. ¿Le has dicho tú que estás aquí? ¿Sabe él que podéis veros... porque estás aquí?”. Me dejó blanca.

Si fue una pregunta retórica o no, no lo sé. Sólo sé que la desconocida había dado en el clavo: no, Iván no sabe que estoy en su ciudad. No se lo he dicho. Y me he cuidado muy mucho de dejárselo ver en ningún sitio. Definitivamente, no lo sabe. Entonces ¿por qué ese afán en que me llame para quedar? ¿Por qué tengo siempre ese impulso de hacer cosas y ocultárselas a mis parejas o cuelgues de turno, con el secreto deseo de que en realidad se enteren y sufran, o reaccionen, o algo? No me pasa sólo con Iván, me ha pasado siempre. Y no sólo a mí.

Meme, mi compañera fotógrafa de la Metropolitan, hace lo mismo. La semana pasada quedó un par de veces con el chaval rompeabstinencias, cuando en realidad con quien quería quedar era con Antonio, un chico muy majo, actor de teatro para más señas, que tras hacerle la corte durante un par de semanas ahora ha pasado a una actitud algo más distante, sin que medien explicaciones que le den sentido a sus cambios de tratamiento. Meme me contaba el lunes por la mañana que fue con el rompeabstinencias a la cafetería en la que sabía que encontraría a Antonio para ver cómo reaccionaba... pero no se lo encontró ninguno de los días. Y ella se fue a casa con un par de buenos polvos para el cuerpo y el secreto deseo de que algún cliente, alguna camarera o incluso la mujer de la limpieza le contara “de manera fortuita” a Antonio que ella había estado allí con otro hombre.

¿Por qué nos empeñamos algunas mujeres en que los hombres adivinen las cosas que hacemos para que se pongan celosos o para lograr una reacción? ¿Por qué hacemos lo mismo con nuestros deseos, nuestros gustos y lo que nos apetece en cada momento? ¿Por qué pedimos, no, exigimos a los hombres que vayan con la bola de cristal a cuestas, cuando es mucho más sencillo decir lo que quieres? Aún me lo sigo preguntando. Y sobre todo, me pregunto cómo nos sentaría a nosotras que ellos nos hicieran lo mismo. Algunos lo hacen a veces, aunque sólo sea como escarmiento. Yo odiaba las veces en que Iván, para demostrarme lo frustrado que se sentía con mis adivinanzas, me devolvía la moneda a su manera. De haber tenido bola de cristal a mano, se la hubiera tirado a la cabeza. Gracias a Dios, esto no todas las mujeres hacen estas cosas: si no, ya se habría extinguido la Humanidad... por suerte aún quedan muchas mujeres inteligentes —que alguna se manifieste y nos dé clases a las demás, por favor!!— que no hacen estas idioteces...

Salí del tenderete con veinte euros menos y con el firme propósito de liberar a Iván de la bola de cristal. Al menos en lo que a mí respecta. Sin embargo, no me dio tiempo. Al final de la rambla, justo cuando armada de valor empecé a marcar su teléfono... Me lo encontré. Frente a frente. Y ninguno de los dos supo qué decir.

Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

mayo 03, 2011

Pequeño

Ilustración de Carmen Regatero
Saldrá. Está a punto de hacerlo. Sólo tiene que moverse ligeramente. La caja es tan estrecha que, enseguida, se abrirá la portezuela y estará fuera. 

Saldrá. Va a hacerlo. De fuera sólo le llegan sonidos que asustan. "Uno" escucha primero. Y algo como un crujir de dientes, como si estuviesen masticando algo grande y entero, patas y pelo incluidos.

Pero el saldrá. Tiene que hacerlo. Abrir la portezuela del reloj sin miedo, como hacen sus hermanos mayores cuando quieren darle un susto de muerte. "¡Pequeño!" lo insultan entonces y se ríen. Pequeño. A carcajadas. Pero él saldrá y tendrán que reconocer que es un valiente, que es un héroe. Su héroe. Y que le admiran porque nunca tiene miedo.

Saldrá. Aunque tiene un poco. Eso es cierto. Pero ellos no lo saben y él no va a decírselo. De fuera le siguen llegando sonidos sacados de las pesadillas. "Dos" y grrnfffsss flllssss ñac. "Tres" y grrraaaaum... hummm hummmm... "Cuatro"...

Tiene que salir. Se le acaba el tiempo. Literalmente. Si se desploma la pesa sobre su cabeza cuando la aguja llegue a las doce, se acabó el valiente, el cobarde, el pequeño. "Cinco". Le recorre un escalofrío.

¿De verdad quiere salir? No, no quiere. Tiene miedo. Mucho miedo. "Seis". Y luego un rodar de sillas, un caer de vasos, un abrir de puertas y cajones, un crujir de muebles y de muelles, un siseo de edredón roto. "Me falta uno pero me da igual". Portazo. Silencio...

 Ahora. Tiene que salir. Porque es sólo cosa de encontrar aguja e hilo ¿verdad? Y está llorando, maldita sea, claro que está llorando. Porque es pequeño y está solo y Él se ha comido a su familia. Pero es sólo cosa de aguja e hilo y él sabe dónde está el costurero y que hay que buscar piedras y abrir una tripa y que ellos salen y los cambian por piedras y luego se cose y colorín colorado.

Eso dice el cuento ¿verdad? Siempre lo dice. Y siempre es así. Entonces... ¿por qué tiene tanto miedo? ¿Por qué llega un viscoso reguero rojizo hasta la puerta de la caja del reloj? ¿Por qué se le ha olvidado de repente dónde guarda Mamá Cabra el costurero y sólo oye en su cabeza la voz de la abuela instándole a crecer y dejar de una vez de creer en los cuentos?

* Me he apuntado a un curso de literatura infantil. Temblad, pequeños. Temblad... ;)

mayo 02, 2011

Penitencias

La última vez que me confesé, el sacerdote me puso tres padrenuestros y dos avemarías como penitencia por mis pecados. Según la creencia católica, el de la penitencia es un dato que no debe revelarse, pero teniendo en cuenta que de la mía hace ya mucho tiempo, no creo que ya importe. La cuestión de la penitencia me ha llamado siempre la atención. Esos sacrificios que a veces hacemos bien como forma de expiar nuestras culpas, bien como ofrecimiento para lograr alguna prebenda.

Sin duda, la penitencia que más me impresiona siempre es la que tiene que ver con la Cuaresma. Cuarenta días (o, en su defecto, unos cuantos viernes) de ayuno y abstinencia. Lo del ayuno, bueno, tiene un pase. Al fin y al cabo por comer poco o casi nada un día no se muere una y encima, estiliza un tanto. Y además puedes afirmar categóricamente que no, no estás a dieta. Se trata simplemente de tus convicciones religiosas, me recuerda siempre mi amiga Paula con una triunfal sonrisa.

Lo de la abstinencia, sin embargo, no me ha terminado de convencer nunca. Y sin embargo, en realidad, l@s español@s practicamos este conocido sacrificio durante más tiempo del que nos gustaría. Vamos, que dejamos en mantillas los cuarenta días cuaresmales con las abstinencias, la mayoría de las veces “forzosas” que nos marcamos el resto del año. Según los datos del Informe Durex de Bienestar Sexual la media patria de relaciones sexuales al año es de 118 veces. Teniendo en cuenta que sólo en días el año trae 365 y que al día hay más de una oportunidad, sobre todo si estás emparejad@, la cifra queda, cuando menos, pobre.

Si no tienes pareja y encima, se te da mal el arte del ligoteo y lo de llevarte a alguien a la cama inopinadamente cada fin de semana, lo conozcas o no, el número cae estrepitosamente. Alguien dijo alguna vez que importa más la calidad que la cantidad. Segura estoy de que era algún abstinente forzoso. Desde que vi a Iván por última vez en febrero, me encuentro en esa tesitura. Alguna oportunidad que otra ha habido, sobre todo desde que me trasladé. La noche barcelonesa no tiene desde luego nada que ver con la conquense, al menos en cantidad. En calidad, no lo sé. A ninguno de mis candidatos a romper la abstinencia me lo terminé llevando a la cama. ¿Por qué? Porque el Señor no me dio el don del espabile, está más que claro.

A Meme, la fotógrafa de la revista, le pasa más o menos lo mismo que a mí. O le pasaba, para ser más exactos, porque hace un par de fines de semana y en plena recta final de la Cuaresma, conoció a un chaval bastante mono (o eso, o sale muy bien en las fotos del Facebook, que todo puede ser) con el que rompió la abstinencia que mantenía desde que lo dejara con su novio hacía ¡ocho! meses. Desde luego lo suyo (y lo mío, que va ya por el tercer mes y subiendo) es para nota. Me río yo de los sacrificios de la Edad Media y de los cinturones de castidad que siempre, siempre, siempre, acababan teniendo llave, mira tú por dónde.

Algo de lo que me he dado cuenta es de que, aunque dicen que tener sexo es como montar en bicicleta, que nunca se olvida (y no incómodo y cansado, que os veo venir), lo cierto es que cuando llevas mucho tiempo sin hacerlo y luego vuelves, al principio te cuesta coger el ritmo. No tardas mucho, todo hay que decirlo, pero un poco sí. Es como si necesitara el cuerpo un entrenamiento previo. Claro, es que después de meses y meses de penitencia... cualquiera recuerda lo que era disfrutar de los placeres de la vida.

De entre todos los pecados del mundo, si me dieran a elegir, siempre me decantaría por la lujuria. No hay cosa más triste, por otra parte, que estar deseando pecar y no poder. A veces me pregunto si en el pecado va la penitencia ¿no debería ir la penitencia (la abstinencia) acompañada del pecado (la oportunidad clara de romperla, saltársela a la torera como una dieta cualquiera, desterrarla de tu cama para siempre) y que sea lo que Dios quiera? Esta mañana me ha llamado Roberto, el amigo con el que siempre está a punto de pasar algo y nunca sucede. Lorena, su novia, está de viaje hasta el viernes y tiene toda la semana para vernos. No sé por qué, escucharle decir eso ha hecho que me recorriera un placentero escalofrío. Creo que, esta semana, me voy a ganar penitencia para un mes entero, por lo menos. Aunque teniendo en cuenta el tiempo que llevo haciendo sacrificio, quizá pueda convalidarla... y cambiarla por un par de padrenuestros. 

Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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