A los siete años, la mente humana alcanza la primera madurez. Es lo que los padres suelen denominar como que “te entra el conocimiento”. A esa edad empiezas a dejar de creer en los seres fantásticos, tomas conciencia de la muerte como algo que puede sucederte a ti o a personas cercanas y el mundo deja de ser un lugar mítico lleno de dragones, brujas y hadas para convertirse en un lugar mucho más prosaico.
De todos los seres fantásticos que poblaban mi mundo cuando era pequeña, los que menos me gustaban eran los trolls. Cierto que aparecían muy graciosos en los dibujos de David el Gnomo, con grandes orejas, narices coloradas y larguísimos mocos colgando, pero aquello de que quisieran siempre encerrar a los pobres gnomos en jaulas —con lo que me hubiera gustado a mí tener un gnomo en casa— no me hacía ninguna gracia.
Los trolls de Willow y El Señor de los Anillos eran aún peores: feos, malolientes, malvados hasta la extenuación... el personaje siniestro perfecto para hostigar a los protagonistas de grandes aventuras. De pequeña quise tener un gnomo, un diminuto, un hada y hasta un brownie —no de bollo, sino como los personajillos de Willow— pero desde luego, nunca un troll.
Y ahora resulta que, de todos los seres fantásticos presumiblemente inexistentes que pueblan la imaginación humana, resulta que el único que ha sido capaz de materializarse en carne y hueso verdadero... es el troll. Y que yo tengo uno. O varios, de eso no estoy segura. Desde hace un par de semanas, alguien (o “alguienes”) se dedica a dejarme comentarios anónimos en el blog con lindezas como “eres una petarda”, “te repites más que el ajo, mona”, “además de mala escritora eres fea” y cosas por el estilo. No se quién o quienes son, sólo sé que parece que, en lugar de crecerme una corte de príncipes apuestos, me ha crecido un grupo de indeseables trolls en torno a Tusitala.
“No te preocupes, podemos rastrearlos” me comentó Alberto, un amigo informático, el domingo. Quedamos a comer y le expliqué lo que pasaba. “La gente se aburre mucho, ni siquiera tienen por qué ser conocidos. Simplemente querrán llamar la atención, hacerse notar, ya sabes. Eso pasa. De aquí a un tiempo, si no les haces caso, se olvidarán y se irán” me tranquilizó. Aunque yo no me quedé demasiado convencida. Mi amiga Jana, tampoco.
Jana —treintañera, bajita, pelirroja artificial y preciosa, analista de sistemas que se vino a España hace cuatro años en busca de un trabajo mejor y acabó de dependienta en el WorkCenter de Diagonal 437— lleva tres años saliendo con un chico de Tarragona que trabaja en el mismo centro de reprografía que ella. Se conocieron una noche de marcha por Barcelona, se gustaron, se acostaron unas cuantas veces y empezaron a salir. Hasta que no fue en serio la cosa, todo bien. Los amigos de Heli, que así se llama, la trataban genial, a su hermana le caía de muerte, todo era maravilloso. Pero fue decir que iban en serio... y ocurrió la transformación.
Prácticamente todas las personas del entorno de Heli se convirtieron en trolls. Gente que se dedica a criticar a Jana —principalmente por ser extranjera, ucraniana para más señas, una ucraniana “que busca los papeles, no te engañes, ¿crees que estaría contigo si no fuera porque ha solicitado la nacionalidad?— como si no hubiera un mañana y que malmete en su relación todo lo que puede. “Soy la misma de antes” se queja Jana. “¿Dónde está el problema?” se pregunta. El problema está, obviamente, en que a los allegados de Heli no debe gustarles demasiado emparentar con alguien de la Europa del Este, pero ésa es otra historia.
Lo que molesta realmente a Jana es el trolleo constante a que se ven sometidos. Críticas cruzadas hacia ella —e incluso hacia él— que no puede dejar de escuchar, ni controlar, ni esconder porque en la vida, a diferencia de los blogs, no existe la moderación de comentarios. Si alguien la toma con tu web y se dedica a hacerte la vida bloggera imposible, basta con activar la moderación y no darle notoriedad obviando sus comentarios. Pero ¿cómo dejar de escuchar los comentarios, cuchicheos, chismes y críticas de alguien de carne y hueso? Y sobre todo ¿cómo conseguir que no te afecten? Porque, puede que los de gente ajena a tu vida te den igual pero... ¿qué pasa si tu madre, tu hermano o tu mejor amiga... se convierten en trolls? En los dibujos, los trolls actuaban por la noche ya que, con los rayos del sol, se convertían en piedra. En la vida real, en la que tanto actúan sin luz solar como con ella... ¿cuál es el antídoto anti-troll?
“Mira, cuando tenía 20 años me enamoré de un chico de mi barrio que no tenía muy buena fama. Él era majo pero su padre estaba en la cárcel, así que la gente le miraba un poco de lado” me contó Inés ayer por la noche ante una enorme fuente de sushi casero que nos trajo Meme para celebrar que ha ganado el primer premio de un concurso internacional de retrato.
“A mi madre le di un gran disgusto y en la escalera la gente cuchicheaba cuando nos veían bajar de la mano. Yo lo estaba pasando tan mal que, al final, lo dejamos. Lo pasé peor. Siempre me acordaré de lo que me dijo mi abuela: La gente que habla de ti, que te critica, se olvida cuando entra en su casa a vivir su vida. No le des tú más importancia de la que te dan ellos”. Inés no volvió a salir con aquel chico y cuando empezó a prepararse para ser azafata de vuelo y cambió de barrio, dejó de verlo. Pero “lo que me dijo mi abuela, no se me ha olvidado. Y procuro aplicarlo siempre”.
Quizá la única forma de vencer a los trolls de carne y hueso, a los de fuera de la red, sea poner en práctica el consejo de la abuela de Inés, aunque no resulte sencillo. Duele comprobar cómo personas a las que has apoyado en decisiones de su vida con las que quizá no estabas de acuerdo critican luego sin piedad a tu pareja —como me ha sucedido a mí con algun@s amig@s respecto a Iván— y se vuelven trolls sentimentales. Pero, igual que decía David el Gnomo, hay que plantarles cara para vencerlos. Con esconderse, no basta.
Aviso legal: Todos los personajes y situaciones que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia