septiembre 30, 2011

Bélmez



No sé desde cuándo sucede. Sólo sé que sucede.

Veo tu rostro. Todos los días. Una y otra vez. En todas partes. Da igual que cierre los ojos, que me tape los oídos con las manos, que no respire, que no sienta, que no toque, que no guste.

Tu rostro está ahí. Se me reproduce.

Veo tu rostro en las paredes de mi casa. En las blancas, inmaculadas paredes de mi habitación. Lo veo y me entra el miedo y las ganas de llorar. Y arranco con mis manos desnudas, las uñas mordidas, la pintura de la pared por ver si así puedo hacerte desaparecer.

Pero no lo consigo y entonces ahí estás tú, tu rostro. Una cara burlona que me mira con el borde de la nariz manchado de la sangre de mis dedos despellejados. Por arrancar la pintura y dejar la pared en la que te me apareces llena de desconchones.

Yo, que nunca he creído en lo paranormal, que me reía mil veces de las noticias de aquella mujer de ese pueblo de nombre extraño, Bélmez, me pregunto ahora mientras pinto, repinto y vuelvo a pintar una y otra vez mi habitación, siempre de colores diferentes, si no serían también aquellas caras los rostros de amantes que la hubieran abandonado.

Como tú a mí.

Como yo a tí, al fin y al cabo.

Nos abandonamos los dos. Ninguno de los dos nos amamos.

Me pregunto, los dedos pringosos de pintura roja, verde, amarilla, rosa... si tú también llevarás mi rostro tatuado detrás de los ojos, como me pasa a mí con el tuyo.

Si tú también creerás que ves alucinaciones cuando de pronto me aparezco en la pared del fondo de tu dormitorio, quizá en el momento mismo en que estás amando a otra como no me amaste a mí. Me produce cierto placer pensar que te desinflas justo en el momento de verme y que no puedes seguir. No con ella. Con ella no. Sólo conmigo. Siempre conmigo.

Me pregunto si tú también pasarás los dedos por las formas perfectas de mi rostro estampado en los azulejos de la ducha, perfectos los rasgos como en una postal. Repasar las líneas de mis cejas, de mis párpados, de mi nariz, de mis labios... con una mano. Y con la otra acariciarte hasta el final... como hago yo.

Me pregunto... si a tí también te conocerán ya en todas las tiendas de bricolaje. Todas las semanas lo mismo. Brochas, rodillos, cubetas, pintura y más pintura. Un ritual. Un mantra. Una obsesión.

Y pintar, pintar, pintar... ese rostro vacío y hermoso que te mira burlándose de tí. De nadie más, no te engañes. No me engaño. Sólo de tí. Sólo de mí.

Y luego llorar... llorar y pasarse, pasarme, pasarte... las manos por el rosro mojado. Llenas de pintura.

septiembre 28, 2011

Me, my pets & I: 2010. Una odisea en el espacio... inmobiliario

Según un estudio de la Secretaría de Estado de Vivienda y Actuaciones urbanas, el mercado inmobiliario movió en 2010 la friolera de 84.664 millones de euros en España. Una pequeñísima parte de ese dineral se movió de mi cuenta a la de los propietarios de mi piso en alquiler. Y digo pequeñísima porque, en comparación con las macrocifras que hacen que la cabeza te dé vueltas, mis 600 euros de alquiler son una nadería… aunque para mí lo significaran casi todo, según el mes.

La redonda cifra de 600 euros te da derecho, en mi caso (y en la mayoría de los casos) a tener un techo en el que vivir, cocinar, dormir, ducharte, pasarlo bien alguna que otra noche, a una plaza de garaje, a pagar la comunidad… y para de contar. Porque, por increíble que parezca (al menos a mí, me lo parece), no te da derecho a colgar una estantería, ni un cuadro, ni a poner unas baldas dentro del penoso-armario-empotrado sin acabar… ni, por supuesto, a tener animales de compañía.

Cuando, al mes de llegar Casiopea a casa, mi ex y yo nos pusimos a buscar piso (se nos terminaba el contrato donde estábamos y queríamos algo un poco mejor… algo sin rendijas por las que se colara el frío), enseguida nos percatamos de que conseguir que te alquilen algo, aunque sea una buhardilla sin puerta, explicando que tienes una mascota es más que complicado. Empezando por que en España no hay demasiada costumbre de tener animales de compañía y terminando por que, en el contrato estándar que vimos en TODAS las inmobiliarias que visitamos, la cláusula número 4 (en todas, la misma) reza: “Está prohibida la tenencia de animales de compañía”. Toma ya.

“Es la cláusula estándar, lo normal” nos explicaron en una de las inmobiliarias quitándole importancia. “Los dueños quieren tener la certeza de que no se les va a dejar el piso destrozado, ya sabéis. Y los animales, ya sabéis”. Ya sabemos… ¿qué? Estuve a punto de preguntar. Me callé. Tardamos casi tres meses en encontrar un piso en el que nos dejasen tener a Casiopea… con el pago por adelantado de fianza doble, por si acaso.

Cierto que el propietario tiene todo el derecho del mundo a querer preservar su propiedad tal y como está pero… ¿las fiestas de estudiantes no dejan hecho polvo un ático céntrico, precioso, amueblado, 60 metros cuadrados, en plena vía principal? Cada vez que un propietario nos descartaba como inquilinos deseables por Casiopea, me indignaba más. Ni siquiera se molestaban en conocernos, ver a la gata y comprobar que sí, por raro que parezca, éramos personas responsables y la peque no rascaba (ni ha rascado nunca, aunque aún haya gente que no se lo crea) fuera de sus rascadores. ¿No sería mejor ver cada caso… y no arriesgarse a perder un buen inquilino?

Los avatares de la vida y del trabajo me han hecho ser más nómada de lo que había planeado, así que cuando hace unos meses me trasladé a vivir a Barcelona, volví a vivir la misma situación… sólo que con alquileres de 800 euros en adelante y cuatro gatos en la maleta que no me ponían las cosas demasiado fáciles de cara a los arrendatarios. “Así que… ¿tienes gatos?” me preguntó una de las propietarias. “No es que me molesten, en serio. Me parecen adorables. Pero… las cortinas, los muebles…” se justificaba. Estuvo un buen rato dando rodeos. Hasta que lo soltó. “Si están desungulados o te comprometes a hacerlo… no me importaría…”. No le dejé terminar. Me levanté del sofá y me fui. Por respeto al buen gusto, no os voy a transcribir dónde le dije que podía meterse su minúsculo piso-en-el-centro-por-900-euros.

Al final, fueron mis antiguos arrendadores quienes me ayudaron a encontrar el piso en Gracia en el que vivo ahora. Bastante apañado de precio para estar donde está y sin necesidad de fianza doble. Ellos dieron buenas referencias y la dueña lo tuvo claro en cuanto vio a mis peques campar por su casa sin tocar nada. Y es que, por mucho que suene increíble (sé que suena increíble), ninguno de mis peludos ha tirado nunca ni una sola del montón de figuritas de hadas, adornos y cursiladas varias que pueblan mis muebles. Se portan estupendamente. Y eso es algo que, a priori, no puede saber un propietario. Como tampoco puede saber si tú vas a dedicarte a dar fiesta tras fiesta, arruinando parqué, cortinas, paredes y lo que se te ponga por delante.

Alquilar un piso es un acto de fe, en todos los casos. Fe en la persona que se mete a vivir en él. Por eso, yo me pregunto… ¿por qué es más difícil creer que alguien con animales a cuestas será responsable… y no permitirá que se carguen las cosas, o correrá con todos los gastos en el caso de que sus mascotas causen algún desaguisado?

Y vosotros… ¿qué opináis? Si tenéis mascotas ¿habéis sufrido en vuestras carnes para encontrar un piso donde os dejaran tenerlas? ¿Las habéis metido sin informar a vuestro casero/a? ¿Entendéis los recelos de los propietarios? Si fuerais propietarios… ¿alquilaríais a alguien con animales de compañía o sería directamente descartado? ¿Pensáis que en otros países hay más costumbre de tener mascotas y es más fácil conseguir una vivienda de alquiler con ellas que en España? ¡Que ardan esos teclados!

septiembre 26, 2011

Mi novia es Adele

Cuando mi amigo Pablo me llamó para decirme que quería presentarme a su novia, no pude rechazar la invitación, a pesar de que me había prometido a mí misma que no iba a salir de casa hasta que hubiera terminado un reportaje algo largo que tengo a medias y hubiera bañado al Delu, que ya le toca. Sin embargo, el acontecimiento mundial del que iba a ser testigo merecía que me saltara mi propia imposición, así que allá que me fui a la calle el sábado a mediodía, en busca de la feliz pareja.

Conocer a l@s novi@s de mis amig@s no tiene nada de especial. No es que yo vaya montando fiestas cada vez que alguien del grupo se empareja. Lo especial es conocer a La Novia de Pablo. Sí, con mayúsculas y todo. Desde que le conocí en nuestra época de estudiantes, en una excursión a las ruinas romanas de Segóbriga en la que coincidimos con una veintena de institutos, entre ellos el de los Maristes de Sants (de aquí de Barcelona) he tenido noticia de al menos treinta chicas diferentes. No recuerdo si me las llegó a presentar a todas o no, de lo que sí estoy segura es de que han sido muchas más. Yo perdí la cuenta en la número treinta.

A Pablo le he conocido a “esta es Paula”, “esta es Ana”, “esta es Vanessa”, “esta es… errr… hmmm… Diana” y así hasta treinta. Pero a “mi novia” nunca. Jamás. De los jamases. Parecía como que le daba grima la palabreja, oye. Con la que más duró (de las que yo recuerdo) fue con “ésta es Noelia”. Dos años y un poquito. Y ni siquiera en todo ese tiempo se refirió a ella como novia. Además de tener en común ser chicas “esta es” en lugar de novias, las acompañantes de Pablo también se parecían bastante físicamente. Altas, delgadas, pelo largo y estilo más bien pijillo, así en plan revista. Podían ser más o menos guapas de cara pero el cuerpazo no se lo quitaba nadie.

Antes de presentármelas nunca me había hecho una introducción previa. Por eso me llamó más la atención que, el viernes por la noche, me whatsappeara esto: “Tengo muchas ganas de que conozcas a Nina, mi novia. Ya verás, te caerá genial. Por cierto, se parece a Adele ;)”. Me dejó pensando. ¿En el vozarrón? ¿En los ojazos? ¿En la nacionalidad? Me intrigaba, así que le pregunté. “En… el peso” me soltó. Así, a bocajarro. Casi no pude dormir el viernes. ¿Es que si tienes una novia que no cumple con los cánones de peso promovidos por la sociedad debes avisar a tus amigos antes de presentársela? Yo creo que fue la indignación lo que no me dejó pegar el ojo.

Como ya me había vaticinado Pablo, Nina me cayó genial porque es un verdadero encanto de mujer. Además de alta, guapa, segura de sí misma, actriz de teatro en ciernes y dependienta de Mango mientras llega el momento de subirse a las tablas, modelo ocasional de tallas grandes y sí, gorda. Vale. ¿Y qué? Cuanto más hablaba con ella en la comida, más me indignaba que lo único que me hubiera descrito Pablo de ella fuera su talla. ¡Venga ya! Al final de la comida y con alguna copilla de más, me sentí un poco mala. Así que aproveché que Nina se levantó un momento al baño para echarle la bronca a Pablo.

El pobre me miró con ojillos de cordero degollado y se disculpó. “Te avisé porque, bueno… Nina llama la atención. Nadie se esperaba que yo estuviera con una chica… ya me entiendes”. “¿Gorda?” le pregunté. “Qué pasa, puedes decirlo. Estoy segura de que ella es muy consciente de su talla”. Pablo me contó entonces que cuando la presentó en su grupo fue una situación ligeramente (por decirlo de forma diplomática) incómoda. “Mis amigos no dejaban de observarla. Y Clara y Marisa, las novias de Jesús y Pau, no sabían dónde meterse por las miraditas de los demás. Sí, vale, eran en plan con disimulo, pero se notaba. Cuando nos fuimos, Nina me preguntó si nunca habían visto a una chica gorda o qué. Me sentí fatal. No quiere volver a quedar con mis amigos y me costó muchísimo convencerla para quedar contigo. Y lo peor es que Julián, tú sabes quién es, es el doble de gordo que ella y su novia una escuálida y nunca han hecho chistes al respecto ni le han mirado así”.

Por un lado, me dio pena Pablo. De pronto te enamoras de alguien que no entra en lo que la sociedad considera deseable y normal. Vale, tú superas tus reticencias y haces a un lado todo lo que habías creído hasta ese momento pero… ¿qué pasa con los demás? Cierto que lo mejor es dejar a un lado el qué dirán, como hablamos la semana pasada pero, siendo realistas, somos seres sociales a los que les importa, en mayor o menor medida, lo que los demás piensan de nosotros. Encajar cuando la pieza del puzle es más grande de lo que esperabas no es sencillo.

Por otro lado, no pude evitar pensar que Pablo tiene lo que se merece. Después de años alimentando el mito de que él sólo salía con tallas 36, sin mirar más allá (y algunas eran bien majas e inteligentes, me atrevo a decir que la mayoría, pero pondría la mano en el fuego por que él no llegó a enterarse nunca), ahora resulta que está enamorado hasta el fondo de una de esas chicas de las que él (sí él, aunque ahora no se acuerde… es lo que tiene la memoria selectiva) se había reído en más de una ocasión, con mejor o peor idea.

De camino a casa, me dio por pensar en los dobles raseros. Si un chico sale con una chica gorda, suele tener que aguantar alguna que otra bromita al respecto de cómo se las arreglan en la cama. En cambio, si la que sale con un gordo es la chica, hay menos chistes e incluso se minimiza el peso del individuo. ¿Quién no ha escuchado que una chica es gorda y un chico “fuerte”? ¿Por qué un chico entrado en carnes puede ser atractivo y deseable para los cánones sociales y una chica lo tiene mucho más complicado? ¿Por qué para presentarte a una novia talla XXL tienes que avisar primero y armarte de eufemismos… y de valor?

Me pareció ridículo. Sobre todo porque hablo desde la experiencia de haber sido chica XL y haberme enfrentado a ese tipo de cosas y encima, en la adolescencia, que es cuando más te afectan personalmente. Puesto que tengo más experiencia en tallas grandes que en pequeñas siempre me suelo poner del lado de los kilos demás, pero también en el caso de los kilos de menos hay problemas parecidos.

Comentando la jugada con Inés ayer por la tarde, me contó que su hermana tiene verdaderos problemas a la hora de ligar porque es muy delgada y la confunden con alguien con problemas alimenticios. “No sabes la de chicos que la han llamado anoréxica y han querido “ayudarla” cuando la han visto desnuda. Y mi hermana come. Come de verdad. Pero no engorda, es su constitución” se quejaba Inés. En ese momento recordé que incluso Iván me había contado algo parecido cuando empezamos a salir, pero sobre él mismo. Es muy delgado... y al parecer ser un tirillas tampoco ayuda en el mercado del ligoteo. En una relación de pareja… ¿no deberían ser los kilos de más o de menos el factor menos importante?

Desde luego, las personas nos atraen en la mayoría de los casos por el físico. Pero si el físico ya te gusta como está (con los kilos que traiga de serie)… ¿por qué aún sentimos que tenemos que justificarnos? Después de nuestra quedada del sábado, Pablo me envió un mail para decirme que iba a volver a quedar con un par de amigos, sus novias y Nina. Al parecer, al ver que yo no me había fijado en sus kilos, la chica se decidió a volver a probar suerte con los otros amigos de Pablo. Me alegré. Sobre todo porque nunca le había visto en ese estado de enamoramiento. Así que espero que ese sentimiento acabe pesando más que los kilos de Nina. Para que, la próxima vez que quiera presentársela a alguien no sienta la necesidad de avisarle primero de que su novia se parece a Adele.

Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

septiembre 21, 2011

Trolls

A los siete años, la mente humana alcanza la primera madurez. Es lo que los padres suelen denominar como que “te entra el conocimiento”. A esa edad empiezas a dejar de creer en los seres fantásticos, tomas conciencia de la muerte como algo que puede sucederte a ti o a personas cercanas y el mundo deja de ser un lugar mítico lleno de dragones, brujas y hadas para convertirse en un lugar mucho más prosaico.

De todos los seres fantásticos que poblaban mi mundo cuando era pequeña, los que menos me gustaban eran los trolls. Cierto que aparecían muy graciosos en los dibujos de David el Gnomo, con grandes orejas, narices coloradas y larguísimos mocos colgando, pero aquello de que quisieran siempre encerrar a los pobres gnomos en jaulas —con lo que me hubiera gustado a mí tener un gnomo en casa— no me hacía ninguna gracia.

Los trolls de Willow y El Señor de los Anillos eran aún peores: feos, malolientes, malvados hasta la extenuación... el personaje siniestro perfecto para hostigar a los protagonistas de grandes aventuras. De pequeña quise tener un gnomo, un diminuto, un hada y hasta un brownie —no de bollo, sino como los personajillos de Willow— pero desde luego, nunca un troll.

Y ahora resulta que, de todos los seres fantásticos presumiblemente inexistentes que pueblan la imaginación humana, resulta que el único que ha sido capaz de materializarse en carne y hueso verdadero... es el troll. Y que yo tengo uno. O varios, de eso no estoy segura. Desde hace un par de semanas, alguien (o “alguienes”) se dedica a dejarme comentarios anónimos en el blog con lindezas como “eres una petarda”, “te repites más que el ajo, mona”, “además de mala escritora eres fea” y cosas por el estilo. No se quién o quienes son, sólo sé que parece que, en lugar de crecerme una corte de príncipes apuestos, me ha crecido un grupo de indeseables trolls en torno a Tusitala.

“No te preocupes, podemos rastrearlos” me comentó Alberto, un amigo informático, el domingo. Quedamos a comer y le expliqué lo que pasaba. “La gente se aburre mucho, ni siquiera tienen por qué ser conocidos. Simplemente querrán llamar la atención, hacerse notar, ya sabes. Eso pasa. De aquí a un tiempo, si no les haces caso, se olvidarán y se irán” me tranquilizó. Aunque yo no me quedé demasiado convencida. Mi amiga Jana, tampoco.

Jana —treintañera, bajita, pelirroja artificial y preciosa, analista de sistemas que se vino a España hace cuatro años en busca de un trabajo mejor y acabó de dependienta en el WorkCenter de Diagonal 437— lleva tres años saliendo con un chico de Tarragona que trabaja en el mismo centro de reprografía que ella. Se conocieron una noche de marcha por Barcelona, se gustaron, se acostaron unas cuantas veces y empezaron a salir. Hasta que no fue en serio la cosa, todo bien. Los amigos de Heli, que así se llama, la trataban genial, a su hermana le caía de muerte, todo era maravilloso. Pero fue decir que iban en serio... y ocurrió la transformación.

Prácticamente todas las personas del entorno de Heli se convirtieron en trolls. Gente que se dedica a criticar a Jana —principalmente por ser extranjera, ucraniana para más señas, una ucraniana “que busca los papeles, no te engañes, ¿crees que estaría contigo si no fuera porque ha solicitado la nacionalidad?— como si no hubiera un mañana y que malmete en su relación todo lo que puede. “Soy la misma de antes” se queja Jana. “¿Dónde está el problema?” se pregunta. El problema está, obviamente, en que a los allegados de Heli no debe gustarles demasiado emparentar con alguien de la Europa del Este, pero ésa es otra historia.

Lo que molesta realmente a Jana es el trolleo constante a que se ven sometidos. Críticas cruzadas hacia ella —e incluso hacia él— que no puede dejar de escuchar, ni controlar, ni esconder porque en la vida, a diferencia de los blogs, no existe la moderación de comentarios. Si alguien la toma con tu web y se dedica a hacerte la vida bloggera imposible, basta con activar la moderación y no darle notoriedad obviando sus comentarios. Pero ¿cómo dejar de escuchar los comentarios, cuchicheos, chismes y críticas de alguien de carne y hueso? Y sobre todo ¿cómo conseguir que no te afecten? Porque, puede que los de gente ajena a tu vida te den igual pero... ¿qué pasa si tu madre, tu hermano o tu mejor amiga... se convierten en trolls? En los dibujos, los trolls actuaban por la noche ya que, con los rayos del sol, se convertían en piedra. En la vida real, en la que tanto actúan sin luz solar como con ella... ¿cuál es el antídoto anti-troll?

“Mira, cuando tenía 20 años me enamoré de un chico de mi barrio que no tenía muy buena fama. Él era majo pero su padre estaba en la cárcel, así que la gente le miraba un poco de lado” me contó Inés ayer por la noche ante una enorme fuente de sushi casero que nos trajo Meme para celebrar que ha ganado el primer premio de un concurso internacional de retrato.

“A mi madre le di un gran disgusto y en la escalera la gente cuchicheaba cuando nos veían bajar de la mano. Yo lo estaba pasando tan mal que, al final, lo dejamos. Lo pasé peor. Siempre me acordaré de lo que me dijo mi abuela: La gente que habla de ti, que te critica, se olvida cuando entra en su casa a vivir su vida. No le des tú más importancia de la que te dan ellos”. Inés no volvió a salir con aquel chico y cuando empezó a prepararse para ser azafata de vuelo y cambió de barrio, dejó de verlo. Pero “lo que me dijo mi abuela, no se me ha olvidado. Y procuro aplicarlo siempre”.

Quizá la única forma de vencer a los trolls de carne y hueso, a los de fuera de la red, sea poner en práctica el consejo de la abuela de Inés, aunque no resulte sencillo. Duele comprobar cómo personas a las que has apoyado en decisiones de su vida con las que quizá no estabas de acuerdo critican luego sin piedad a tu pareja —como me ha sucedido a mí con algun@s amig@s respecto a Iván— y se vuelven trolls sentimentales. Pero, igual que decía David el Gnomo, hay que plantarles cara para vencerlos. Con esconderse, no basta.

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septiembre 12, 2011

Espacios

Hace unos años nacía en Londres un nuevo movimiento local con vocación de globalizarse. Consiste en ir colonizando poco a poco espacios a las ciudades de ladrillo y asfalto para convertirlos en pequeños vergeles, recordando así el verdor y la vegetación que, antes de llegar nosotros, habitaba donde hoy se levantan las moles de hormigón que damos en llamar ciudades. A este movimiento se le da el poético nombre de “jardinería de guerrilla” y se ha extendido ya por varias urbes de todo el mundo, entre ellas Barcelona.

Esta mañana, mientras caminaba hacia la redacción de la revista más temprano de lo habitual, me topé con un par de chavales que no tendrían más de veinte años, cavando hoyos en torno a una farola. Aparcadas a un lado, cuatro o cinco macetas de adelfas. Sonriendo, pensé en ese curioso afán del ser humano por conquistar, reconquistar y recuperar espacios y territorios. Y es que si las civilizaciones se caracterizan por codiciar el espacio de las vecinas, incluso en las relaciones personales esa conquista del espacio acaba siendo crucial.

Pensad si no en el comienzo de una relación. Las mujeres, y también los hombres, tenemos tendencia a ir colonizando pequeñas porciones de espacio en el hogar del otro, aunque sea dejando un simple cepillo de dientes en su casa. Sentimos que hemos puesto la bandera igual que Armstrong al llegar a la luna y que, a partir de ese momento, su espacio y todo lo que hay dentro (léase nuestro chico), nos pertenece. Yo pensé que ellos no hacían eso, por aquello de que los hombres son menos de ese tipo de detalles que las mujeres, hasta que conocí a mi ex.

Casi sin que yo me diera cuenta, en sus visitas a mi casa fue conquistando poco a poco un espacio que terminó convirtiéndola en su hogar: primero se dejó una camiseta, luego unos vaqueros, ropa interior y una chaqueta, más tarde la cámara de fotos y al final, terminó dejándose la moto, trayendo otra y viniéndose a vivir conmigo. Cómo será la cosa, que cuando me trasladé a vivir a Barcelona aún me traje junto a las mías dos cajas de considerable tamaño llenas de cosas suyas que, un día de estos, he de devolverle.

Conquistar el espacio del otro puede resultar largo y laborioso, pero es mucho más divertido que lo que viene después. Y es que, cuando ya compartes espacio físico… ¿cómo lo repartes de manera que nadie se sienta invadido? La única vez que ha llegado a convivir con uno de sus novios, Estel se percató de que no es tan sencillo como parece. Y es que mientras que al principio resulta muy agradable y gracioso estar todo el día pegados por la casa y compartir cajones, armarios y estanterías varias, con el paso de los meses se imponen la cordura y la necesidad de orden y llega el crítico momento de tener que dejar hueco en TU armario para SUS cosas.

“Me costó más eso que presentárselo a mis padres” me decía Estel entre risas, recordándolo esta tarde acompañado de unas cañas. “Yo que siempre he sido de amplitudes, de tener mis cosas ordenadas pero desperdigadas, llevé muy mal ver reducido a la mitad el espacio que me pertenecía” se reía Estel. Reconozco que yo no tuve ese problema porque la casa en la que vivíamos era grande y había tres armarios, de modo que cada uno usaba el espacio que necesitaba. Pero creo que tampoco hubiera llevado nada bien quedarme sin una parte de mi ropero.

Sin embargo, pero aún que repartir el espacio físico es tratar de acotar el espacio psicológico en una pareja. ¿Cuánt@s habéis escuchado alguna vez aquello del… “necesito mi espacio” de boca de la persona amada? Que te dan ganas de decirle: Si ya tienes la mitad de mis baldas, de la cama, de los cajones, de los armarios, de toda la casa… ¿aún quieres más? Pues sí. Algunas personas necesitan a su alrededor un perímetro de seguridad para sentir que no se están convirtiendo en siamesas de su pareja y que siguen siendo un ente individual con personalidad y su vida 100% controlada.

El momento “necesito espacio” es el momento dejar de compartir tantas aficiones y salidas como al principio, llamarse menos, tratar de diversificar amistades y no salir sólo con la pareja o con otras parejas… lograr, en fin, seguir siendo un poco solter@s aunque estemos emparejad@s.

La necesidad de espacio en sí es sana y positiva, e incluso demuestra que no eres una persona enfermizamente dependiente que no puede ni freír un huevo frito por sí misma. Sin embargo… ¿cuál es el límite normal en la necesidad de espacio? Estel acabó dejándolo con el novio colonizador porque se dio cuenta de que necesitaba tanto espacio sin él que, prácticamente, no quería estar nunca a su lado. En mi caso, para que las cosas funcionaran con Iván procuré mantenerme al margen de casi todo en su vida e incluso destiné una habitación de la casa en la que vivimos a su despacho, donde yo no entraba y donde él tenía su templo. Pero seguía necesitando espacio. Espacio SIN MÍ, para ser exactos. Así que… acabamos dejándolo.

Es curioso lo que sucede a veces con el espacio. Cuando de cuestiones de pareja se trata, en ocasiones es más fácil conquistarlo que reconquistarlo. Antes de trasladarme a Barcelona, no fui capaz de guardar nada mío en los cajones que fueron de Iván, ni siquiera dormía en su lado de la cama, aunque he de reconocer que no era consciente de ello. Me percaté ayer. Últimamente he comprado alguna que otra (es decir, más de la cuenta, ejem, ejem) prenda de ropa y no me queda sitio en el armario para todo. Anoche, ordenando las cosas, me di cuenta de que aún guardaba inconscientemente espacios para Iván que él nunca llenará. Ni en mis armarios… ni en mi vida.

Así que, anoche reorganicé mi ropa y los ocupé. Todos. Las estanterías del corazón va a ser un poco más difícil. Pero al menos los armarios ya son de nuevo míos. Y toda la cama. Por algo se empieza… ¿no os parece?

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septiembre 05, 2011

De vuelta y vuelta

Los meses de septiembre traen los coleccionables a los kioscos, la nueva colección de otoño a las tiendas de ropa, la Semana Internacional de la Moda de Madrid, la Vuelta Ciclista a España, las fiestas de la Virgen de Septiembre y, para much@s... la vuelta al trabajo.

Después de casi veinte maravillosos días de no hacer nada, viajar por el territorio nacional, comer a deshora, dormir a deshora, vivir a deshora... esta mañana la montaña de cosas por hacer en mi mesa de la redacción me recordaba amablemente que todo eso ya se fue, “gone with the wind”. Se acabó. Estoy de regreso a la rutina laboral.

Reconozco que volver a la redacción de Metropolitan me cuesta menos de lo que me había costado hacerlo a cualquiera de mis trabajos anteriores. Creo que menos incluso que la vuelta a la facultad, que siempre vivía como un drama, a pesar de todo. Por mucho tío bueno que haya alrededor —y os aseguro que en mi facultad no era el caso— ¿quién quiere volver a meterse entre pecho y espalda horas y horas de clase, apuntes, libros y trabajos varios? Sólo algún desequilibrad@.

Aunque para vueltas dramáticas, la vuelta al mercado. Sí. Ya sé que debería ser genial, porque vuelves a estar disponible para el mundo mundial y, en concreto, para la legión de chicos guapísimos, interesantísimos, y todos los -ísimos posibles que pululan también por el mismo reducto espacio-temporal pero... a mí me da pereza. Y he descubierto que no soy la única.

Recién llegada de un vuelo a Estrasburgo, Inés me contaba ayer por la noche que lleva más de un mes sin ligar con nadie “porque no quiero”. No es que le falten oportunidades. Lo de ser azafata de vuelo tiene enganche inmediato y además Inés es más que guapa. Es un bombón. Si no fuera amiga mía, la envidiaría a muerte. Pero a las amigas no se les hace eso. A ver, que me pierdo. Me decía Inés que lo de estar de nuevo disponible para el ligoteo... “me agota. En serio. Volver a contarle tu vida y milagros a la otra persona, escuchar los suyos, aprenderte su color favorito, su marca de champú, la fecha de su cumpleaños... y conocer y presentar padres, amigos y familiares varios otra vez... uf. Sólo de pensarlo me entran escalofríos”.

Aunque el panorama que Inés pinta es poco menos que apocalíptico, la realidad no suele ser así en el caso de que te enamores de la otra persona. Si lo haces, le cuentas todo lo contable con una preocupante verborragia repentina e incluso llegas a repetirte, quieres que conozca cada detalle gracioso e interesante de ti y, por supuesto, no dejas de hacerle preguntas: quieres... no, necesitas, saberlo todo sobre él.

La cuestión es que, antes de que esto suceda —si eres muy enamoradiza, como Meme, entonces no tienes ese problema... ella se enamora siempre, lo cuenta todo siempre, lo aprende todo siempre y vuelta a empezar... y además no se queja por ello— es posible que tengas que contar y escuchar cosas de personas que parecían interesantes y no lo eran o que deciden que eres tú la no-interesante.

A mí a los dieciséis, a los diecinueve, a los veintidós... me resultaba divertido. Conocías gente, historias distintas, todo me servía como fuente de inspiración. Pero ahora... me hastía. Me miro al espejo y pienso ¿otra vez con el precio puesto? Y qué queréis que os diga... aunque haya ido subiendo con los años —no es que sea una presumida y poco humilde de cuidado, es que ahora estoy mucho mejor que hace una década, es lo que tiene conocerse y aprender a cuidarse y sacarse partido a una misma— sigo sin sentirme a gusto en el mostrador del mercado de parejas.

Porque esa es otra. Cuando ya has estado en el mercado y vuelves... ¿qué eres? ¿Novedad? ¿Remake? ¿Un producto que se agotó pero que seguía siendo tan demandado que han tenido que sacar a la venta una nueva edición, limitada y especial? ¿O eres simplemente una devolución? Comentándolo con Estel y Meme, me decían que ninguna de las definiciones les parecía demasiado amable como para querer colgarla en tu currículum sentimental.

Sea como fuere, este mes de septiembre estoy realmente de vuelta al mercado, aunque no quiera. Así que, para ir quitándome el celofán poco a poco y acostumbrándome de nuevo a las decenas de charlas sobre nada en particular con chicos que quizá no volveré a ver después de nuestro affaire, me he apuntado a looptear un rato de la mano de una de las aplicaciones para conocer gente que tiene el iphone. Me sigue dando pereza pero, ya que estoy de nuevo en el mercado... tendré que hacer algo ¿no? Por cierto, Inés me ha dicho que esta noche ha quedado con un compañero nuevo de la aerolínea que, al parecer, acaba de llegar al mercado. Me da a mí que no dura más de una semana en el estante de oportunidades.

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